Entre los libros de no ficción más vendidos la semana pasada en librerías de Barcelona, Badalona, Terrassa y Sabadell ocupan los tres primeros puestos del hit parade en catalán y en castellano, los siguientes títulos.
En castellano: Murdoku. Ochenta acertijos para resolver de lógica y asesinatos. Manuel Garand. Ed. Temas de hoy. Cuaderno de actividades para adultos vol.15. Ejercicios para desoxidar la mente. López Valle. Ed. Blackie Books. Y El crimen del verano. Más de 70 pasatiempos para encontrar al asesino. Modesto García. Ed. Plaza y Janés.
En catalán: Murdle. Ressol el crim. 100 misteris que posen a prova les capacitats deductives. G.T. Karber. Ed. Ara Llibres. Quadern de passatemps per a adults. Passatemps, jocs de lògica i sopes de lletres. Vol. 3. Ed. Blackie Books. Y Passatemps irreverents. Passatemps per a un públic català. Valls i Bueno. Ed. Fanbooks.
Entre los seis libros más vendidos no figuran ensayos sobre cultura, historia, medicina ni otras artes, ciencias y saberes. Pero que no aparezca la filosofía, da que pensar que se publiquen tantos pasatiempos para pensar.
A finales del siglo pasado, cuando llegaba el verano desaparecían las secciones de cultura en muchos los diarios generalistas. Lo que equivalía a pensar que en verano no es tiempo de pensar y leer cansa.
Ocurre que la larga conjura para crear sociedades llenas de incultos no molestos ni cesa ni cesará. Puede verse en cada vez más medios de comunicación y sucedáneos cada vez más frívolos, más bobos y más vendidos a los poderes.
La moda de los pasatiempos no es nueva. Y van desde el parvulario hasta el geriátrico. Véanse, si no, los catálogos actuales de la entrañable Editorial Bruño. Fundada por el salesiano Gabriel Marie Brunhes (Castellanizado Bruño).
Cumplidos 131 años fueron y son pioneros de los cuadernos de vacaciones. Concebidos como ejercicios de repaso, estimulaban el aprendizaje de las criaturas. Ahora también publican cuadernos para ejercitar la memoria y frenar el deterioro cognitivo de la vejez.
Quedan en el inconsciente colectivo aquellos cuadernos de caligrafía, despreciados por la pedagogía de la plastilina, de la ley del mínimo esfuerzo y del escriba como quiera. Los de caligrafía jugaron un papel clave en la enseñanza.
Gracias a ella, se aprendía a coger correctamente el lápiz o el mango y la plumilla. Enseñaba a no salirse de los renglones. A escribir lentamente, lo que favorecía el ritmo de las letras. A controlar la presión del lápiz y la pluma. Y a presentar textos limpios, elegantes y legibles.
Ahora, el arte de escribir con letra bella y correctamente formada, según la definición clásica, hay que buscarlo en universidades y escuelas de diseño. También se anuncian en Barcelona unos treinta profesores particulares.
Pasados tantos años, siguen fieles al lema que dice despacito y buena letra. Convertido en refrán, aconseja hacer las cosas con calma y precisión para lograr un resultado satisfactorio y de calidad.
Como lo poetizó Antonio Machado: “Despacito y buena letra: / El hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas”.
