A raíz de las últimas declaraciones de Ada Colau, he recordado una historia familiar que me contó un viejo amigo de la universidad acerca de la tieta que vivía en casa y que solía sacar de quicio a su padre porque, cada vez que a él le dolía algo, la tieta aseguraba que eso no era nada en comparación con los dolores que ella sufría (más o menos) en silencio.

Un buen día, a la hora de comer, al cabeza de familia se le acabó la paciencia después de que la tieta le respondiera a un hermano al que le dolía no sé qué que a ella sí que le dolía lo que fuese. Clavando su mirada asesina en la tieta, el hombre clamó: “Pues a mí me duele un cojón. ¿A usted también, señora?”. Conclusión: hilaridad generalizada en la familia, con la excepción de la tieta, que se echó a llorar amargamente ante la insensibilidad de su cuñado. Ada Colau juega en la misma liga que la tieta de mi amigo. Si alguien sufre una injusticia, ella sufre más por el simple hecho de ser mujer, pobre y bisexual.

Si violan a alguien, a ella estuvieron a punto de deshonrarla en su adolescencia y juventud. Y ahora, si desahucian a alguien, como a la pobre Mari Carmen, la madrileña que vivía al lado del parque del Retiro por un alquiler mensual que ni en Villanueva del Pardillo, resulta que ella ha tenido que abandonar el piso en el que había vivido los últimos quince años porque, con un solo sueldo (intuyo que debe haberse separado del marido, ¿alguna pasión sáfica o heteronormativa, aunque a todas luces insolvente, en el horizonte?) no llegaba a fin de mes y se ha tenido que ir a vivir con un familiar.

El modus operandi de Ada Colau es idéntico al de la difunta tieta de mi amigo Oriol. Da igual el nivel de las penalidades que estés sufriendo, que Ada te gana siempre por goleada. Y no se cansa de practicarlo, aunque con cada nueva declaración, su discurso resulta menos verosímil. De ahí que su última confesión pública haya derivado en una chufla generalizada de la que solo ella es culpable. Tras abandonar la primera línea de la política barcelonesa, Ada podría haberse puesto a trabajar, pero parece que esa posibilidad ni siquiera se ha contemplado. Lo que ha hecho la ex alcaldesa es esperar el momento oportuno para volver a la carga con lo suyo, que es vivir del erario público (ya dijo Galdós que vivir fuera del presupuesto es vivir en el error).

Aprovechando que al pobre Rufián le ha salido mal su jugada de convertirse en el líder de la izquierda a la izquierda del PSOE, ahora opta al cargo de número 2 (tras la indispensable Irene Montero) de una posible nueva aventura política que muy mal tiene que salir para que ella no consiga hacerse con un escaño en el parlamento.

Como de costumbre, su aparente retirada de la vida política era falsa.Como lo fue lo de abandonarla tras su paso por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca o la promesa de limitar sus mandatos municipales a dos (casi hubo que sacarla del ayuntamiento con una grúa, como los americanos a Nicolás Maduro). Cuando vio que se caldeaban los ánimos por el tema de la vivienda, nuestra heroína vio una manera de volver al ruedo y entró en campaña.

Se dejó ver brevemente en un desahucio barcelonés, y no precisamente en el de la mujer que se acabó suicidando tras perder su domicilio. Y cuando vio la que liaba con la pobre Mari Carmen, se dijo: “¡Esta es la mía!”, y ya la tenemos

contándonos sus desgracias en el mundo del alquiler para que veamos que es como nosotros, una pobre pringada que no llega a fin de mes.

Su campaña acaba de empezar. Pronto la veremos gimoteando por todos los platós de televisión a los que la inviten, mientras intenta convencer a la marquesa de Galapagar para formar un ticket invencible.

Yo creo que se saldrá con la suya. Más que nada porque sus pretensiones son modestas: solo se trata de acceder a un puesto de trabajo. Y nuestra izquierda radical, además de no saber donde le da el aire (véase la alegre acampada madrileña en la Puerta del Sol), es muy generosa con aquellos a quienes considera de lo suyos, aunque no hayan movido un dedo por ellos cuando tenían responsabilidades de gobierno, más allá de convertir la calle Consell de Cent en un enclave para ricachones y contribuir al caos circulatorio con sus admirables gentrificaciones.