Es muy cansino que, cada vez que en nuestra ciudad se celebra un evento de relevancia internacional, algunos desde el ámbito independentista vean en él una ocasión para publicitarse. Lo reitera desde los Juegos Olímpicos de 1992. Ya antes, en 1989, con ocasión de la inauguración del estadio de Montjuïc y de los mundiales de atletismo practicaban su parafernalia secesionista. Y así han continuado hasta la fecha. La ostentación de “esteladas” en actos o la alerta falsa ante un presunto relegamiento del catalán eran algunas de las pautas a seguir.

La visita del Papa León XIV no ha sido una excepción. Dirigentes independentistas se lanzaron abiertamente a promover un falso relato que justificara sus pretensiones. El prófugo Puigdemont, en competencia con Silvia Orriols, exclamó que la misma era “el retorno al nacionalcatolicismo”.

En paralelo, asociaciones secesionistas bien sufragadas con subvenciones públicas y desde el altavoz y la proyección mediática en medios de comunicación institucionales y ciertos paraoficiales privados, perseveraron en intentar fallidamente que las “esteladas” proliferaran en las calles y reclamaban una presencia del catalán cuando ésta era obvia.

El caso era y es hacer ruido. El catalán estaba y estuvo presente, no podía ser de otra manera. Ahora, esos secesionistas dirán que, sin ellos o sin sus proclamas no habría sido posible. Es sabido que su presencia estaba garantizada de antemano. Afortunadamente, la inmensa mayoría de barceloneses y catalanes, han relegado y relegaron este exhibicionismo y griterío a la consideración de ser la propia de “los broncas del lugar”.

Junto a ellos, entidades regadas generosamente con ayudas públicas de miles de euros, la Fundació Ferrer i Guardia, por ejemplo, bramaban contra la visita papal. Alguien deberá recordar que el retorno social de estas asociaciones es tan vacuo como sus críticas.

Dentro de unos días, con ocasión de la Gran Salida, la Grand Départ, del Tour de Francia desde Barcelona, los broncas volverán a la carga. Agitarán “esteladas” en partidas, recorridos y llegadas de etapas. Con carácter previo, se inventarán falsos agravios e inexistentes discriminaciones para después erigirse en los salvadores de sus propias mentiras.

Sin embargo, la sociedad pedalea hacia otras metas. Ansía la despolitización de los eventos, la normalidad ciudadana y la pluralidad en el uso de nuestras lenguas, el catalán y el castellano y la presencia de las banderas de todos, la de Catalunya y la de España.

Los catalanes nos sintiéramos o no españoles, salvo una parte del independentismo, han considerado que “ahora no tocaba” la bronca. Fueron conscientes que lo pertinente era el sentido del momento, el sentido de la responsabilidad y el sentido común y no el de carecer de un sentido del ridículo y de las inoportunas acciones de los agitadores.

La visita del Santo Padre tenía una componente espiritual y para afianzar nuestras raíces cristianas para muchos y una oportunidad de proyectar en el mundo de nuevo a la mejor Barcelona para todos. Y así lo fue con certero éxito y con la espectacular y sentida bendición de la Torre de Jesucristo de la Sagrada Família como colofón inolvidable.

La frustrada intentona independentista de dinamitar la inauguración con unos “cantaires” reivindicativos en su momento más espectacular y emocionante retrata perfectamente su pérdida de norte y de razón.

Las nuevas generaciones se han sumado a las que les precedieron en la expresión de un recuperado orgullo de ciudad. Como dijo el Papa, Barcelona y Catalunya han de ser “constructores de unidad”. Su visita ha sido una bendición para España. Y sientas lo que sientas, Barcelona ha vuelto a unir lo que otros pretenden separar.