Jaume Collboni ha anunciado la creación de una especie de observatorio dedicado a controlar bulos, fake news y demás miserias de la sociedad contemporánea. En principio, nada que objetar: las mentiras, por interés o estupidez, no nos hacen ningún bien. Otra cosa es cómo se organiza ese observatorio para que no se convierta en un ministerio de la verdad.
Visto el ejemplo de su jefe de filas en Madrid, que ve bulos (¡y fango!) por todas partes, aunque los bulos acaben siendo ciertos (y el fango lo fabriquen los suyos), ¿cabe temer que una idea en principio buena se convierta en una manera de establecer listas de periodistas buenos y veraces y periodistas malos y embaucadores? Por lo poco que conozco al señor Collboni, quiero creer que no.
En cualquier caso, me parece que Barcelona tiene problemas más graves que los posibles bulos. En los últimos días se han producido una serie de apuñalamientos de los que señalaremos dos: el de una mujer china en la cuarentena asesinada por un demente magrebí en Esplugues y el de un ciudadano de nacionalidad no revelada en un bar del barrio de Sant Antoni, que parece haberse convertido en un homenaje al Bronx de las películas de Charles Bronson. Desde que es alcalde, el señor Collboni ha asistido a más de una treintena de asesinatos en Barcelona.
El caso del majareta magrebí (quien, por cierto, atiende por Lahcen Benali) resulta especialmente sangrante si atendemos a los antecedentes del sujeto. Hace cuatro años, en Burgos, montó un cirio espectacular al encaramarse desnudo a una torre del castillo, desde donde empezó a arrojar pedruscos a la policía y a los paseantes en general. Algo después, en Roquetas de Mar, Almería, montó otro sidral en el que se enfrentó a la guardia civil.
Todo esto se saldó con un breve paso por una institución psiquiátrica y su traslado a Barcelona, con los resultados de todos conocidos. Sí, hubo un conato de bulo (la víctima no era una adolescente y las conexiones de su asesino con el yihadismo, pese a los berridos habituales, son más que dudosas), pero lo importante es que una ciudadana de Barcelona acabó muerta. Por lo que es lícito preguntarse: ¿qué hacía suelto el señor Benali?
Lo de Sant Antoni hace tiempo que canta. El barrio pacificado y llamado a ser ejemplo de la gentrificación (con sus previsibles subidas en el precio del alquiler y la aparición de sitios para el brunch con su inevitable avocado toast) parece haberse convertido en uno de los rincones más chungos de Barcelona, con sus vagabundos, sus borrachuzos y sus yonquis, todos ellos, al parecer, de natural violento, si hemos de hacer caso a los vecinos, que siguen quejándose de la ineficacia policial, cuando no de su ausencia.
Si no recuerdo mal, hace ya un tiempo que se anuló una compra prevista de pistolas Taser para la guardia urbana, ideales para mediar en tanganas que pueden acabar a tiros o a puñaladas. Nunca supe por qué. La insistencia de nuestros mandamases municipales en que Barcelona es una ciudad muy segura se da de bruces con lo que leemos cada día en la prensa o vemos por televisión.
De ahí que uno piense que hay cosas más urgentes que la creación de nuestro propio ministerio de la verdad. A no ser que el consistorio barcelonés crea, como el seudo socialismo español, que el energúmeno de Vito Quiles con su micrófono (un agitador, por cierto, que siempre acaba llevándose las bofetadas, como le pasó recientemente con unas amigas de la esposa del presidente del gobierno) es más peligroso que un chiflado con su cuchillo deambulando por las calles de Esplugues o de donde sea.
Preocuparse por los bulos cuando apuñalan a gente por la calle no parece lo más adecuado ni urgente, ¿no cree, señor Collboni?
