Es probable que la mayor parte de los ciudadanos crean que cuando los propietarios de las galerías de arte reclaman una bajada del IVA que se les aplica en realidad piden privilegios para la gente adinerada. Porque, ¿quién puede comprar arte si no los ricos?

La polémica, que motivó un cierre patronal de dos centenares de galerías en febrero, no está solo en que las transacciones estén gravadas con el 21% de IVA.

El asunto tiene mucho que ver con que Francia aplica un 5,5%; Portugal y Bélgica, el 6%; Italia, el 5%; y Alemania, el 7%. Y con que el 40% de las ventas de las galerías del país se destinan al extranjero.

Líder en exportaciones

Pese a esa desventaja competitiva, debe de ser el sector más exportador de nuestra economía y; quizá, no el más transparente.

Los principales clientes son los coleccionistas, con el Estado –Administración central y comunidades autónomas-- a la cabeza, seguido por grandes empresas, instituciones e inversores particulares. El minorista, el coleccionista particular, se retrae desde hace años y, lo que es peor, no tiene relevo generacional.

La gente que entiende dice que los jóvenes tienen otras prioridades, que el arte no compite con los viajes o con el último grito tecnológico, tampoco con el foodismo. Además, claro, de que los salarios han quedado muy por debajo de bienes imprescindibles como la vivienda. Y de que los precios mínimos de las piezas artísticas han mantenido una evolución alcista.

En Barcelona, la escalada de los alquileres iniciada en el 2000 y el posterior estallido de la gran crisis de 2008 supusieron un golpe para el sector. De modo que quienes lograron sobrevivir se desplazaron a zonas más baratas que el eje de Consell de Cent. En 2015 se abrió la primera galería en la calle Trafalgar, donde ahora ya viven una docena.

Hay varios grupos de emprendedores que tratan de animar el negocio con iniciativas para atraer a los jóvenes. Y lo hacen en una ciudad que no cesa en la mejora de su oferta cultural con ampliaciones de las instituciones ya existentes y con propuestas tan atractivas como la apertura de una sucursal de Moco Museum hace cinco años o el nuevo proyecto Carmen Thyssen en el mismísimo centro.

En las instituciones ha desaparecido aquel izquierdismo infantiloide que puso palos en las ruedas a la instalación de una franquicia del museo Hermitage en Barcelona. Nuestros gobernantes parecen tener claro que el arte interesa: 3,8 millones de personas visitaron los museos de la ciudad el año pasado, sin contar los 4,8 millones que fueron a la Sagrada Família, un mix de parque temático y arquitectura faraónica.

Parece claro que a la gente le interesa el mundo del arte; otra cosa es que esté al alcance de su mano.

El mercado del arte español es insignificante en términos globales: supone el 1% de las transacciones mundiales, frente al 9% de Francia, el 18% de Gran Bretaña o al 44% de Estados Unidos. Quizá radique ahí parte del atractivo para los inversores extranjeros, que asimilan su peso relativo a su desarrollo, lo que quizá abra la puerta a las oportunidades.

Una vez leí a un experto que decía que el coleccionismo es una pasión, y que como tal difícil de definir; más aún descifrar. Cualquiera que se pasee una mañana de domingo por el mercadillo de Sant Antoni verá a los tipos más pintorescos de la ciudad. Muchos de ellos son coleccionistas.