La excusa de la defensa propia (o legítima defensa) no suele colar en España en entornos judiciales. Parece que el consejo no escrito para estos asuntos desagradables sea que te dejes robar si quieres ahorrarte ulteriores problemas, ya que, si se te va la mano en la defensa, igual acabas en el talego.

Veamos lo que le pasó el otro día a un vecino del barrio del Bon Pastor llamado Pepe. El hombre, que está hecho caldo a sus 66 años (tiene problemas de respiración y se desplaza en silla de ruedas), salió a dar una vuelta y fue abordado por un ladrón marroquí (es información, no una muestra de racismo, lo digo por si se ha asomado por aquí algún guardián de la moral) que iba armado con un cuchillo y pretendía arrebatarle una cadena de oro que llevaba colgada al cuello.

Pepe se resistió, sacó una navajita que usaba habitualmente para cortar pan o embutido (una costumbre que creí caída en el olvido), le asestó unos navajazos a su atacante y lo mató. No tardó mucho en caerle a Pepe todo el peso de la ley; acusado de homicidio, pernoctó en un calabozo, de ahí pasó a un hospital porque no está nada fino y sigue bajo custodia policial.

Dice la autoridad que hay riesgo de fuga. Un riesgo muy discutible si tenemos en cuenta que va en silla de ruedas y necesita estar permanentemente conectado a una botella de oxígeno. Sus vecinos y amigos están que trinan ante la resolución judicial y se manifestaron este miércoles para solidarizarse con él.

No hace mucho, en otro punto de España, un tipo que había pillado in fraganti a un ladrón en su casa, le disparó causándole la muerte. Y se enfrentó a un calvario judicial que, si no recuerdo mal, se resolvió a su favor.

Como les decía, la coartada de la legítima defensa no parece funcionar en nuestro país. Y tampoco se trata de que todos vayamos por ahí con navajas, pistolas y fusiles, pero sí de entender ciertas reacciones ante la agresión que son totalmente humanas. Pero, según la ley, la defensa propia debe ser adecuada a la situación y no incurrir en la sobreactuación.

Deberían explicárselo a las víctimas: a la chica a punto de ser violada que lleva una navaja en el bolso y la utiliza para apuñalar a su agresor, al ciudadano que se le ha colado en casa un ladrón y al paralítico que recurre a su navajita de cortar fuet para impedir que un desaprensivo le robe su cadena de oro.

Se nos exige una respuesta ponderada a cosas que no hemos previsto y que resolvemos como buenamente podemos. La mayoría, dejándonos atracar. Y algunos, respondiendo a la agresión con lo que tienen a mano.

Sí, lo de Pepe es un homicidio, pero, ¿y lo del navajero magrebí? Hace falta ser miserable para elegir como víctima a un tipo que va en silla de ruedas y conectado a un tubo de oxígeno. Y si vas así por la vida, yo creo que te mereces todo lo que te pase. Incluido palmarla.

¿Qué alternativa tenía Pepe, más allá de quedarse sin su cadena de oro? ¿Por qué la tomamos con él en vez de reconocer que la seguridad ciudadana deja mucho que desear y que no acabamos de controlar la inmigración?

Creo que estos argumentos no son de extrema derecha, sino de pura lógica. Bastante tiene Pepe con lo suyo para acabar en el trullo (me ha salido un pareado). Y dejemos, por favor, de hablar de defensa desproporcionada en unas situaciones imprevisibles que se resuelven como buenamente se puede.

No habría pasado nada si a Pepe le hubiesen dejado dar su cotidiano paseo en santa paz. Y quien quiera ver racismo en la situación (no sé cuál es la opinión de Pepe sobre los habitantes de nuestro país hermano, pero es irrelevante) no lo va a tener fácil, pero siempre es posible: recordemos un asalto reciente a una comisaría, en un pueblo de Cataluña, perpetrado por un negro enloquecido con un machete en la mano que consiguió herir a varios agentes hasta que uno de ellos le voló la cabeza.

En su momento, uno pensó que, si te cuelas a machetazos en una comisaría, lo más normal es que te cosan a tiros. Pero no tardaron en aparecer las inevitables almas bellas diciendo que la cosa había sido un claro caso de racismo y pidiendo la cabeza del agente que había neutralizado la amenaza.

Así pues, que se arme de paciencia el tal Pepe, pues me temo que su ordalía aún no ha terminado.