Dentro de unos días, Robert Francis Prevost (más conocido como León XIV) visitará Barcelona. Como tantos extranjeros, irá a ver la Sagrada Familia, la catedral, en el barrio Gótico, y luego hará una escapada a Montserrat. El viaje es pastoral, pero el programa parece de turismo.
Estará acompañado por una multitud de católicos que comparten sus opiniones y por algunos dirigentes políticos, creyentes o no, pero corteses ante la visita de quien, después de todo, es un jefe de Estado.
Un Estado que es de esperar que siga existiendo pese a las amenazas de Trump quien, de momento, se ha limitado a criticarlo sin amenazar con bombardear la basílica de San Pedro si se le cruzan más los cables.
Es curiosa la situación que se vive hoy respecto a la religión. La derecha, su gran valedora (y beneficiada) se dedica ahora a criticar a la jerarquía católica. Trump en el conjunto del mundo y Abascal en España. ¿Mimetismo?
¿Qué ha pasado con las proclamas de Vox afirmando que para ser español hay que ser también cristiano? ¿Tienen, además de la patente de la españolidad, la de la cristiandad? ¿Excomulgarán al Papa?
La ultraderecha ha amenazado incluso con dejar a Cáritas sin subvenciones. Se comprende, cuando gobiernen necesitarán el dinero para ayudar a las corridas de toros. Mucho más necesario eso que aliviar la pobreza.
La izquierda en cambio ha olvidado el viejo lema de Marx (“la religión es el opio del pueblo”) para alinearse decididamente con las sotanas y los burkas y se ha convertido en defensora de la libertad de creencias, tengan base o no. ¿Por tacticismo o por empanada mental?
En Barcelona, que ya no es la rosa de fuego libertaria de hace un siglo, la recepción al pontífice estará encabezada por Salvador Illa, un católico prudente y nada exhibicionista, a diferencia de Oriol Junqueras, que se pasa el día presumiendo de sus creencias privadas porque, dice, le hacen bueno.
Junqueras olvida el mensaje evangélico: el que se ensalza será humillado.
De todas formas, el actual Papa, perteneciente a la orden de los agustinos, ya dejó claro en su primer discurso que en el presente ocurre algo parecido a lo que vivió Agustín de Hipona: hay mucho católico de boquilla que ni cree ni practica, así que la primera actividad evangelizadora debe darse puertas adentro de la propia iglesia.
Las posiciones antibelicistas de León XIV han comportado que la izquierda ponga en sordina incluso el debate sobre el papel de la religión como instrumento de sumisión utilizado durante siglos por las clases dominantes.
Es como si, de pronto, la Ilustración y sus propuestas críticas hubieran sido guardadas en un cajón a la espera de tiempos mejores.
Se arrincona a figuras como Voltaire o Diderot, al tiempo que se anuncia que se erigirá un monumento a Torres i Bages. Fue éste un obispo conservador que influyó mucho en Antoni Gaudí a quien, de paso, se ha puesto en el camino que lleva a los altares (católicos).
Hasta el Papa ha anunciado que acudirá a la cripta del templo donde se hallan los restos de Gaudí.
El viaje papal se ha convertido ya en un reclamo publicitario, muy por encima de la labor de difundir el mensaje de los evangelios.
Papa y obispos llevan lujosos ropajes y se sientan a la mesa de los ricos epulones a la vez que evitan, en general, las de los pobres Lázaros que hoy carecen de comida e incluso de vivienda. Eso sí: recibirán el reino de los cielos.
Excepcionalmente y en cumplimiento de una de las obras de misericordia que figuran en el catecismo, León XIV visitará una prisión barcelonesa. No consta que su presencia en España vaya a generar (como ocurría antaño con algunos acontecimientos) la liberación de presos.
Promover la excarcelación de algunos delincuentes confesos es una tarea de la que ahora se encarga el fiscal anticorrupción, con el PP mediante.
La visita del Papa será así un espectáculo con un seguimiento multitudinario, tanto de fieles como de quienes se extasían ante personajes famosos. Creyentes o no. Y es que, como decía Hume, hay tres tipos de ateos: los que no creen en Dios; los que creen en Dios pero no en la providencia divina, perpetuamente atenta a la evolución del mundo, y finalmente están los convencidos de que pueden modificar la voluntad de Dios con rezos o gestos rituales como santiguarse o arrodillarse ante estatuas o ante quien creen su máximo representante.
¿Cuántos de estos últimos se agolparán dentro y fuera de los templos barceloneses?
