La decisión del Ayuntamiento de Barcelona de pintar de rojo el carril-bus en un tramo de la calle de Balmes es un intento más de conseguir que los vehículos privados respeten el espacio reservado al transporte público.
Se comprende: la indisciplina viaria es el principal problema del tráfico en la ciudad, con repercusión directa en la velocidad media de los autobuses. Hace 10 años era de 12,2 kilómetros por hora. Hoy ha caído hasta 11,7 km/h. Y en el tramo de Balmes que va de Diagonal a Gran Via apenas llega a ocho.
El resultado es un transporte público mejorable y caro. Un coste que se agrava si se tiene en cuenta que las bajas por enfermedad de los empleados de TMB alcanzan el 20%. En el conjunto de España las ausencias laborales suponen el 7,5%. Casi un tercio de lo que ocurre en TMB, donde no se da la circunstancia denunciada por los sindicatos de que no se paguen las horas extras trabajadas.
Tanta baja igual se debe a que la empresa discrimina en la contratación y da preferencia a quienes presentan tendencia a enfermedades múltiples y frecuentes.
Visto que uno de cada cinco conductores lo pasa fatal, valdría la pena destinar un equipo médico a investigar las causas. Igual descubre la existencia de un síndrome específico y, con los adelantos de la medicina, resulta subsanable. Sería un gran bien porque estar enfermo no es plato de buen gusto para nadie, aunque te den mil bajas.
Es posible, sólo posible, que las dolencias estén detrás del mal humor de algunos conductores (los menos, pero existentes) que conducen con acelerones y frenazos constantes y que, una vez cerradas las puertas no abren ni a tiros a quien llegue tres segundos después.
A veces la parada coincide con un semáforo que además está rojo, pero astutamente el conductor cierra las puertas y mueve medio metro el vehículo para justificar que no abre. O para fastidiar al usuario.
Como comentaba hace años un dirigente de TMB, si no fuera por los usuarios, el servicio iría a pedir de boca. ¡Los usuarios! ¡Vaya lata! Se diría que TMB tiene problemas. Pero es una forma de hablar un tanto simplista. Los que de verdad tienen problemas son los barceloneses.
Que el consistorio busque soluciones parece de cajón. Otro asunto es que las cosas se solucionen con una mano de pintura.
El experimento de Balmes parte de una constatación: el ayuntamiento no se ve capaz de hacer que los vehículos privados respeten el carril-bus.
La suma de los trayectos de los autobuses urbanos es de 820 kilómetros. De ellos, más de una cuarta parte (221 Km.) son exclusivos para bus y taxi. Sin embargo, la velocidad media no aumenta. Al contrario.
El problema no son sólo los giros a la derecha que efectúan los vehículos privados, cortando el paso al autobús. Cualquiera que circule por Barcelona, en cualquier parte de la ciudad, puede comprobar que el carril-bus está permanentemente ocupado por coches, motos y bicicletas que lo utilizan para circular y, también, para carga y descarga.
El empleo de coches con cámaras para denunciar las infracciones tampoco ha mejorado la situación.
En Londres hay zonas donde la cámara la lleva el autobús, de modo que se registra (y sanciona) cualquier infracción que se produzca. Un intento similar en Barcelona topó con los sindicatos (tan conscientes de la función de servicio público de la empresa) que rápidamente se dieron cuenta de que eso significa mayor actividad y que debía ser compensada con un plus. ¡El trabajo que da apretar un botón! ¡Cómo no va a haber bajas por estrés!
Hace tiempo, en algunas calles, se prohibieron algunos giros. En el Eixample, especialmente, sería posible prohibir girar a la derecha, con lo que desaparecería el conflicto de paso entre transporte público y transporte privado. Para un coche, dar la vuelta a la manzana añade muy poco tiempo a su trayecto. Pero este tipo de experimentos parecen hoy fuera del horizonte de las posibilidades.
Don Quijote sabía lo que significaba topar con la Iglesia. Hoy, los ayuntamientos saben lo que significa topar con el coche.
Incluso una medida tan inocua como pintar de rojo un trozo de calle ha provocado ya las protestas de algunos sectores. Dicho sea de paso, los llorones de siempre: comerciantes y representantes de actividades vinculadas al coche.
La prueba acaba de empezar y ya saben que será un fracaso y que hundirá montones de negocios del entorno. El agujero que la baja velocidad provoca en las arcas municipales, en cambio, no parece preocuparles en lo más mínimo, a condición de que no se les aumenten los impuestos para taparlo.
