La recuperación que se está haciendo de la plaza de Les Glòries es una gran noticia. Un cambio cualitativo en el urbanismo de la ciudad, que está pasando desapercibido por la disputa sobre la peatonalización de Consell de Cent.
Les Glòries es hoy un gran espacio verde y disponible que enlaza diversos barrios de Barcelona y, sobre todo, una gran plaza en la que los hombres, las mujeres y los niños pueden estar, moverse, correr, jugar, solos o en compañía.
Esa era la antigua función de las plazas de una ciudad. Incluso cuando se llamaban ágora o foro: pertenecer a la ciudadanía, ofrecerles un lugar para disfrutar, charlar o leer, tomando el sol o cobijados del calor a la sombra.
A diferencia de la calle que, como es bien sabido, era de Manuel Fraga, las plazas son de todos. Por eso hoy sus seguidores (PP y VOX) se adueñan de las calles pero no pueden con las plazas, lugares de diálogo y democracia.
Cuando la derechona intenta llenar una plaza, por ejemplo esta semana la de Sant Jaume, no ocupa ni la mitad. Allí estaban los que decían defender Ceuta, los que decían oponerse al fascismo y montones de furgonetas policiales. Y Sant Jaume no se llenó. Aún quedaba espacio para intercambiar ideas, si alguien hubiera querido hacerlo.
Y eso que los barceloneses no tienen tradición de disfrutar de las plazas porque los muchos gobiernos municipales del último siglo y pico se las han hurtado, con la excusa de que el Eixample ya tenía los interiores de manzana. Que ya se ha visto cómo han evolucionado.
Barcelona sí dispone de plazas, pero están muy poco aprovechadas. Muchas de ellas tienen como única función contribuir a ordenar (a veces a desordenar) el tráfico rodado. Sobre todo si hay obras.
Ejemplos de ello: la de Cerdà, la de Francesc Macià, la de Tetuán, la de Lesseps, la de Verdaguer, la de Reina María Cristina.
Algunas no tienen ni acceso pensado para los peatones. En Prat de la Riba se ha adecentado con plantas el espacio central, incluso se percibe allí un caminillo supuestamente para las personas. Lo que no hay es modo de que éstas lleguen a él. ¡Ni falta que les hace!, deben de pensar los responsables del diseño.
La plaza de la Universitat sí tiene zona peatonal, pero es de esas plazas duras apenas aptas para los usuarios del monopatín, como ha ocurrido durante algunas décadas con la plaza Països Catalans. Y aún, porque la de Joan Peiró no sirve ni para eso: lleva años y años siendo utilizada como depósito de casetas de a saber qué obras.
La más famosa, la plaza de Catalunya, es el engarce de la ciudad antigua con la ampliada de la mano de Cerdà. Nunca ha tenido una fisonomía propia. Ni siquiera sus edificios resultan emblemáticos. Domina la pasmosa y gris fachada de El Corte Inglés. En uno de sus laterales, el que da a la calle de Fontanella, se permitió Oriol Bohigas una broma, adosando un viejo ventanal gótico que no da a ninguna parte. Lo demás no es que incite al llanto, es que ni siquiera incita al llanto. Sólo provoca indiferencia.
No menos adocenado es el tramo que va de Portal de l’Àngel a la Rambla. Entre el Banco de España y el que fuera Banco Central hay un grupito de edificios que casi ningún turista recordará cuando haya vuelto a casa.
Del Hotel Colón, que ocupó lo que hoy es un bloque sin memoria junto al paseo de Gràcia, apenas queda lo que recogen crónicas de tiempos pasados.
Más historia tiene la plaza de Urquinaona. Historia relativamente reciente. En los años cincuenta y sesenta se reunían allí centenares de parados a la espera de que llegara un empresario y los contratara por horas o, si había suerte, por días. Peonaje sin calificar con sueldos míseros, disponible para lo que fuera porque les iba la supervivencia.
Salvo Glòries, en el resto de plazas el peatón no pinta apenas nada. De ahí la importancia de una operación urbanística que, aunque ha sido muy larga en el tiempo, permite un nuevo horizonte.
Les Glòries, en el cruce de las tres grandes avenidas barcelonesas (Gran Via, Diagonal y Meridiana) augura un futuro mejor. Un espacio en el que las plazas no estén sólo regulando la circulación de los coches sino tal vez, sólo tal vez, recuperen su razón de ser como punto de relación y democracia.
Tierra sin asfalto, a la medida del hombre.
