El pasado viernes, el pleno del Ayuntamiento de Barcelona acordó la reelección de David Bondia como Síndic de Greuges. Hasta el año 2031 deberá velar por la defensa de los derechos de la ciudadanía frente al consistorio y actuaciones municipales o atender cuantas quejas y solicitudes de amparo le sean trasladadas.

Desde el respeto que merece su trayectoria, capacidad y solvencia, creo que el perfil del renovado Síndic es más parejo al de un teniente de alcalde de Ada Colau que no al de un defensor del pueblo. Hace cinco años fue elegido bajo el mandato de la exalcaldesa y en controversia con otras candidaturas.

En aquella lid, el aún no designado Síndic abogaba por una primacía de la democracia participativa ante la hipótesis que los concejales no avalasen su nombramiento. Esta preponderancia de la democracia denominada directa que relega a la representativa de los cargos electos en las urnas es un denominador propio de Barcelona en Comú.

Antes, el aún no Síndic, se había significado en el rechazo al retorno a la legalidad constitucional alcanzada gracias a la aplicación del artículo 155 ante el desafío de convivencia y de Estado del proceso independentista.

Uno de sus primeros cometidos del ya Síndic Bondia fue cuestionar la idoneidad de los calabozos de la Guardia Urbana y de ciertos procederes en las comisarías de policía. Toda una declaración de intenciones. Reconozco que me sorprendió tal iniciativa por su alcance y premura. ¿No existían otras prioridades en la ciudad y para sus vecinos? Era coherente con su trayectoria vital, pero no con las demandas más acuciantes de la ciudadanía.

En cualquier caso, lo más relevante es su actuación y su proactividad. Ahí encuentro lagunas importantes. El Síndic no debe guiarse por las denuncias o quejas ciudadanas recibidas, sino también por el impulso de oficio, a su propia instancia, ante flagrantes agravios, discriminaciones, vulneraciones de derechos o malas prácticas administrativas.

Por ejemplo, debiera promover la defensa del derecho de la propiedad no siendo este incompatible con la del acceso a la vivienda, la no impunidad de facto por la laxitud de leyes y ordenanzas de los demasiados que infrinjan nuestras normas de convivencia, las deficiencias en prestaciones en servicios esenciales y los clamorosos retrasos en la construcción de pisos y equipamientos públicos o en las carencias en la atención social, el rechazo a un bilingüismo real en la administración, etc.

David Bondia precisaba, de al menos, el voto favorable de 27 de los 41 concejales y obtuvo 35. Los ediles alejados de la órbita de la izquierda política municipal, votaron de forma diferente: Junts a favor, PP abstención y Vox en contra.

Para posicionarse debieron calibrar los antecedentes del candidato, su procedencia ideológica, su gestión al frente de la Sindicatura o sus sensibilidades y prioridades para Barcelona y sus vecinos. También podían haber propuesto descartar las dos candidaturas presentadas y plantear la idoneidad de otro proceso electivo y participativo con nuevos perfiles. Pero no.

En cualquier caso, se ha iniciado una segunda etapa del renovado Síndic. Hay que confiar, con mucha fe eso sí, en su acertado quehacer y que el abrumador respaldo político obtenido por él se constate en una sensibilidad equilibrada y para todos los barceloneses.

Hay que porfiar en que su gestión sea alejada de cualquier extremado sesgo ideológico de antaño. Un defensor del pueblo que no sea caballo de Troya, avanzadilla o coartada de pugnas políticas interesadas desde izquierdas extremas o condescendiente con gobiernos municipales cuando no acomodaticio en su quehacer.

La gestión del ejecutivo local exige del Síndic intensidad rigurosa, actuaciones vigilantes y conclusiones firmes y sensatas en sus muchos ámbitos de intervención. No constatarlas en los tiempos venideros sería un mal síntoma y hacerlo sólo desde una perspectiva ciudadana o partidista escorada al sesgo ideológico del síndico también. Que sea un buen defensor para todos y en todo. Barcelona lo precisa.