El debate sobre el encaje de Barcelona y su región metropolitana en el conjunto de Catalunya ha dejado de ser una cuestión puramente económica o urbanística para convertirse en un dilema existencial de primer orden. Así se vive desde el llamado ‘territorio’, aunque no tanto, por ahora, desde la metrópoli.

El artículo Barcelona se’n va, de Marc Arza y Roger Puigví en el Punt Avui es ilustrativo e invita a pensar en ello para que no se abra un abismo.

Los dos articulistas ponen sobre la mesa una realidad incómoda: el histórico círculo virtuoso de estímulo mutuo entre la capital y el país corre el riesgo de romperse definitivamente, dividiendo Catalunya en dos realidades casi estancas: cinco millones de personas a un lado y tres millones al otro.

Sin embargo, bajo este diagnóstico late una tesis más profunda y urgente. Para sobrevivir a los retos globales del siglo XXI, Barcelona tal vez deba "irse" metafóricamente de las ataduras de un territorio circundante que no solo se aleja en términos económicos y demográficos, sino que experimenta un profundo giro sociopolítico hacia el conservadurismo identitario, encarnado de manera creciente por formaciones como Aliança Catalana.

¿Es exagerado? ¿Es producto de una falta de oportunidades de ese ‘territorio’, que abomina de Barcelona, como un lugar infernal que se ha distanciado por completo de la ‘catalanidad’?

En las comarcas catalanas, en la llamada Catalunya catalana, en la Catalunya vieja, por decirlo claramente, los servicios públicos que presta la Generalitat, por ejemplo, son más visibles. Si la escuela está muy tensionada, si en los barrios periféricos de la Gran Barcelona, hay un clima casi de peligrosidad en las aulas, en las comarcas interiores las escuelas gozan de ratios de alumnos por clase mucho menores, con buenas instalaciones y un entorno mucho más sano para niños, niñas y familias. Eso es una evidencia.

El divorcio, en todo caso, es latente. Hay un choque de modelos que se dibuja en el horizonte. Barcelona se orienta de manera incuestionable hacia los flujos globales de capital, el turismo, la atracción de expats y la economía del conocimiento.

En este contexto de hiperglobalización, la capital corre el riesgo de desentenderse de su entorno inmediato, mutando hacia una "Brussel·les" local --una gran urbe globalizada que ya no se reconoce como capital del país que la abraza—a juicio de Arza y Puigví.

Pero el problema no reside únicamente en la pulsión cosmopolita de la gran ciudad, sino en el profundo contraste ideológico y cultural que se consolida en las comarcas del interior y de la segunda corona metropolitana.

Mientras Barcelona experimenta una alta diversificación demográfica y una centralidad económica desbordante, el territorio comarcal sufre los estragos del envejecimiento, la despoblación relativa o el malestar de las periferias residenciales.

Y es precisamente en este caldo de cultivo donde arraiga con fuerza un discurso identitario conservador, soberanista de tinte excluyente y profundamente receloso de la metrópoli cosmopolita, representado políticamente por el auge de Aliança Catalana, que ‘vende’, además, su odio al inmigrante, al inmigrante islámico, en concreto.

Este abismo político y cultural entre la Barcelona metropolitana y el resto del país paraliza la gobernanza.

Catalunya corre el peligro de quedar atrapada en una parálisis sistémica. Un territorio comarcal cada vez más inclinado hacia la retaguardia conservadora y proteccionista que frena cualquier gran transformación, frente a una metrópoli que necesita soluciones urgentes a escala global.

Como advierten Arza y Puigví, hemos perfeccionado el arte de decir "no" a cualquier infraestructura, plan urbanístico, transición energética o política de vivienda, perdiendo la capacidad colectiva de construir un "sí".

No obstante, continuar bajo la inercia actual implica asumir unos costes de no-transformación letales: una crisis de vivienda insostenible, congestión crónica, colapso de recursos y una desigualdad galopante donde el tiempo de desplazamiento se convierte en una condena de precariedad vital.

Debe haber colaboración, claro, pero la región metropolitana de Barcelona debe saber asumir sus retos. Y el futuro debe pasar por dotar a la región metropolitana de una autonomía de gestión radical y profunda.

Si Barcelona tiene que "irse" de las limitaciones impuestas por una estructura territorial ineficiente y políticamente polarizada, debe hacerlo para asumir el control directo de sus palancas de competitividad y cohesión.

Una mayor autonomía metropolitana no debe entenderse como un ejercicio de aislamiento o soberbia urbana, sino como un acto de responsabilidad pragmática.

Puede permitir superar la fragmentación municipal y la refriega partidista para gestionar de manera integrada el transporte, el agua, la energía y el mercado inmobiliario bajo el prisma del ‘país de los 60 minutos’, como abogan Arza y Puigví.

Un sistema donde la ciudadanía pueda acceder a los servicios cotidianos, a la región y a las oportunidades globales sin perder calidad de vida.

Es decir, la colaboración con el territorio, la colaboración para que Catalunya como un gran territorio pueda tener un magnífico futuro, pasa por una Barcelona fuerte, que se respete a sí misma y sea respetada. Porque muchos de los lamentos que se escuchan en esa Catalunya catalana resultan ridículos cuando resuenan en muchos barrios metropolitanos, desde Mataró hasta los barrios densos de L’Hospitalet.