La huelga ya no es lo que era. Tiempo ha fue un instrumento de los trabajadores frente al empresario. Se paralizaba la producción y la propiedad dejaba de hacer negocio si no subía los sueldos o mejoraba las condiciones de trabajo (redistribuía la plusvalía). Ahí radicaba la fuerza del obrero.
Hoy, la mayoría de las huelgas del sector privado están relacionadas con amenazas de cierre de la empresa, por venta o deslocalización de la firma.
Dejar de producir no es un elemento de presión si los dueños de la empresa han decidido cerrarla, de modo que los empleados han buscado nuevas vías que den fuerza a sus reivindicaciones.
Una de ellas, se está viendo estos días con las manifestaciones de los docentes, consiste en cortar las vías de circulación, bloqueando los desplazamientos del resto de los catalanes, con especial repercusión en Barcelona. Por eso los manifestantes han decidido emplearse a fondo con cortes selectivos (autopistas y rondas) que tienen como consecuencia buscada bloquear la ciudad.
Si la solución del conflicto es una cuestión de fuerza, el mero paro no resulta eficaz. De hecho, los escolares salen mal formados con o sin clases, como señalan repetidamente los informes sobre rendimiento escolar.
Es mucho más efectivo golpear sobre el resto de la población, esperando enemistarla con los gobiernos.
Otra característica de la nueva confrontación entre empleadores y empleados es que las huelgas de hoy no son ya una lucha del proletariado contra la burguesía. Los paros más duros se dan en el sector público, contra los gobiernos que, mientras no se demuestre lo contrario, representan a los propios huelguistas.
Hasta en esto ha impuesto la derecha su visión del conflicto.
La actuación de los docentes tiene un precedente: durante el procés y meses después, una docena de fulanos cortaron la Meridiana a la entrada de Barcelona. Impunemente. El tráfico se restableció cuando se dieron cuenta de que hacían el canelo. Los derechos de los demás les importaban un pimiento (ellos estaban allí defendiendo la patria, sea eso lo que sea). Con el visto bueno de las autoridades de entonces.
Si doce membrillos pudieron impedir una noche sí y otra también la entrada o la salida a Barcelona, un par de miles pueden dejar sin tráfico a toda Cataluña cada vez que lo deseen.
Lo han hecho ahora los profesores y antes campesinos armados con media docena de tractores, en protesta por la llegada de productos de otros países. Igual que años atrás los agricultores franceses volcaban la fruta española en la frontera.
La gente aprende y en el futuro será difícil evitar que esto siga ocurriendo, porque los poderes públicos no están dispuestos a intervenir aunque el derecho a manifestarse colisione con el derecho a la movilidad.
Se comprende: ¡Hay tantas patrias que defender!
Que los docentes tienen motivos para el cabreo resulta más que evidente: les han recortado salarios y autoridad, empeorando sus condiciones laborales. Durante años.
La incógnita es cómo han aguantado tanto. ¿Será que USTEC, sindicato relacionado con ERC, no quiso poner a este partido en aprietos cuando estaba en el gobierno catalán, pero ahora que gobiernan los socialistas -unos “ñordos”- todo vale?
Piensa mal y acertarás, recomienda un retorcido refrán.
USTEC, dicho sea de paso, actúa en coalición con organizaciones corporativas. ¿Por eso llevan camisetas amarillas?
Alguien debería recordarles que el adjetivo “amarillo” casa peor que mal con el sustantivo “sindicato”. Aunque igual algunos lo saben y no les importa. El amarillo es también el color de los lacitos que evocan que Puigdemont sigue de vacaciones. Los llevan, además, los sionistas de Netanyahu, otro representante de un pueblo elegido con licencia para lo que le dé la gana.
La debilidad de Barcelona ante estas acometidas es la evidencia de que el proyecto metropolitano con diversos centros, propugnado sobre todo por Joan Clos, ha fracasado. Al menos de momento.
Barcelona sigue concentrando multitud de empleos mal pagados (entre ellos los del sector educativo) lo que, añadido al coste de la vivienda, obliga a una gran parte de la población a dormir en la periferia metropolitana y desplazarse cada día entrando y saliendo de la ciudad con dificultades, incluso si no hay manifestaciones.
Y el enfado que esto genera tiene que estallar por alguna parte. De momento lo rentabilizan los populismos.
¿Y la izquierda? Bien, gracias. Dedicada, dice, a las batallas culturales.
