Los pájaros de Bangkok son los mismos que los de Barcelona. Ése es el descubrimiento que hace uno de los personajes de la novela homónima de Manuel Vázquez Montalbán. Una historia sobre lo que la humanidad tiene en común, biológicamente, pero también sobre las esperanzas que albergan los seres humanos. Aquí, allá y acullá.
Sentada esta unidad, se puede hablar de las diferencias. No de las de Barcelona con la capital de Tailandia, sino de las que puedan darse con la capital de España. Sobre todo, entre los dirigentes políticos de una y otra ciudad.
Los pájaros que sobrevuelan ambas localidades, por supuesto, son idénticos.
Los que anidan en las instituciones, en cambio, mantienen ciertas diferencias.
Collboni es mucho menos vocinglero que Martínez-Almeida, como también Salvador Illa es menos escandaloso que Isabel Díaz Ayuso.
Así, en la política.
En materia de fútbol se daba por hecho que el Madrid estaba presidido por un señor serio y prudente, mientras que el presidente del Barça parecía un chulopiscinas con propensión a la bufonada.
Estos días se ha visto que no hay gran diferencia entre ambos. Los dos van sobrados. En gestos y en victimismo.
Florentino Pérez inició su carrera económica con una empresa catalana (Construcciones Padrós) y terminó su trayectoria política estrellándose como número dos por Madrid en la Operación Roca.
Joan Laporta coqueteó con el independentismo aunque ha mantenido siempre excelentes relaciones con miembros de la Fundación Francisco Franco.
Hoy tiene con Javier Tebas unas relaciones mucho más amistosas que el presidente madrileño. Quizás porque el presidente de La Liga militó en Fuerza Nueva y nunca ha disimulado sus simpatías por Vox.
Hay, con todo, una asimetría que vale la pena resaltar: Hansi Flick es un hombre ponderado y, sobre todo, educado. Las antípodas del entrenador por el que suspiran en la capital del Reino de España: José Mourinho.
¿Buen o mal profesional? Eso es irrelevante. Pero seguro que es una persona muy maleducada, con unos tonos y gestos prepotentes, agresivos e inaceptables.
Salvo en el fútbol y, en los últimos tiempos, en la política.
La generalización del insulto, del grito, del exabrupto en personajes públicos es muy preocupante y lleva a preguntarse en qué ha fallado la educación en los últimos años.
Hace ya tiempo que la enseñanza es un derecho universal en España. En lo referente a modales, no se nota.
Quien tome el autobús V7 a primera hora de la mañana podrá comprobar cómo los críos que acuden a las escuelas de Sarrià, muchas de ellas religiosas, ocupan los asientos destinados a los mayores con la misma impunidad que los ciclistas y patinetistas desalojan a los peatones de las aceras. Sin respeto por los demás.
La urbanidad no es cosa exclusiva de la escuela, pero asentar el sentido de la convivencia también debería ser una de sus aspiraciones. No lo parece.
De momento este incivismo, salvo en contadas ocasiones, se queda en las palabras. Pero está a dos pasos de convertirse en acción, es decir, en agresión.
El fútbol era antaño un deporte e incluso un espectáculo al que los padres llevaban a sus hijos. Ya no es así: casi todos los clubes tienen hoy una pandilla pendenciera que se siente autorizada a repartir leña en nombre de sus colores y que hace que un Barça-Espanyol o viceversa sea un partido de alto riesgo.
A veces estos colectivos reciben apoyo directo de las entidades y de los jugadores más enfebrecidos.
No es algo nuevo. Lo nuevo es su generalización, Y lo que incita a la reflexión es que son bárbaros, pero escolarizados.
Padres perfectamente amantísimos se convierten en energúmenos cuando se sientan en la grada de un campo de fútbol o toman la palabra en un parlamento.
Es de agradecer que, de momento, Barcelona se mantenga relativamente al margen. Incluso la oposición municipal es mucho más sosegada. ¡Cómo debe de sufrir Sirera ante la desmesura de Tellado! ¿O no?
Con todo, empieza a haber brotes preocupantes, como el del diputado de Vox en el Parlament que hace unos días amenazaba a Najat Driouech, diputada de ERC con “deportarla” cuando haya ocasión. Una xenofobia compartida con dirigentes de Aliança Catalana y de Junts.
Todo esto es reflejo de una pésima educación que está yendo a más. Y hay que mirar a la escuela porque la educación no es sólo formación para el trabajo, debiera ser además estímulo para la convivencia.
Ha dejado de serlo y la prueba máxima es la entrada en los centros educativos de los Mossos, responsables del orden público. Porque no entran para fomentarlo sino para imponerlo y mantenerlo.
Una señal inequívoca de que los malos (los del fútbol y los de la política) van ganando. Por goleada.
