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Barcelona, como las grandes ciudades, vive pendiente de la siguiente moda gastronómica. La ciudad que ha adoptado el brunch como ritual de fin de semana, que ve cómo sus calles tienen cada vez más cafeterías de especialidad y que abraza las smash burgers como símbolo de modernidad foodie, se rinde también ante un nuevo fenómeno viral: las porciones de cheesecake a 0,99 euros.

En los últimos años, locales especializados en tartas de queso low cost se han multiplicado –especialmente en los barrios más turísticos–, formando colas, vídeos virales en redes y atrayendo a una clientela dispuesta a esperar por una porción.

El fenómeno va mucho más allá del postre. En una ciudad donde cada tendencia parece convertirse en un reclamo, los cheesecakes a menos de un euro representan una nueva versión de la comida convertida en espectáculo. Una moda capaz de transformar el mapa gastronómico de la ciudad.

Instinto empresarial

Uno de los pioneros de esta moda en Barcelona es Roger Bettosini, quien, con tan solo 22 años, se aventuró a abrir 99 Cheesecake, su negocio de tartas de queso a 99 céntimos. Tras meses preparando el lanzamiento y creando una comunidad en redes, abrió un primer local en Aribau, que fue todo un éxito.

Local de 99 Cheesecake en una imagen de archivo GALA ESPÍN Barcelona

“Es un concepto muy viral que genera engagement”, afirmaba el propio Bettosini en conversación con Metrópoli hace un año. El principal gancho estaba en la oferta: sus tartas eran las más baratas de Barcelona y nunca nadie antes había vendido porciones a ese precio. Eso provocó que el primer día fuera una locura. “Recuerdo decirle a un hombre que ese precio no iba a ser solo ese día, sino siempre, y se quedó en shock”, explicaba. Cientos de personas hacían cola cada día para probar unas tartas que se agotaban en apenas tres horas.

Actualmente, Bettosini opera cuatro locales en la capital catalana, uno en Girona, tres en Madrid y establecimientos en Mallorca, Pamplona, Valencia y Sevilla. Un imperio levantado a base de tartas a 0,99 céntimos –ahora solo con la opción básica– cuyo modelo ya ha sido replicado.

Postre universal

El éxito de esta fórmula ha sido tal que no han tardado en aparecer modelos de negocio idénticos en Barcelona. Uno de ellos es Cake Me, un franquiciado cuyos responsables han abierto una docena de locales entre Barcelona y Madrid en apenas un año. Como ocurre con la competencia, solo el cheesecake clásico sale a 0,99 euros, mientras que los especiales cuestan dos euros más.

“Entre todas las tiendas vendemos más de 10.000 porciones al día”, explica Ana a Metrópoli, alma mater del negocio junto a su pareja, Daniel. Ambos son de Brasil, aunque llevan varios años instalados en la capital catalana. Tras un viaje a Japón, detectaron el potencial de este tipo de proyectos en las grandes ciudades. “Hay una tendencia importante hacia los negocios de monoproducto, donde no solo atrae lo que vendes, sino también la experiencia que lo envuelve”, apunta Ana.

En menos de un mes ya habían abierto su primera tienda, inaugurada en julio del año pasado cerca de la plaza Urquinaona. Desde entonces, han sumado otras seis en Barcelona con distintos formatos: take-away, tienda física o quiosco. Según Ana, lo que diferencia a Cake Me de otros negocios de cheesecake low cost es la experiencia sensorial de sus establecimientos: “son tiendas instagrameables”.

Este tipo de propuestas funcionan –expresa– porque se trata de un postre universal. “En todos lados existe, la gente lo conoce y le gusta”, asegura. Otro de los factores clave es el formato take away. “Ahora ya no hace falta sentarse en un restaurante para tomar un postre”, destaca. “La gente se lo lleva a un banco, al coche o a la playa. Es práctico”, añade.

En el lado opuesto

En el lado opuesto de esta batalla se encuentran quien apuestan por un modelo distinto: menos volumen, más exclusividad y precios más elevados. Es el caso de Jon Cake, uno de los grandes referentes de las tartas de queso en Barcelona, donde una porción de 150 gramos cuesta entre cinco y seis euros.

La marca ha convertido este postre en un producto casi de autor, una fórmula que también ha encontrado su público en la ciudad. Aunque Jon Cake reconoce que este tipo de negocios low cost forman parte de la competencia, considera que juegan en otra liga. “Ofrecen el mismo producto, pero no tiene nada que ver. Se dirigen a públicos diferentes y no persiguen la misma experiencia. Una cosa es una pastelería artesana y otra un modelo enfocado al volumen, que necesita vender mucho para ser rentable”, expresaba en una entrevista con Metrópoli.

Tarta de queso de Jon Cake en una imagen de archivo GALA ESPÍN Barcelona

Esta fiebre por las tartas de queso, precisa, empezó durante la pandemia. “Es un producto que funciona, atractivo, fácil de vender y muy llamativo como postre”, apunta. Sin embargo, también remarca las diferencias: “Obviamente, cobrando un euro no puedes ofrecer la misma calidad. Es una forma de estandarizar el producto y venderlo a un precio mucho más bajo. El margen acaba estando en los toppings”, destaca.

Desde Cake Me, sin embargo, rechazan la idea de que un precio bajo implique menor categoría. “No bajamos la calidad de los ingredientes, sino que producimos a gran escala, y eso nos permite mantener un precio accesible para todos”, defiende Ana. “Que vendamos a un euro no quiere decir que ofrezcamos un producto de bajo valor”, concluye.

Dos modelos completamente distintos que reflejan hasta qué punto este postre se ha consolidado como uno de los grandes fenómenos gastronómicos del momento en Barcelona.