Se celebra en Barcelona la fiesta del sacrificio y nuestros conciudadanos islámicos se han lanzado a la calle para reunirse en plazas de Ciutat Vella y ponerse a rezar en público, para desesperación, me temo, de Sílvia Orriols, también conocida como la Matamoros de Ripoll, y previsible incomodidad de quienes pasen por ahí y se lo encuentren todo lleno de hombres con la frente en el suelo y el culo en pompa, charlando con Alá (que es muy grande, o eso berrean los enajenados islámicos antes de lanzarse a acuchillar a algún transeúnte).
Nada tiene uno en contra de las celebraciones religiosas, mientras se desarrollen con cierta discreción. Teniendo en cuenta nuestros orígenes cristianos, aunque uno sea agnóstico (ateo no, que hay que tener la misma fe que para ser creyente), considera que hay que ser tolerante con las tradiciones religiosas locales, que, total, solo se manifiestan muy de vez en cuando, en Semana Santa y, un poco menos gracias al consumismo imperante, en Navidad.
También hay que serlo con las demás tradiciones, a condición de que no te ocupen las plazas de tu ciudad para la celebración de rezos colectivos. Los católicos tienen el detalle de ir a la iglesia cuando quieren rezar, y uno pensaba que los islámicos hacían lo mismo, pero ahora resulta que les ha dado por ocupar el espacio público(tras dejar a la parienta en su domicilio, claro está, pues ya se sabe que la mujer, la pata quebrada y en casa: es su cultura y hay que respetarla, dicen los majaderos multiculti).
Si nos diferenciamos en algo los católicos (nominales o creyentes) y los islámicos es en que lo nuestro es una democracia (imperfecta) y lo suyo, una teocracia invasiva que obliga a rezar cinco veces al día y a morirse de hambre durante el mes del Ramadán.
No se trata aquí de reivindicar la prioridad nacional (da igual la de Abascal que la de Orriols), sino de recordar a nuestros conciudadanos del Islam que esto es una sociedad tirando a laica en la que la religión no es obligatoria, pero sí respetada, mientras se cultive sin interrumpir el ritmo habitual de la ciudad.
A los católicos nos costó lo nuestro quitarnos de encima a la Iglesia, que durante siglos estuvo haciendo su santa voluntad, llegando al extremo de enviar a gente a la hoguera desde la llamada Santa Inquisición.
Y ahora que nos hemos deshecho (no del todo) de nuestros clérigos, no estamos para venerar a los ajenos (que, además, vete a saber qué mensajes disolventes pueden llegar a enviar desde las mezquitas: ¿hay alguien que vigile ese posible foco de terrorismo?).
Dentro de poco, todos vamos a experimentar una sobredosis de cristianismo con la visita del papa León XIV. Los que aún recuerden el Congreso Eucarístico barcelonés de los años 50 (que le sirvió a Eduardo Mendoza para una de sus novelas), pueden hacerse una idea de lo que se nos viene encima.
A los demás nos va a tocar improvisar y tratar de no coincidir con Su Santidad. En unos días volveremos a la normalidad, pero la visita a la Sagrada Familia no nos la quita nadie y ya me imagino a los fanáticos del patronato buscando la aprobación papal para proceder a la demolición de cuatro o cinco manzanas de la calle Mallorca para instalar la Escalinata de la Gloria, que es la mejor manera de redondear la mona de Pascua en la que hemos convertido la iglesia de Gaudí entre las cupulillas y los santos encarcarats del inefable Subirachs.
O sea, queridos islámicos, que ya tenemos bastante con lo nuestro como para tener que pechar también con lo vuestro. Un poquito de por favor: los católicos a la iglesia, los judíos a la sinagoga, los evangélicos al estadio más cercano y los árabes a la mezquita. Cada uno en su casa y Dios en la de todos.
