El titular de esta columna es una expresión viejuna que solía utilizar mucho mi difunto padre, lo cual me lleva a la conclusión de que nuestros responsables de desasnar a los tiernos infantes siempre han estado mal pagados (de la misma manera que el servicio de cercanías de RENFE siempre ha funcionado de forma peculiar, tirando a mal).

Me volvió a la cabeza ayer mismo, mientras se manifestaban por Barcelona nuestros docentes reclamando mejoras en su situación, económicas (muchos tienen problemas para llegar a fin de mes) y estructurales (ratio de alumnos por clase, atención a las necesidades especiales y un largo etcétera).

La huelga de ayer en toda Cataluña tuvo un seguimiento del 35%, según la Generalitat, o del 85%, según el sindicato mayoritario USTEC. Estaría bien que se pusieran de acuerdo con los porcentajes, pero parece que eso es imposible en una ciudad, una comunidad autónoma y un país en el que todo el mundo cuenta los huelguistas y los manifestantes como mejor le conviene: lo más habitual es que el convocante diga que ha reunido a dos millones de personas y que la superioridad le reduzca la cifra a ochenta y cuatro.

Dejando aparte los tan interpretables porcentajes, lo cierto es que la huelga de ayer y sus manifestaciones fueron lo bastante contundentes como para que la autoridad competente tomara nota, pero el gobierno autónomo, al igual que el nacional, aguanta siempre el chaparrón como buenamente puede y luego dice que han caído cuatro gotas, pero que, evidentemente, ahora mismo se pone a arreglar las goteras.

La cosa recuerda la relación del cliente de un bar mexicano con el camarero de turno: si te dice ahorita mismo, aparecerá cuando le salga de las narices; si te dice ahoritita mismo, no lo vuelves a ver.

A falta de hijos, no puedo considerarme un experto en cuestiones educativas, pero me he enterado de lo que cobra un profesor de instituto y es para echarse a llorar: el sueldo está por debajo de los 2.000 euros, y muy a menudo no llega, quedándose en 1.500 o 1.400. Ya dijo Pilar Rahola que, ganando 6.000 euros al mes, se es pobre, así que calculen lo que cuesta mantener a una familia con 1.400 pavos.

La realidad es que el desasne de los estudiantes se valora poco, tirando a nada. Es como si no quisiéramos reconocer la importancia de los educadores a la hora de fabricar adultos funcionales. Y no es que los profesores sean las únicas víctimas del sistema, ya que a los médicos tampoco se les mima precisamente (constituyendo otra estructura social fundamental), pero su caso resulta especialmente sangrante porque son los encargados de que niños y adolescentes puedan integrarse en este sistema lamentable (o intentarlo).

Pagar mal a los docentes es reconocer que la formación infantil y juvenil nos la sopla. Es como si el mensaje (impropio actualmente, viniendo de una administración en teoría socialista) fuese que el que quiera una buena educación se la pague de su bolsillo, de la misma manera que se fomenta el recurso a una mutua para cuestiones de salud. En resumen, medidas dignas de Donald Trump.

Ya sé que estamos sin presupuestos, siguiendo el ejemplo de Pedro Sánchez, pero algo habría que hacer hasta que se aprueben. Y los políticos deberían tener interés en aprobarlos, por el bien de médicos, docentes y la ciudadanía en general.

Pero parece que se lo pasan mejor con sus dimes y diretes y sus discusiones absurdas, por lo que aquí no se aprueba nada, la cosa sigue manga por hombro y la única manera de llamar la atención es montar una huelga, cortar carreteras y berrear por las calles de la ciudad.

Hacemos aguas por todas partes, pero la administración siempre insinúa que no hay para tanto. Igual encuentra normal el ganar menos que un maestro de escuela.