El 64% de los catalanes son partidarios de limitar la llegada de inmigrantes, una tasa que supera en diez puntos a la que recogía la misma encuesta en 2024 y en otros diez puntos a la de 2023.

Ese posicionamiento frente a los extranjeros crece conforme el debate político se centra en ellos. El Institut de Ciències Politiques i Socials (ICPS) recuerda que ese récord del 64% ya se había alcanzado en 1993, cuando las infraestructuras de los Juegos Olímpicos habían atraído a miles de trabajadores de fuera y se empezaban a poner los cimientos del largo boom inmobiliario que estallaría en 2008.

Las cifras demuestran la eficacia de los miedos que inoculan los enemigos del progreso y de un mundo abierto, sobre todo, en las clases populares. Por eso es importante subrayar los aspectos positivos de la inmigración.

La tasa de paro en Barcelona está por debajo del 7%. La metodología de su cálculo y la estructura económica del país permiten suponer que la ciudad está muy cerca de lo que podríamos considerar pleno empleo.

Eso quiere decir que, desde el punto de vista económico, aquí no sobra nadie. Y no digamos ya si lo miramos desde la dignidad, la justicia o la coherencia. Esas son algunas de las razones que explican por qué la polémica generada en torno a la puesta en marcha del nuevo proceso de regularización de extranjeros está vacía.

En Barcelona, según los cálculos del consistorio, unas 24.000 personas reúnen las condiciones para acogerse a la medida: el 10% de los extranjeros que actualmente están empadronados en la ciudad.

Los datos del Ayuntamiento evidencian --quizá sin pretenderlo-- que las cosas no son necesariamente lo que parecen. Por ejemplo, la comunidad pakistaní no es la más numerosa de la ciudad; está en quinto lugar. Dios sabrá la razón por la que se montaron aquellas colas ante su consulado.

Tampoco son inmigrantes mayores que vengan a consumir Seguridad Social, dado que la media de edad de estos colectivos no supera los 37 años, diez menos que la media de los autóctonos. Y, por cierto, más del 40% de ellos tienen alguna titulación académica o grado superior.

En lo que sí tienen razón los activistas de la xenofobia es en su interés por obtener la nacionalidad, aunque es de suponer que no para votar en las elecciones sino como el resultado de un proceso natural de asentamiento e integración.

En 2024, más de 21.000 personas nacidas en el extranjero que vivían en la ciudad cambiaron de nacionalidad, y el 95% de ellas lo hicieron para obtener la española. La cifra supone un aumento del 13,4% respecto al año anterior. Otro dato que desmiente el efecto llamada y que es coherente con la asimilación paulatina de esas personas en la comunidad de acogida.

Aunque hasta ahora el 30% de los recién nacidos eran hijos de madres extranjeras, su tasa de natalidad va decreciendo lentamente hasta alcanzar, quizá algún día, la de las españolas: 1,12 hijos por mujer. Su incorporación al mundo laboral y el anhelo de mejorar el confort de la familia trabajan a favor de esa contención.

Tampoco es probable que los profesionales del delito tengan mucho interés en someterse a los trámites de control administrativo que comporta un cambio de nacionalidad. Y menos aún que lo hagan para devolver en las urnas el favor a los partidos del Gobierno por respaldar una regularización que no es otra cosa que la normalización de la realidad del país.

Curiosamente, los distritos donde se producen menos cambios de nacionalidad son Sarrià, Sant Gervasi y Les Corts. En ellos se concentra la mayor parte de los extranjeros europeos que viven en Barcelona.

Eixample, Sant Martí y Nou Barris, donde residen argentinos, colombianos y peruanos, es justamente el escenario del grueso de las nacionalizaciones. Sagrada Família y Ciutat Vella son los barrios que encabezan el ranking.

Los hechos evidencian que la ciudad, como el país, vive un proceso de fusión (crisol decía la demagogia nacionalista) entre los autóctonos y los que no lo son, pero cuyos hijos lo serán. Una nueva sociedad con rasgos de todas las procedencias.

Eso no es sustitución ni reemplazo, sino una realidad diferente que no debe infundir miedo porque no es ni más ni menos que lo que ha ocurrido en todas partes durante toda la vida.