Ildefons Cerdà, diseñador del Eixample barcelonés, es el ingeniero más conocido de todos los nacidos en Cataluña. También el más denostado. En su tiempo y mucho después. Ahora, 150 años después de su muerte, el Ayuntamiento de Barcelona ha decidido erigirle un monumento que se instalará en la plaza de la Universitat.
El Eixample de hoy no fue el aprobado por la ciudad de Barcelona. Muchos de los concejales y no pocos arquitectos rechazaron esta propuesta y optaron por la de Antoni Rovira Trías, de carácter radial. Si se prefiere: modelo centralista.
Fue el gobierno central el que impuso la solución aportada por Cerdà. Pero a la hora de aplicarla las autoridades barcelonesas la boicotearon repetidamente.
El plan Cerdà contemplaba una gran plaza central en la confluencia de las tres avenidas más anchas: Diagonal, Gran Vía y Meridiana. Un proyecto, el de Glòries, que hasta ahora no ha empezado a materializarse.
Algunos historiadores del urbanismo barcelonés sostienen que, al crecer Barcelona hacia el Llobregat y no hacia el Besòs, se produjo un descentramiento en lo proyectado por Cerdà, en favor de la plaza de Catalunya y en detrimento de Glòries.
El motivo habría sido que la presencia de la gran pastilla de terreno no urbanizable que es el parque de la Ciutadella habría actuado como freno en el crecimiento de la ciudad hacia Poblenou.
A partir de ahí, un nacionalismo siempre victimista apuntó a que todo estaría relacionado con la derrota de 1714, que comportó emplazamientos militares en esa zona.
Es una interpretación. Caben otras.
Una de ellas es que Barcelona creció antes hacia l’Hospitalet porque algunos potentados propietarios de tierras en esa parte del futuro Eixample, así como en Les Corts y Pedralbes, vieron una posibilidad muy clara de negocio y lograron que la exposición de 1929 se hiciera junto a Montjuïc.
Entre las familias beneficiadas estaban la de Manuel Girona y también los Güell, que ampliaron considerablemente sus fortunas.
Esta versión gusta menos: tiene la desventaja de hacer que el motor del desarrollo urbanístico de la ciudad sea la pura especulación.
Tal vez la misma especulación que consiguió cerrar las manzanas, contra el proyecto de Cerdà de que se construyera sólo en dos lados, permitiendo en medio amplios espacios de esparcimiento para la población. Espacios que los especuladores lograron que se convirtieran en talleres, almacenes y otros edículos, mucho más rentables.
El concurso para el diseño de la nueva Barcelona, más allá de las viejas murallas que la encorsetaban, preveía que se dedicara el nombre de una calle al autor del plan. No fue así.
Tampoco se le hizo monumento de ningún tipo, aunque se aprobó dedicarle uno en 1889. El escultor debía haber sido Manuel Falqués, que llegó a trabajar en el proyecto. Lo vetó el alcalde Rius i Taulet. Falqués participaría más tarde en el monumento a Rius situado en el paseo de Lluís Companys.
En 1960 se dio el nombre del ingeniero a una plaza situada fuera del Eixample y, en aquel momento, en el extrarradio. Aún hoy sigue sin ser más que una rotonda ordenadora del tráfico, tras decaer el monumento ideado por Mariscal.
Con la intención de zaherirle se lanzó el rumor de que no era catalán. ¡Cómo si eso fuera un insulto! Pero tuvo su efecto, pese a que Cerdà, que cursó sus primeros estudios en el seminario de Vic, había nacido en Centelles, y pertenecía a una familia afincada en Osona al menos desde el siglo XV.
Los autores de la propuesta de instalar el monumento en la plaza de la Universitat aducen que es el engarce entre la vieja Barcelona amurallada y la nueva del Eixample.
Tampoco escapó a la crítica el diseño de los chaflanes y la amplitud de las calles.
Los que vendrían a ser los verdes de entonces sostuvieron que pasarían tantos carros (tirados por caballos) que la ciudad apestaría por los excrementos.
Cerdà, que había trabajado en la primera línea férrea de la península (Barcelona-Mataró) y había visto las aplicaciones del vapor a la movilidad en varias ciudades europeas, pensó en eliminar las esquinas para facilitar las maniobras de los nuevos vehículos.
Es posible, sólo posible, que la marginación sufrida por Cerdà se deba a lo que sugirió una de las primeras necrológicas publicadas tras su muerte: era progresista e inteligente. Dos buenos motivos para ignorarle.
