Todo parece indicar que la tregua que nos había concedido Ada Colau está a punto de llegar a su fin.
Desde que dijo lo de que igual volvía a la política si ella veía que se la necesitaba (aunque no lo viera nadie más), se apoderó de muchos (yo incluido) un tembleque muy desagradable.
Ada vuelve y ya no le basta con la alcaldía de Barcelona, cuya consecución ha delegado en su fiel Pisarello, aunque de toda la impresión de que este se va a comer los mocos en su intento de desalojar a Collboni del sillón municipal (sus esfuerzos por mostrarse resolutivo, pero cercano y simpático, no parecen estar calando hondo en el electorado, en parte porque al peronista lo que le sale bien es echar broncas, insultar, manipular la información en su beneficio y lucir permanentemente una mueca contrariada).
Ada ha detectado que hay un sitio libre para alguien que pretenda encabezar en España todas las izquierdas que es fan i es desfan. Sobre todo, desde la dimisión de su amiga Yolanda Díaz para el cargo y la evidencia de que nadie está dispuesto a seguir (o ejercer de comparsa de) a Gabriel Rufián en su proyecto de liderar todo lo que esté a la izquierda del PSOE (más los inevitables separatistas que nunca faltan, aunque eso ya se lo dejaron claro que no a Rufi desde su propio partido, ERC).
El chaval de Santaco no ha tenido suerte con su candidatura. En ERC cada día se fían menos de él (pese al apoyo del beato Junqueras y del gran Tardà) y la izquierda española, tres cuartos de lo mismo.
Puede que la extrema izquierda nacional se encuentre en estado comatoso, pero de ahí a basar su resurrección en el liderazgo de nuestro Rufi hay un largo trecho que nadie está dispuesto a recorrer.
Y, claro está, ante el vacío de poder (¿qué poder?), Ada ha visto que ahora puede llegar su gran momento. Que se estrelle el peronista tucumano contra las urnas barcelonesas, que ella se va a buscar la vida en las Españas.
Debimos olérnoslo cuando dijo que ella no imaginaba su vida más allá de Barcelona. También dijo antes que no estaba interesada en la política oficial y que cuando acabase su fase al frente de la plataforma de los afectados por la hipoteca, y tampoco lo cumplió. De hecho, esta mujer no ha cumplido nunca nada de lo dicho. ¿Será más afortunada que Rufi a la hora de encabezar alguna lista transversal izquierdista?
Hombre, la verdad es que en la izquierda española hay ganas de pillar cacho. El problema de Rufián era su militancia en un partido separatista, aunque resulte evidente que el nacionalismo solo le ha servido para medrar en Madrid.
Ada, por su parte, ni es nacionalista ni deja de serlo, su relación con la Constitución es, digamos, oblicua, y su feminismo a lo Judith Butler (a la que cada día se parece más físicamente) es un poco ridículo (esa obsesión por definirse como bisexual).
Lo suyo, básicamente, es la demagogia: en eso le da vuelta y media al pobre Rufi, que, en el fondo, solo es un chaval de barrio que aún no se acaba de creer que haya llegado a diputado en la capital del reino.
Habrá que ver si los españoles le compran la candidatura a líder absoluta del progresismo nacional. Puede acabar como Rufián o salirse con la suya.
Lo que es indudable es que lo va a intentar, que va a haber navajazos y que va a correr la sangre. Y mientras tanto, ¿qué será del pobre Pisarello, el Zoran Mamdani de Tucumán?
Como decía José Luís Moreno en la segunda entrega de las aventuras de Torrente, “Veo dolor, veo mucho dolor”.
