El abajo firmante

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Luis Soravilla

Luis Soravilla

Ingeniero industrial, licenciado en humanidades y escritor

Hace unos días, el Síndic de Greuges, Rafael Ribó, promovió un comunicado que solicitaba que Jordi Sánchez, Jordi Turull, Josep Rull y Joaquim Forn, presos en Lledoners, abandonaran el ayuno voluntario al que se habían sometido, que iba ya por su segunda semana. Firmaron, ojo, los expresidentes de la Generalitat Jordi Pujol, Pasqual Maragall, José Montilla, Artur Mas y Carles Puigdemont, y los expresidentes del Parlament de Catalunya Joan Rigol, Ernest Benach, Núria de Gispert y Carme Forcadell. ¿No les llama nada la atención? A mí me llamó la atención que Pasqual Maragall, que vive castigado por una terrible enfermedad degenerativa que le ha privado de gran parte de su capacidad intelectual, firmara el manifiesto... y que a nadie más le llame eso la atención. Porque, simplemente, no está capacitado para entender lo que firmó. Su firma no sé qué hace en un documento como ése y la impresión que da al verla es la de una manipulación. Pero, ya les digo, es una impresión y quizá me equivoque; juzguen ustedes mismos.

Alguien habla por Pasqual Maragall, que ya no tiene voz propia, pero nadie habla por los miles de ancianos que, en Cataluña, sufren el abandono y la miseria. En parte, porque la política oficial que han secundado la mayoría de los arriba firmantes ha consistido en una sistemática y despiadada destrucción del Estado del Bienestar y los últimos diez años, los años del «procés», han sido terroríficos. Las Comunidades Autónomas de España invierten hoy en sanidad, educación y servicios sociales más de 8.000 millones de euros menos que en 2008. Pero resulta que Cataluña, ella sola, ya supone más de la mitad de esta cifra, superando con gusto y ganas los 4.000 millones de euros de recortes en el Estado del Bienestar.

Una Comunidad Autónoma española, destina de media más de tres euros de cada diez al sistema de sanidad pública. En Cataluña, dos euros y pico de cada diez. «¡Es que la financiación autonómica...!», saltará el cuñado de turno. Entonces, ¿no tendría que invertir porcentualmente más y no MENOS, para compensar ese déficit? Añado que los ingresos por habitante de la Generalitat de Catalunya están en la media de ingresos por habitante de las Comunidades Autónomas españolas; sin embargo, ahí están las cifras, la inversión y el gasto por habitante en sanidad, educación o servicios sociales en Cataluña está escandalosamente por debajo de la media. Algo no funciona.

Estamos entre las tres comunidades más ricas de España, con diferencia, pero más de un 28% de los niños catalanes viven en la pobreza o en la zona de riesgo de pobreza, y demasiados miles en pobreza extrema. El presupuesto que dedica la Generalitat de Catalunya a solucionar este asunto está por debajo de lo que se gasta en TV3, y gasta menos en un año en becas-comedor que lo que gasta en «publicidad institucional». Quizá el gobierno de la Generalitat de Catalunya y quienes le apoyan tengan algo que decir, ¿no, cuñado?

No dirán gran cosa, porque ése es su proyecto político. Tras el agitar de banderas se oculta un aparato clientelar con una ideología que puede clasificarse en el extremo de la derecha y que es, en lo económico, brutalmente neoliberal, y no se le oculta a nadie. Un discurso de Torra y uno de Vox son esencialmente idénticos. Quizá unos se llamen a sí mismos «d’esquerra» y otros presuman de anarquistas, pero todos apoyan estas políticas y la renta media de un votante de la CUP se sitúa en más de 2.700 euros al mes, situándose a más de mil euros de distancia de la renta media de un votante del PSC (son datos del Centre d’Estudis d’Opinió, de la Generalitat de Catalunya). Y una cosa es lo que digan y otra, lo que hagan, y lo que han hecho estos últimos diez años con la sanidad, la educación y los servicios sociales habla por sí mismo. El aparato del procesismo es una trituradora del Estado del Bienestar.

Por eso, desde la perspectiva de uno que abraza los ideales de libertad, igualdad y fraternidad, ver a los comunes y a tantos otros que se dicen «de izquierdas» riéndole las gracias y haciéndole el juego al procesismo pone los pelos de punta. Pongo como ejemplo la moción que votaron los comunes que tildaba la Constitución Española de «antisocial y antidemocrática», con argumentos infantiles. ¡Por favor...!

Los que somos de izquierdas nos sentimos muchas veces desamparados. Suerte que, de vez en cuando, un «mosso» pone los puntos sobre las íes: «¡Qué república ni qué república! ¡La república no existe, idiota!».

Me han dicho que lo quieren expedientar. Las verdades ofenden.

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