Se cumplen 50 años de Yo, Barcelona, (Ed. Marte) libro olvidado de un escritor olvidado como fue Tomás Salvador (1921-1984). Le pasó lo que aún pasa. “Para los rojos soy un fascista y para los azules un rojo”, se autodefinió.
“Un hombre de pueblo, un hombre honesto que por encima de todo he mantenido mi independencia de escritor", se retrató. Así fue, según sus colegas de derechas e izquierdas que le conocieron.
Las causas fueron que estuvo en la División Azul que combatió contra los rusos. Y que fue policía de la Brigada Político Social en Barcelona. Algo imperdonable aquel 1976, cuando salieron presuntos antifranquistas e impostores de debajo de las piedras.
Por entonces, nada importó que hubiese ganado premios como el Ciudad de Barcelona por su novela Esta noche estaré solo (1953). El Premio Nacional de Literatura por Cuerda de presos (1954), que fue llevada al cine, y el Premio Planeta por El atentado (1960).
No le absolvieron sus más de cuarenta obras, ni que crease el personaje humorístico El gorrón Manolo. Ni le valió que historiadores como JL Alborg, G. de Nora y Torrente Ballester le incluyesen entre los mejores autores de la literatura española contemporánea.
Coetáneo de la Generación de los 50, no se reconoció su mérito como autodidacta que fundó una editorial. Ni el aval de un rojo como Paco Candel (1925-2003): “No era un hombre del régimen. Al contrario, era más bien liberal e intentó abrir vías de convivencia”.
“En algunas ocasiones intercedió por otros escritores amenazados por la policía, o incluso por mí mismo, asegurando que no se trataba de comunistas, sino de católicos progresistas", añadió Candel.
También Antonio Rabinad (1926-2009), otro autor barcelonés olvidado de su misma generación, hizo constar que: “Casi todos los intelectuales le debían un favor u otro”. Como fue el caso de Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003).
Comunista ni sectario ni conventual, en 1974 Vázquez Montalbán publicó Tatuaje, segundo libro del detective Pepe Carvalho. Fue gracias a que Tomás Salvador se lo recomendó al editor de Plaza & Janés, que lo editó en la colección Reno. En 1976 fue llevado al cine.
En la lista de olvidos sobre Tomás Salvador descansa en paz Yo, Barcelona, con fotografías de Clemente Merino. La paradoja es que fue publicado en la serie Los Libros del Recuerdo. Desde las Ramblas hasta el mar, ronda del Casco Antiguo al Modernismo.
En poco más de cien páginas breves y agradables, explora la ciudad y captura su luz, su esencia, su evolución y su personalidad. También retiene el carácter de la gran encisera (hechicera), como la bautizó el poeta Joan Maragall (1860-1912).
Son los “recuerdos que quisiéramos aprisionar cuando paseamos por sus calles”, escribe Tomás Salvador. Y sostiene que en el llamado Cap y Casal de Catalunya “no es preciso que la ciudad hable nuestro propio idioma”. Otro grave pecado indisculpable desde entonces.
Tomás Salvador hace recordar que “toda ciudad tiene su personalidad, su estilo, su propio acento y su propio verso”. Camina por plazas y callejones, y escucha sus latidos y su aliento vital.
Es cuando: “Salta la voz de la ciudad: "Yo, Barcelona, estoy, soy, escuchadme”. Pero oídos sordos desde aquel 1976.
