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Durante más de un siglo, la carnicería formó parte del paisaje cotidiano de Viladecans. Abrir la persiana era un gesto rutinario en una calle que ha cambiado de fisonomía, de ritmo y de hábitos, pero donde este pequeño negocio fue durante décadas un punto de referencia.

No solo se iba a comprar carne: se iba a hablar, a pedir favores y a mantener un vínculo que iba mucho más allá de la transacción comercial.

El negocio lo abrió la abuela de la familia en 1920, cuando la tienda vendía “un poco de todo”: fruta, ropa y alimentación básica. Era una de las pocas del pueblo, cuenta Joan Regàs, último dueño del negocio a Metrópoli.

El último dueño del negocio, Joan Regàs CEDIDA

Con el tiempo, el establecimiento se fue especializando hasta convertirse en una carnicería dedicada a la elaboración de carne fresca y embutidos, una actividad que mantuvo durante más de 60 años y que acabó definiendo su identidad.

Tres generaciones detrás del mostrador

La historia del negocio es también la historia de una familia. La carnicería pasó de abuelos a padres y de padres a hijos, sostenida siempre por el trabajo familiar. “Antes todo lo hacía la familia”, explican padre e hijo. Jornadas interminables, sin horarios fijos ni festivos, en las que todos ayudaban para sacar adelante la tienda.

Ese modelo, que durante décadas fue la base del comercio local, "hoy resulta prácticamente imposible". El último propietario reconoce haber trabajado hasta 16 horas diarias, una dedicación que hoy no se puede trasladar a un trabajador asalariado. “Eso es impagable”, resume. La lógica del pequeño comercio choca frontalmente con las condiciones actuales del mercado.

El relevo que no llegó

El relevo generacional se detuvo con la última generación. Adrià Regàs, el hijo de la familia, ayudó durante años en la carnicería: haciendo embutidos, limpiando, atendiendo los sábados o en vacaciones.

Imagen de archivo de la carinceria que ha cerrado sus puertas CEDIDA

Sin embargo, nunca se planteó quedarse al frente. Estudió periodismo y hoy trabaja en el ámbito de la comunicación, una vocación que siempre tuvo clara. "La carnicería para mí era un parche, nunca lo he visto como un trabajo a largo plazo", cuenta el joven. 

Los horarios, la exigencia física y la dedicación total que requiere el negocio pesaron en esa decisión. “Es vivir para trabajar”, explica, una realidad que reconoce haber visto desde pequeño.

Una decisión marcada por varios factores

El cierre no fue repentino. Se fue gestando con el tiempo hasta que una acumulación de factores lo hizo inevitable. Entre ellos, la necesidad de realizar inversiones obligatorias: cambio de balanzas, motores y otros elementos exigidos por la normativa, con costes de miles de euros y sin ayudas públicas. 

A esto se sumó el aumento de impuestos, como la tasa de basuras, y la ausencia total de relevo generacional. También influyó un golpe personal decisivo: la muerte del padre, figura central del negocio. Sin él y con tantas exigencias económicas, la continuidad dejó de ser viable.

Una calle que ya no es la misma

Padre e hijo cuentan que el entorno también ha cambiado. La calle, hoy peatonal, perdió plazas de aparcamiento, algo que, según la familia, acabó alejando aparte de la clientela. “Puede parecer una buena idea, pero en la práctica mucha gente dejó de venir”, explican. Aparcar lejos para una compra concreta compite mal con la comodidad del supermercado.

Fachada de la carinercia de Viladecans que ha cerrado sus puertas CEDIDA

El paisaje comercial del barrio es hoy muy distinto. Han cerrado otras carnicerías, pescaderías y verdulerías. En su lugar han aparecido supermercados 24 horas, gimnasios, aseguradoras o academias.

La calle se sostiene principalmente por la restauración, mientras el comercio alimentario tradicional desaparece.

Cambios en los hábitos de consumo

La carnicería apostaba por un producto artesanal, sin conservantes ni aditivos. Butifarras hechas a diario, embutidos que no duraban semanas en la vitrina. Un valor que, según la familia, "ya no pesa tanto entre la gente joven, que prioriza la comodidad y la compra rápida".

El perfil del cliente habitual era mayor. Muchos de ellos han fallecido o se han marchado del barrio, y ese vacío no ha sido ocupado por generaciones más jóvenes. “La gente joven prefiere hacer una compra de golpe en el súper o comer fuera”, explican. El consumo ha cambiado y el pequeño comercio no ha podido adaptarse a ese ritmo.

Mucho más que vender carne

Uno de los aspectos que más se echarán de menos es la relación con los vecinos. “El cliente no era un cliente, era un amigo”, explican.

Encargos a domicilio, favores cotidianos y una confianza construida durante décadas. Durante la pandemia, la carnicería multiplicó su trabajo llevando pedidos a personas mayores que no podían salir de casa.

Interior de la carniceria por dentro CEDIDA

Esa cercanía no existe en las grandes superficies, donde la compra es rápida y anónima. “Aquí venían a preguntarte cómo estabas, como en la peluquería”, explican. Ese vínculo humano es, para la familia, una de las grandes pérdidas que deja el cierre.

Una despedida cargada de emociones

La reacción del vecindario fue inmediata. Mensajes de ánimo, vecinos preocupados por dónde comprarán ahora, clientes que todavía escriben para hacer encargos sin saber que la tienda ya está cerrada. En redes sociales, el anuncio del cierre multiplicó las muestras de apoyo.

La despedida fue sencilla: un vermú un sábado, sin grandes anuncios. Muchos no se lo esperaban. Otros aún no se han enterado. Pasar ahora por delante del local cerrado resulta extraño y doloroso, especialmente para quien ha pasado más de 40 años detrás del mostrador.

El final de una pieza clave del pueblo

El futuro es incierto. El hijo continúa con su trabajo como periodista. El padre, con 61 años, necesita encontrar otro empleo para completar los años de cotización que le faltan para jubilarse. El local ha sido vendido y será reformado para otros usos, ajenos a la carnicería.

Viladecans pierde así uno de sus comercios más antiguos y reconocibles, un negocio que muchos vecinos identificaban como parte del patrimonio del pueblo.

Su cierre no es una excepción, sino un síntoma de un modelo que homogeneiza calles y deja atrás al comercio local, el de toda la vida, que baja la persiana sin hacer ruido.