Badalona, al menos su alcalde, Xavier García Albiol, ha declarado la guerra a los pobres, que no es lo mismo que declarar la guerra a la pobreza. Tras haber desalojado a un grupo de un edificio degradado, ha bloqueado con cemento la zona en la que se instalaron.
Pretendían acampar al aire libre, bajo una autopista, con contaminación y ruido. El único espacio que les quedaba.
Ni eso les consiente. Badalona no quiere pobres ni a la intemperie.
Como dijo en su día una diputada del Partido Popular (el mismo de García Albiol): ¡Que se jodan!
A los pobres no los quiere casi nadie. Lo explicó muy bien en su día Adela Cortina: la aporofobia es el desprecio al pobre. Si además es de origen extranjero, no sólo se le desprecia: se le odia y, si se puede, se le expulsa.
Ahí está la saña de García Albiol y la actitud intolerante y agresiva de Silvia Orriols.
O los aplausos de Vox a quienes, el otro día gritaban “musulmán el que no bote”. Y eso que se contuvieron: lo que el cerebro les pedía era llamarles “moros de mierda”.
Dice el presidente de la Federación de Fútbol, Rafael Louzán (también del PP), que eran muy pocos.
De eso nada. Eran muchos y no están solos.
Ha bastado que la xenofobia se expresara en castellano para que la descubriera ERC, partido en el que anidan no pocos xenófobos.
Ante la posibilidad de que el Ayuntamiento de Barcelona instalara pantallas de televisión para que la gente se agrupara a ver los partidos de fútbol del próximo mundial, Elisenda Alamany ha corrido a reclamar que no se haga.
¿Argumentos? Que pueden volver los gritos xenófobos. ¡Como si ese tipo de gente necesitara excusas!
En la última manifestación de docentes celebrada en Barcelona y convocada principalmente por USTEC (sindicato afín a ERC), pudo verse a algunos energúmenos (eso sí, titulados universitarios) gritando consignas tan racionales y argumentales como “puta España” sin que la señora Alamany considerase oportuno decir nada.
Luego pasa lo que pasa: que hay quien descubre que la pobreza es, sobre todo, una cuestión económica, pero no solo. Se puede ser pobre en votos y, por consiguiente, en poder real.
Le está pasando a Podemos. Cuando tenía un vicepresidente del Gobierno, hoy reciclado a camarero, todo eran parabienes y sonrisas, pero ahora que para ese partido pintan bastos, hasta algunas universidades le cierran las puertas.
Gabriel Rufián e Irene Montero tienen previsto un acto conjunto en Barcelona. Pretendían hacerlo en la Universitat Autònoma, cuyas autoridades fueron condescendientes hasta lo servil con el independentismo cuando gobernaba.
Pero ya no gobiernan ni Podemos ni ERC, de modo que la UAB dice que no admite debates políticos para justificar el rechazo a su presencia. ¡Pobre excusa para dejar claro que sólo quieren a los políticos si mandan! Traducido a román paladino: si no son pobres.
También son pobres los de esa cofradía de Sagunto que no acepta mujeres, por eso el Gobierno ha decidido enviarle a los fiscales. La verdad es que no hacen nada que no haga la Iglesia católica en su conjunto: impedir determinadas formas de participación a las mujeres.
¿No es discriminación impedirles que sean sacerdotes?
Es mucho más fácil meterse con unos pobres (también de espíritu) saguntinos que con todo un Estado, aunque sea pequeño, como El Vaticano.
O eso o, como en el Gobierno hay gente que ha leído El Quijote, saben que no hay que topar nunca con la Iglesia. Casi siempre ganan.
El historial de triunfos les da alas. Esta misma semana, el arzobispo de Tarragona, Joan Planellas, declaraba que hay partidos políticos que van contra el Evangelio.
¿No tienen derecho a discrepar de unos textos supuestamente inspirados por un Dios cuya existencia, de momento, nadie ha demostrado?
Hay creencias que no están al alcance de todos. Porque resulta difícil coincidir con las de los autodenominados Abogados Cristianos, dispuestos a imponer su credo a los demás y a conseguir que la Tierra sea, como dice la Salve, un valle de lágrimas. Con la colaboración de algunos jueces.
No es de extrañar que antaño cuando la gente entraba en un juzgado hiciera la genuflexión ante su señoría, alguien que tiene verdadero poder.
A Dios, si existe, el poder sólo se le supone. Y últimamente se prodiga poco en milagros. Con lo fácil que le sería volver a multiplicar panes y peces y acabar con el hambre. La de los pobres; porque hay muchos, aunque no gusten al PP.
