A la ciudad de Barcelona, a su ayuntamiento, le sobra el dinero. Como ya no hay problemas serios, puede dedicarse a los pequeños detalles que hacen la ciudad mucho más amable para todos.

La vivienda ha dejado de ser una angustia; las zonas verdes superan las ocupadas por el asfalto y el cemento; no hay problemas de movilidad ni de limpieza. Y menos aún de seguridad.

Con estos mimbres y aprovechando que la oposición está en otras cosas más importantes (para ellos), el gobierno municipal vive una placidez edénica y busca cómo invertir con racionalidad y sentido del reequilibrio el dinero con el que no sabe qué hacer.

Una primera decisión es no cobrar el alquiler del estadio de Montjuïc a la Iglesia católica que lo utilizará para sus cosillas cuando la visite su jefe. Casi 80.000 euros. ¡Ahí es nada!

La Iglesia católica es una empresa multinacional con ingresos nada desdeñables que, además, no colabora en los gastos de la ciudad: está exenta de IBI y de unos cuantos impuestos más. Se beneficia de conciertos para sus colegios y hasta tiene miembros pagados por el Estado en los centros públicos, con el encargo de adoctrinar (aquí sí está bien empleado el verbo) al personal menor de edad.

Que luego les metan mano o no es harina de otro costal. Total, su Dios los perdona hasta setenta veces siete.

Sus dirigentes visten como dandis, eso sí, con cierta tendencia a lo retro. Pero sus ropajes cuestan un dineral y las joyas con que se adornan, un potosí.

Lo hacen para imitar a Jesús de Nazaret y ser fieles a su mensaje de pobreza, dicen.

Como entidad jerárquica que es, el catolicismo abomina de la democracia y practica sistemáticamente la discriminación de género, asignando a la mujer un papel siempre subordinado.

¿Son esos los valores del actual consistorio?

Y hay más dinero para cosas importantes.

De momento se va a financiar la instalación de césped natural en los campos de fútbol de dos equipos de la ciudad: el Europa y el Sant Andreu. El motivo es que no pueden disputar los partidos en sus sedes porque son de hierba artificial y lo impide la actual norma federativa.

Lo del primero se podría entender. Es un club de barrio con mucha historia y pertenece a sus socios. Aunque sus jugadores no sean exactamente aficionados, en cierta medida potencian la comunidad de Gràcia y el gusto por el deporte.

Menos comprensible es que se pague la hierba del Sant Andreu.

¿Es un club de barrio? Sí. ¿Tiene también su historia? En efecto, pero entre el Europa y el Sant Andreu hay una diferencia mucho más que notable: el segundo es una sociedad anónima y el propietario, una empresa japonesa sin agobios económicos y con ánimo de lucro.

Tan bien le va la cosa que, como premio por haber ascendido de categoría, ha invitado a toda la plantilla a pasar unos días en Japón.

Nada que objetar: los jugadores se lo han ganado. Y más que les den y regalen. Los dueños son libres de hacer con su dinero lo que les venga en gana. Aunque podrían destinar cierta cantidad a instalar la hierba natural en vez de que la paguen todos los barceloneses, incluidos aquellos a los que el fútbol (especialmente el concebido como negocio) les importa un pimiento.

Gobernar es decidir qué es lo prioritario y el equipo que preside Jaume Collboni tiene derecho a tomar estas decisiones. Otro asunto es la cantidad de palabras que hay que gastar para justificar una política de ricos en una ciudad con desigualdades muy potentes.

Mientras tanto, el ayuntamiento ha decidido que una Barcelona rica no puede permitirse la imagen de algo tan pobre como tender la ropa en el balcón y perseguirá esta práctica. Es un error: con el dinero que sobra bien podría financiar una secadora a todas las familias que aún no la tengan. Especialmente las de la parte alta, que tanto lo necesitan.

A los que no tienen ni casa no hace falta financiarles secadora alguna: se lavan cuando llueve y se secan al sol.

No hay que quejarse, como podrá explicarles el pontífice católico, es la voluntad de Dios y de ellos será el reino de los cielos.