El pasado día 8 de julio, las temperaturas alcanzaron en Barcelona los 40 grados, situación que desaconseja el trabajo físico en el exterior para evitar parraques y patatuses entre la clase obrera. En su mejor tradición del si cuela, cuela, Glovo, la gran empresa de reparto a domicilio, mantuvo currando a todos sus trabajadores.

No la diñó nadie, pero le acaba de caer un conato de sanción por parte del departamento de Trabajo de la Generalitat que no sabemos si se convertirá en una multa real, pero vuelve a situar a la empresa de Oscar Pierre (Barcelona, 1992) bajo una luz muy poco favorecedora en lo que respecta a las condiciones de sus trabajadores.

Llueve sobre mojado. En 2022, año en que la compañía fue adquirida por la multinacional alemana Delivery Hero (El héroe del reparto: ¡bonito nombre!), a Glovo le cayó en Barcelona una multa de más de 78 millones de euros por un asunto de falsos autónomos que deberían haber sido puestos en nómina.

Al año siguiente, en Madrid, el palo, algo más discreto, fue de 57 millones, también por el tema de los falsos autónomos, agravado por la contratación de más de 800 inmigrantes sin permiso de trabajo. Es decir, que Glovo mantiene una relación ligeramente oblicua con la realidad. Oblicua, pero me temo que muy lucrativa: con lo que te ahorras de afiliaciones a la seguridad social y contratando a trabajadores irregulares que no se van a quejar de lo que les pagues, tienes más posibilidades de forrarte que si te atienes fielmente a la ley.

Y puede que hasta te salga a cuenta. Si no te pillan, todo eso que te llevas. Y si te pillan, pagas la multa y sigues en tus trece.

La situación de los mal llamados riders (jinetes, viajeros, aunque no tengan nada que ver con los del arca perdida de Indiana Jones), que suena mejor que pringaos, es la cara más o menos oculta de esa Barcelona cosmopolita y multi-culti que se hace traer la comida a casa por un muerto de hambre que no ha encontrado un mejor trabajo al que agarrarse.

No sé si se han cruzado alguna vez con uno de ellos. Yo sí, y les aseguro que dan qué pensar, sobre todo los que van en bicicleta porque no les llega ni para un ciclomotor y que suelen ser sudamericanos, indios, pakistaníes o árabes: todos parecen derrengados a más no poder. Y de ahí sale otra queja repetida en los empleados de Glovo: el ritmo brutal que les impone la empresa y que muchos de ellos consideran excesivo e inhumano.

No sé cómo acabará lo de Treball, pero juraría que esta situación casi esclavista que rige en Glovo mientras el señor Pierre y el Héroe del Reparto se lucran no se va a resolver con multas, pues ya acumulan unas cuantas (más una mala fama de escanyapobres que los acerca a personajes de Dickens) y no parece que les afecten demasiado. Si CCOO y la UGT sirviesen para algo, lo que no es el caso, promoverían una inspección a fondo de Glovo para ver qué está pasando realmente allí.

La actual investigación la ha puesto en marcha un sindicato menor y aún no sabemos si tirará adelante, pero es evidente que algo huele a podrido en Glovo, y no tan solo en su sede de Dinamarca.

Háganme un favor: cuando vayan por la calle, fíjense en la cara de esclavo de los riders. O mírensela cuando le traigan la comida a domicilio. Esa cara dice claramente que ahí hay algo que no funciona y que debería preocupar a la autoridad competente. Y hasta a la incompetente.