Cada cierto tiempo Barcelona hace un ejercicio tan sano como necesario, mirarse al espejo a través de la Encuesta de Valores Sociales del Ayuntamiento de Barcelona. Los resultados de la última encuesta generan una cierta inquietud.
La ciudadanía se muestra más individualista y desconfiada quizás como consecuencia de la mayor preocupación por cuestiones como la seguridad, la vivienda y el salario en detrimento de algunos valores sociales como la libertad, la igualdad o el feminismo, sobre todo entre los hombres jóvenes.
Algunos pueden aprovechar la coyuntura para proclamar el principio del fin de la Barcelona progresista. Nada más lejos de la realidad, pero debería suponer una llamada de atención tanto para las instituciones como para el conjunto de la sociedad civil.
La capital catalana ha demostrado que ha sido un laboratorio de innovación social caracterizado por un urbanismo humanista, la cultura como motor de transformación y una potente política social a través de la apuesta por equipamientos públicos descentralizados y de proximidad.
Una ciudad abierta que ha sido capaz de convertir la diversidad en una ventaja competitiva y la convivencia en una seña de identidad que atrae talento de todos los rincones del mundo. Igualmente, la ciudad ha sabido aprovechar la audacia y energía de una cooperación público-privada que nos ha dado importantes réditos para suplir las carencias de no ser una capital de Estado.
Pero los éxitos del pasado o del presente no garantizan los éxitos del futuro. Las sociedades progresistas, para seguir siéndolo, tienen que ser capaces de escuchar y reaccionar evitando las tentaciones de un conservadurismo progresista que es un cierto tipo de proteccionismo localista.
La encuesta de valores sociales refleja un cierto desgaste de las ideas progresistas probablemente por el aumento de la incertidumbre y un desgaste de unas formas de gobernanza más propias del siglo XX que del XXI.
La vivienda hace años que se ha convertido en el principal factor de desigualdad de la ciudad generando nuevas periferias y expulsando a las clases medias y en especial a los jóvenes. Un problema que las fuerzas progresistas de la ciudad no han sabido encarrilar por el dogmatismo de una parte de la izquierda que prefiere tener razón a solucionar el problema.
Y es que más que los grandes retos a los que nos enfrentamos como sociedad que genera inseguridad, la polarización política y la erosión de las relaciones interpersonales de las fuerzas progresistas hacen más daño a la idea de progreso que las ideas, propuestas o capacidades de las fuerzas conservadoras.
Seguramente esta realidad no es exclusivamente barcelonesa, pero es especialmente relevante por la responsabilidad que tiene Barcelona en mantener viva una cierta idea de progreso en un mundo desconfigurado.
Sería un error identificar la idea de progreso con una determinada etiqueta ideológica o reducida a ciertas fuerzas políticas. El progreso no es una identidad política sino una actitud y una forma de entender la ciudad y la sociedad. Es la capacidad de construir soluciones nuevas, eficientes e inclusivas para los viejos y los nuevos problemas.
Barcelona es una ciudad progresista porque ha sabido reinventar la ciudad sobre unos valores y atributos determinados como la competitividad, la sostenibilidad, la equidad, la seguridad y la democracia. El reto es seguir haciéndolo posible.
La Barcelona progresista hoy tiene que responder a preguntas nuevas manteniendo los valores que la caracterizan. Entre ellos, cómo garantizar el acceso a la vivienda asequible y la cohesión social al tiempo que atraemos talento internacional.
Cómo conciliar seguridad y convivencia sin caer en discursos del miedo o xenófobos. Cómo seguimos siendo una ciudad abierta sin renunciar al turismo y a la inversión compatibilizando competitividad con sostenibilidad o cómo seguimos protegiendo y promoviendo el comercio de proximidad.
Éstas y otras cuestiones serán los grandes temas que definirán la Barcelona de la próxima década para las que no es suficiente contar con buenas narrativas. Necesitamos eficiencia, esto es, ofrecer resultados tangibles mostrando que es posible conciliar competitividad con sostenibilidad y justicia social para renovar la licencia social de la idea de progreso en una nueva síntesis inteligente y posible.
El riesgo, sin embargo, es que los intereses particulares de algunos se impongan sobre el interés general de la ciudad. En los últimos años hemos visto actitudes y formas políticas que han impuesto medidas o actuaciones sin el diálogo y consensos mínimos imprescindibles. Un ejemplo de ello es la pacificación del eje verde de la calle Consell de Cent.
A pesar de ser una buena idea, se ha ejecutado mal. Generó una polarización innecesaria, ha sido tumbada por los tribunales y ha generado un efecto de gentrificación verde como muestran los datos de alquileres de viviendas y locales. Pero lo más dañino ha sido la erosión de la confianza entre las instituciones y los diferentes actores políticos, económicos y sociales de la ciudad que generan dinámicas que alimentan los valores del individualismo como muestra la encuesta de valores.
Sin confianza, sin relaciones interpersonales y sin una síntesis inteligente entre los progresistas en la ciudad será muy difícil la innovación política y social.
Igualmente, sin proyectar confianza se limita la inversión y el emprendimiento, así como el diseño de políticas públicas eficientes. La idea de progreso tiene que basarse en la legitimidad y en la confianza. Las sociedades más competitivas e inclusivas son aquellas capaces de generar confianza entre ciudadanos, instituciones, empresas y organizaciones sociales porque acelera la cooperación y multiplica la capacidad de resolver problemas complejos desde el consenso.
Barcelona sigue teniendo unos activos extraordinarios, entre ellos, el enorme capital social por lo que tenemos que volver a conectar y movilizar todo ese enorme capital social para construir el futuro. El progreso no consiste en imponer una visión, sino en construir un proyecto compartido donde nadie sienta que queda atrás siendo capaces de conciliar, gestionar y minimizar las contradicciones, que las tenemos y las seguiremos teniendo.
Las ciudades evolucionan al tiempo que lo hacen los tiempos y las necesidades, pero lo relevante es hacerlo sin renunciar a nuestros valores, a nuestra identidad y a un modelo de ciudad abierto, competitivo, inclusivo y democrático. Barcelona sigue siendo una ciudad progresista, pero hay que resignificar, dar contenido y recuperar la reputación de la idea de progreso.
