Nos sentimos profundamente consternados a los argumentos demasiado frecuentemente esgrimidos en nuestro medio que amparan el discurso antisemita en nombre del derecho a la libertad de expresión.

La pregunta sería: ¿Cuál es el límite a la cantidad de odio antisemita que la población tiene derecho a expresar en base a la libertad de expresión? Y este derecho a la libertad de expresión, se ampararía en el derecho a disentir y expresar el desacuerdo.

El punto débil del planteamiento es que no es lo mismo disentir que odiar. Cuando se disiente, se expresa, mediante argumentos, el desacuerdo. Cuando se odia se llama a la destrucción de una persona o grupo humano. La destrucción personal, o la destrucción social mediante la privación de sus derechos. La definición de antisemitismo nada tiene que ver con la expresión de emisión de ideas criticas sobre los judíos, sino la expresión de odio y el llamado a su desaparición.

La RAE define el 'antisemitismo' como "actitud o tendencia antisemita", y 'antisemita', como "que muestra hostilidad o prejuicio hacia los judíos, su cultura o su influencia".

La definición de antisemitismo del IHRA a la cual se han adherido las principales instituciones de nuestro entorno, va más allá y define el antisemitismo como “una cierta percepción de los judíos que puede expresarse como odio hacia ellos.

Las manifestaciones físicas y retóricas del antisemitismo se dirigen a las personas judías o no judías y/o a sus bienes, a las instituciones de las comunidades judías y a sus lugares de culto”.

Así que una cosa es disentir y otra odiar. Y otra, expresar ese odio.

Por supuesto, ni el antisionismo ni las críticas a Israel son siempre formas de antisemitismo. A veces sí. Es importante distinguir entre la critica legítima a Israel o a su gobierno y el llamado a su destruccn o la de sus ciudadanos o el rechazo a los judíos del mundo y los que les apoyamos.

Vivimos en un momento histórico en el que, quien disiente de las políticas de Netanyahu, está legitimado socialmente para extender este rechazo a todos los judíos y sionistas del mundo, y este discurso, con demasiada frecuencia, encuentra amparo y liderazgo en las autoridades que, en vez de garantizar la convivencia, que es su responsabilidad, dan cuerda a este discurso de odio.

De la legítima disensión a Netanyahu se llama a la, ya no legítima, desaparición del estado de Israel, se legitima el boicot a todos sus ciudadanos, por extensión, la exclusión de todos los judíos del mundo e incluso su asesinato --como hemos visto en el alarmante incremento de actos antisemitas en diferentes países del mundo--, y la extensión de este rechazo a todos los que, seamos judíos o no, defendemos la existencia del estado de Israel y la necesidad de proteger a sus ciudadanos, amparándose en que somos sionistas.

Sionismo es apoyar la existencia del Estado de Israel que, después del 78 aniversario de su constitución, no necesita justificar su derecho a existir.

Y aplicar esta lógica solo a Israel es, sin duda, una forma de antisemitismo.

¿A alguien se le ocurriría que disentir de las políticas de Sánchez justifique el llamado a la desaparición de España, el boicot a los intereses públicos y privados de los ciudadanos españoles, el asesinato de ciudadanos españoles residentes en el extranjero y la exclusión de todos los simpatizantes de la cultura española o defensores de nuestro estado?

El límite a la expresión del odio antisemita debería ser 0. De odio antisemita y de cualquier discurso de odio. No debería estar permitida la expresión de hostilidad o prejuicio hacia los judíos por el simple hecho de que sean judíos. Ni de los judíos, ni de ningún ciudadano. Ningún discurso de odio puede amparar la discriminación en base a la libertad de expresión. Se puede disentir de sus opiniones, de sus creencias. Se puede disentir del gobierno que han elegido democráticamente.

Por ejemplo, respecto a la pintada que apareció en la Sinagoga de Avenir el pasado abril, indudablemente el llamado de Palestina del río al mar hace referencia a la destrucción del Estado de Israel y eso sin duda es antisemitismo.

Y cuando se vandaliza una sinagoga de, por ejemplo, Barcelona, que no es ni parte del Estado de Israel ni mucho menos una sucursal del gobierno de Netanyahu, es sin duda una expresión de odio antisemita que no debería tener amparo en una sociedad que garantice la convivencia, defienda los derechos de las minorías y ha adoptado la definición de antisemitismo del IHRA, tanto en el Ayuntamiento, como en el Parlament de Catalunya y en el Gobierno de España.

De lo único que somos verdaderamente libres los seres humanos es de pensamiento. Nadie puede poner limite a nuestro derecho a odiar, por mucho que sea fuente de infelicidad y algo poco saludable. Para nuestros comportamientos, siempre hay normas que regulan la convivencia. Y las pulsiones de odio y destrucción, como mejor están, por el bien de todos, es reprimidas.