Se acerca la Fiesta Mayor de Gràcia (del 15 al 21 de este mes) y se prevé el mismo sindiós de años anteriores, del que fui testigo cuando la Transición, época que propiciaba el desmadre alternativo en detrimento de las celebraciones pueblerinas de toda la vida.
Gracia sigue estando, en general, muy orgullosa de sus fiestas, pero también es verdad que no escasean los vecinos que huyen del barrio durante la Festa Major, pues el bochinche que se arma es demasiado para su paciencia y sus ganas de vivir en santa paz.
Hace años que conviven dos públicos en la fiesta mayor de Gràcia: (parte de) los locales, que siguen empeñados en una celebración popular de barrio (declarada de interés nacional en 1997), con sus calles engalanadas con más buena intención que presupuesto y su xerinola inofensiva y controlada, y los que se dejan caer por el jolgorio anual para emborracharse, fumar canutos y, si se puede, romper algo (cada año, las calles engalanadas sufren algún atentado, cosa que solivianta con razón a los vecinos de toda la vida).
A mis veintitantos años, empecé a asistir a esa pugna soterrada entre las dos diferentes versiones de la fiesta mayor de Gràcia.
Confieso que yo también iba a beber y a hacer el ganso, pero nunca rompí nada (por lo menos, de manera consciente). Pero no tardé mucho en detectar la molesta presencia de individuos asociales que, bajo la apariencia de okupas, antisistema y demás excusas, mostraban un notable apetito por la destrucción.
Para mí, la fiesta mayor de Gràcia se convirtió rápidamente en una pugna entre dos maneras muy distintas de ver la fiesta: la normal, ingenua y casi rural, como era hace más de doscientos años, y la supuestamente alternativa, entre punk y ácrata- nacionalista (si tal cosa es posible), cuyos organizadores y asistentes (hubo un grupo que promovía una fiesta alternativa, no sé si sigue en activo) se las tenían con los vecinos a los que les habían destrozado la decoración de las calles.
No sé cómo transcurre actualmente la Fiesta Mayor de Gràcia, pues no he vuelto a ella desde inicios de los años 80. La fiesta de toda la vida de Dios me parecía carrinclona y anacrónica; la alternativa, una mierda pinchada en un palo. Nada que ver, intuyo, con lo que fue en sus orígenes, cuando Gràcia era un entorno rural con 3000 habitantes (en 1828, la cifra subió a más de 62.000 en 1875).
Las decoraciones empezaron en 1850, aunque reducidas al edificio que albergaba el ayuntamiento. En los años 20 del pasado siglo se extendieron a toda la zona, con el apoyo de entidades como el Centro Graciense, la Amistad Graciense o la Bella Hortensia.
En 1935 se creó el Comité de Ferias y Fiestas, que dio un notable empujón a todo el jolgorio popular iniciado el día de la Mare de Déu dagost. Y en Gracia se bailaban el Contrapaso, el Baile de Dios, el Levante de Mesa y el Baile de Serrallonga.
¿Podían convivir esas deliciosas antiguallas con el furor cervecero de una ciudad turística como Barcelona?: juraría que no, aunque se intentó durante mucho tiempo y, probablemente, se sigue intentando ahora, aunque cada año acabemos lamentando el destrozo de los Carrers guarnits a manos de beodos y costrosos okupas.
Me temo que la Fiesta Mayor de Gràcia, por más buena intención que le pongan los vecinos empeñados en salvaguardar la tradición, ha alcanzado la categoría de anacronismo. Como lo eran las Teresinas, aquellas señoras de Gràcia que se inventó La Cubana para TV3 y que trabajaban todo el año para que su fiesta mayor fuese la mejor de Barcelona.
Y convertirse en un anacronismo es lo peor que le puede pasar a cualquier cosa.
