En la montaña de Montjuïc existe desde hace tiempo un mundo paralelo y que cada vez se parece más a otro que hace decenios vivía en su ladera sureste, conocida como la Tierra Negra: la máxima degradación humana.
Los últimos años se han visto nacer asentamientos de personas sin hogar en torno a los que crecen la suciedad y el incivismo. Los vecinos de los barrios cercanos han llamado la atención sobre la degeneración que vive la zona, incluidos frecuentes episodios de inseguridad.
Los servicios de limpieza municipales no dan abasto para mantener una higiene mínima en torno a los campamentos, lo que contribuye a normalizar que algunos rincones se utilicen como estercoleros por los visitantes más incívicos.
La miseria llama a la miseria, lo que convierte algunas calles y jardines de la montaña en escenarios de comercio sexual y de estupefacientes. Como los viejos asentamientos del desarrollismo en el mismo Montjuïc, que atraían a camorristas y peristas.
Aquellas chabolas se nutrían de gentes procedentes del resto de España que llegaban a Barcelona en busca de oportunidades. Ahora, la mayor parte de los sintecho que se refugian en sus faldas vienen de fuera del país.
Sinhogarismo en Montjuïc
La diferencia real no está en el color o la nacionalidad de quienes habitan esas infraviviendas, sino en que ahora la esperanza de abandonar la cuneta en la que han caído no existe, mientras que en aquellas décadas del tardofranquismo había un horizonte; la gente creía en un futuro mejor, y lo había.
La economía de subsistencia de este nuevo chabolismo gira en torno a la prostitución. Un pozo sin fondo que también se ha convertido en atracción para un turismo internacional conocedor de los chemsex y cruising de Barcelona.
Y, además, sucede en una parte de la ciudad en la que el consistorio había puesto todas las esperanzas de incorporarla y hacer de ella una nueva centralidad con servicios de todo tipo. Jaume Collboni presentó el año pasado un programa que tenía como objetivo recuperar Montjuïc en un plazo de 10 años.
Imagen de un grupo de sintechos en el Palau d'Esports de Montjuïc
De hecho, el consistorio ya ha puesto en marcha una inversión de 20 millones para adecentar y dar nuevos usos al viejo Palau d’Esports de la calle Lleida, una zona muy próxima a la calle Forestier, uno de los focos donde los vecinos han denunciado degradación y suciedad.
La situación supone un gran reto para el Ayuntamiento porque no solo cuestiona sus planes de incorporación real de Montjuïc, sino que amenaza con enquistarse. Se trata de una pobreza más profunda que la que acompaña a la inmigración subsahariana, tiene una gran carga social de marginalidad.
En julio pasado se hizo el último desalojo del grupo que había acampado en la calle Josep Carner. La Administración sabe que ese tipo de intervenciones suponen únicamente desplazar a los sintecho de una ubicación a otra de la misma zona sin garantías de que el colectivo de 400 chabolistas que tiene censados no siga creciendo.
