Aún falta un poco para las elecciones municipales, pero el carismático candidato (y puede que único miembro) del partidillo político Catalunya Acció, Santiago Espot i Piqueras (La Pobla de Segur, Lérida, 1963), ya ha entrado en campaña, protagonizando un acto contra la catalanofobia (que, al parecer, campa por sus respetos en nuestra querida ciudad) a las puertas de Aticco, el coworking que acaba de despedir a una trabajadora por su renuencia a comunicarse en castellano con clientes y proveedores.

No es que la hayan echado por hablar catalán, como sostiene el lazismo, sino por no hablar castellano ni que la mataran, que no es lo mismo. Sostiene la empresa que ahí se trata con gente de toda España y parte del extranjero, por lo que lo de mantener el catalán, aunque tengas delante a un señor recién llegado de Cantón, no procede. Simplemente. Por una cuestión de preservar la comunicación entre seres humanos. Para acabarlo de arreglar, la defensora del catalán no tenía problemas en expresarse en francés o en inglés, solo era el castellano, ¡qué casualidad!, el idioma que se le hacía bola.

Como no podía ser de otra forma, esa mártir de la lengua se puso en manos de ese gran liante que es Oscar Escuder, patrón de Plataforma per la Llengua, importante asociación de delatores, y ya la tenemos liada.

Por una cuestión de hermandad entre soplones, Santiago Espot se sumó al linchamiento de Aticco, no en vano se tiró años apatrullando la ciudad con un cuadernito y un boli para apuntar los comercios que no rotulaban en catalán: la delación como forma de vida.

En el caso, altamente improbable, de que Espot llegara a ser el alcalde de Barcelona, ¿qué cabría esperar de él? ¿Convertir a la guardia urbana en una gigantesca máquina de fabricar denuncias lingüísticas? ¿Recomendarles el uso de la pistola Taser, que se va a aprobar un día de estos, para aplicar descargas eléctricas a los tenderos que se mantengan en su catalanofobia?

Ufano y soberbio, el señor Espot se mantenía frente a la sede de Aticco y lamentaba que se habían reunido allí cuatro gatos. El hombre se veía seriamente preocupado por el fracaso de su propuesta, como si no entendiera qué tenían que hacer los barceloneses a esas horas que fuese más importante que solidarizarse con la empleada despedida por su negativa a hablar en el idioma mayoritario de la ciudad.

Nadie sabe muy bien a qué se dedica el señor Espot. Él habla de empresas y negocios que dirige y de los que nadie ha oído hablar. En cualquier caso, esos trabajos le permiten plantarse un día de diario en mitad de la calle para enmendarle la plana a una empresa que ha decidido prescindir de los discutibles servicios de una empleada nacionalista a la que recomiendo desde aquí que pida trabajo en la agencia de delación patriótica del señor Escuder, donde la proveerán del cuaderno y el boli necesarios para lanzarse a la calle a impartir justicia lingüística: es evidente que un trabajo, digamos, normal no lo va a encontrar en la vida.

O pedir al señor Espot que le eche algo en Catalunya Acció. Si no encajas en el mundo real, apúntate a una entelequia, preferiblemente subvencionada.

El oficio del señor Espot tampoco nos queda muy claro. Sabemos que lleva media vida dando la tabarra con lo de la independencia. Y que fue alumno aventajado del inolvidable Carles Muñoz Espinalt (Montesquiu, 1920 – 1993), grafólogo, psicólogo e inventor de la psicoestética, peculiar teoría sobre la manera de influir en la política desde la estética que tuvo cierto éxito entre los gremios de la peluquería y de la sastrería (los espinaltianos lucían chaquetas de cuatro botones y cuello más que generoso y solían cortarse el pelo en Iranzo, como su odiado rey emérito).

¿Necesita Barcelona una inmersión en la psicoestética nacionalista? ¿Queremos que nuestro alcalde sea un soplón profesional? Si la respuesta a estas dos preguntas es afirmativa, ya sabe usted quién es su hombre, pero luego no se queje si le cae una denuncia de la Plataforma per la llengua porque le han pillado hablando español con la criada peruana.