Las últimas elecciones y la mayoría de las encuestas registran lo que se ha dado en llamar “el voto del cabreo”. La gente expresa su enfado votando a quien más puede molestar a los partidos establecidos que han ocupado el poder. De momento, el que más joroba es Vox.
Visto lo visto, algunos colectivos han decidido apuntarse al incordio. Lo hicieron los sindicatos ferroviarios, convocando una huelga que agravara la situación de Barcelona y su entorno y no respetando además los servicios mínimos decretados.
Lo han hecho maestros y profesores cortando el tráfico en hora punta en diversas vías de Barcelona.
Lo hace la Guardia Urbana (antes lo había hecho la de Badalona), cuyas faltas de asistencia se han multiplicado de forma extraña, con sospechosas puntas en julio y agosto, diciembre y enero.
Y lo practica buena parte de la población pidiéndose una excedencia remunerada y corta en forma de baja laboral poco justificada, según sostiene un informe de la AIReF (Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal).
Una parte del absentismo está directamente ligada al empeoramiento general de las condiciones laborales.
Hace ya tiempo que los departamentos que antes se llamaban de “personal” pasaron a ser denominados de “recursos humanos”. Se comprende. En las relaciones laborales capitalistas el trabajador no es tanto una persona como un recurso. Equiparable (y sustituible cuando queda obsoleto) a las máquinas.
Antaño mucha gente ingresaba en una empresa y se jubilaba en ella o, cuando menos, trabajaba durante años para la misma firma. Eso se acabó. Y ese final supuso también liquidar cualquier tipo de identificación entre empleado y empleador produciendo un nuevo tipo de relación en el trabajo.
Para ser más exacto: haciendo que se supiera de antemano que esa relación era circunstancial y efímera.
Probablemente la debilidad del trabajador en el mercado es lo que está detrás de la caída de las huelgas.
Aunque, a decir verdad, sólo en el sector privado.
Las dos huelgas vividas en Barcelona en los pasados días (y la encubierta de la Guardia Urbana a base de bajas por enfermedad) tienen dos cosas en común: se producen en el sector público, donde no hay despidos ni parciales ni totales, y perjudican al conjunto de la ciudadanía.
Los maestros tienen muchos motivos para quejarse. Muchos.
A la pérdida de poder adquisitivo vinculada a los recortes que se hicieron en años pasados y nunca compensados se une el empeoramiento de sus condiciones de trabajo.
La diversidad en las aulas es un factor que dificulta su labor, pero también las reformas que permiten a los alumnos superar cursos con suspensos.
Después de todo, suspender a un estudiante equivale a decir que no está en condiciones de seguir las enseñanzas en el curso siguiente. Su presencia no le beneficia y resulta un lastre para los demás. Permitirle matricularse sin repetir supone invalidar la opinión del profesor. Y, también, menguar el poder que éste tenía. ¿Qué menguar? Anularlo.
Los últimos censos muestran un aumento de la población que no ha supuesto incrementos paralelos de profesorado. Sí se ha contratado a pedagogos y psicólogos. Personal que no da clase y del que los docentes recelan. Por algo será. Una de las pancartas lo expresaba con claridad: “Menos psicopedagogos y más maestros”. Un lema racional que, sin embargo, va contra la moda.
Si se añade la dificultad de expulsar a los alumnos que ni siquiera respetan las normas cívicas se comprende que la convivencia en las aulas resulte cada día más difícil.
La huelga de los maestros (al contrario que la de los ferroviarios) puede lograr la solidaridad de la población. Pero difícilmente lo hará si las medidas que se toman consisten en meter a la gente el dedo en el ojo impidiéndole que circule libremente, especialmente en Barcelona, donde cada día y desde hace semanas resulta más que difícil moverse.
Las cosas cambian muy deprisa y los sindicatos serios (CCOO y UGT) harían bien en reflexionar sobre el uso y significado de la huelga en el sector público, más si va acompañada de provocaciones como los cortes de vías.
Estos días ha habido otro paro al que se ha denominado huelga: el de unos 200 galeristas que reclamaban que se redujera el IVA que se aplica al arte. La consigna era rebajar el “IVA cultural”.
Como poco se diría que había aquí dos confusiones. La primera, llamar huelga a un cierre patronal. La segunda, confundir la creación cultural con el mercado de productos artísticos.
Eso sí: esta “huelga” ha molestado poco. Quizás tendrían que haber cortado las calles. Tal vez no lo hicieron porque, juntos, a lo sumo podrían aspirar a bloquear un callejón.
