Hay muchas Barcelonas, como escribía Manuel Vázquez Montalbán. Pero se dibuja una brecha grande, profunda, entre dos Barcelonas, la del inglés, y la que sigue amando y utilizando sus dos lenguas mayoritarias: el catalán y el español.

El inglés ha comenzado a dominar los comercios, los cafés, las tiendas de diseño, todo lo más vanguardista de la ciudad. Hasta el punto de que el personal contratado se dirige a los propios locales en inglés, porque es el idioma que se considera franco en una gran capital internacional.

Los propios extranjeros se sorprenden. Es como si Barcelona formara parte de un estado anglosajón, como si se hubiera perdido la lengua vernácula. Tal vez lo pueda llegar a entender un ciudadano asiático, o ruso, pero resulta algo inaudito para un vecino europeo, para un italiano, por ejemplo, que puede entender perfectamente tanto el español como el catalán.

No estamos ante una evolución cosmopolita, sino ante una pérdida patrimonial y cívica de primera magnitud, que las autoridades locales deberían tener en cuenta. El ridículo, además, es espantoso. Y demuestra que toda la ciudad se está vendiendo.

Es el exilio interior para muchos barceloneses que recorren la Rambla del Poblenou y se encuentran con comercios extraños, con rótulos en inglés, y con un personal que cree que en Barcelona siempre se ha salido de casa a media mañana para tomar un ‘brunch’.

¿Se quedará Barcelona sin alma? El Ayuntamiento asegura que hace lo posible por mantener la identidad de la ciudad. Y que acontecimientos como el Tour de France, cuya salida tendrá lugar el primer fin de semana de julio en la capital catalana, se podrán seguir desde los barrios. Los ciclistas correrán por zonas poco conocidas por los turistas, porque lo que interesa es levantar el orgullo colectivo entre los vecinos y vecinas de toda la vida de Barcelona.

Sí, puede ser cierto, y está muy bien. Pero el viento en sentido contrario es de gran intensidad. Todo está pensando para agradar al residente flotante, para el que pasa unos días, y la lengua que se utiliza es ese latín internacional en el que se ha convertido el inglés.

Pues no. A pesar de la proliferación de lenguas, de los migrantes de todo el mundo que se han instalado en los últimos años, en Barcelona deberían primar dos lenguas: el catalán –hay que hablarlo con orgullo y en primera instancia, y el español, la lengua propia también de muchos barceloneses.

Porque, ¿qué deben pensar todos esos visitantes flotantes que llegan con una cierta idea sobre lo que es Barcelona, sobre aquellos que se han interesado mínimamente sobre Gaudí y sus obras en la ciudad? Saben que defendía la lengua catalana con ardor. Y hará bien el Papa León XIV en hablar en catalán en su acto de bendición de la Torre de Jesús de la Sagrada Família. Y puede que, durante su estancia, no escuchen ni catalán ni español, mientras beben, comen y se divierten en la ciudad. Todo en inglés.

El inglés, tal y como se está implantando, actúa como una barrera de clase. Expulsa al vecino mayor, al trabajador local y a las clases populares del espacio público, creando una ciudad de dos velocidades: la de la élite globalizada que consume en inglés y la de los locales que asisten, atónitos, a la privatización lingüística de sus calles. Esa es la situación.

Cuando el menú de un restaurante o la atención en una tienda se ofrece exclusivamente en inglés, se está enviando un mensaje explícito de exclusión al cliente local. La economía de la ciudad deja de circular en beneficio de la comunidad para subordinarse a una masa crítica que apenas permanece unos días o meses en el territorio y que no genera raíces fiscales ni sociales a largo plazo.

Es un error estratégico descomunal. Las metrópolis que triunfan en el siglo XXI son aquellas capaces de mantener su singularidad en un mar de uniformidad. Si Barcelona renuncia a su ecosistema lingüístico singular para convertirse en una mala copia de Shoreditch (Londres), de Austin o de Ámsterdam, perderá el único valor que el dinero no puede comprar: su autenticidad.

Lo señala la escritora Llucia Ramis este domingo en Metrópoli. Barcelona está todo el día dedicada a agradar al visitante, y no se tiene en cuenta a sí misma. Quiere atraer talento local, y se olvida de cuidar el “mucho talento local” que todavía sigue en la ciudad”.