Durante mis veraneos infantiles en el Maresme, la llegada de las lluvias de otoño era considerada por los locales como una fatalidad imposible de evitar: llovía a cántaros y la principal riera de la localidad --que era donde habitaba mi familia en verano-- se llenaba de un agua fuerte y violenta que la gente solía aprovechar, de manera fatalista, arrojando a la corriente muebles viejos y demás cosas de las que había que deshacerse y que acababan cerca de la playa, junto a los coches mal aparcados de turistas y visitantes que no estaban al corriente de la fiereza de las aguas locales.

Cada año pasaba lo mismo. Las autoridades estaban, pues, convenientemente avisadas. Pero daba la impresión de que no movían un dedo para evitar, o aligerar, las catástrofes que acababan asolando el pueblo. La prevención, si existía, que lo dudo, brillaba por su ausencia.

Salvando las distancias, tengo la impresión de que en la Barcelona actual sucede algo muy parecido a lo que tenía lugar en el Canet de los años 60. Todos hemos visto los desastres de las últimas lluvias en Cataluña: todo inundado, un par de muertos, un desaparecido, trenes parados, llanto y crujir de dientes. ¿Realmente es imposible prevenir las inevitables desgracias que siempre nos traen las lluvias? Por no hablar de las derivadas del caso, como esos 2.500 vecinos de Barcelona (quinientos de ellos, en Gracia) que están sin luz y no se sabe cuándo se la devolverán.

Ya sé que no es bonito establecer comparaciones, pero hay ciudades en el mundo con más lluvia que nosotros a las que no les pasan desgracias tan grandes como las nuestras, por lo que deduzco que cultivan más esa prevención de la que el ayuntamiento pasaba como de la peste en el Canet de 1968 y me temo que también en la Barcelona de 2026.

Uno ha pasado navidades en Nueva York, con lluvia permanente y nieve hasta las rodillas y nunca ha asistido a catástrofes como las nuestras. Da la impresión de que somos como trogloditas que se pasan la vida mirando al cielo porque no sabemos lo que nos ofrecerá, ya que nuestra excusa favorita para todo consiste en echarle la culpa a la naturaleza, siempre tan imprevisible, ¿verdad?

En recientes épocas de sequía llegamos a hablar de traer a Barcelona agua en barcos para satisfacer las necesidades de la población. En el último momento, la madre naturaleza se apiadó de nosotros y nos envió una lluvia gracias a la cual crecieron los embalses, que estaban prácticamente secos. Superado el susto, no sé qué se hizo al respecto, pero algo me dice que si este verano vuelven a pintar bastos nos encontraremos de nuevo en la misma situación.

El problema, la falta de prevención, es ampliable a Cataluña y a toda España, donde, si existen la prevención y el mantenimiento, no se notan, como cuando el apagón monumental de hace un tiempo, para el que, por cierto, aún no se ha encontrado una explicación, si es que alguien la sigue buscando. Y es así cómo nos hemos ganado a pulso la fama de país chapucero, aunque sea un sambenito del que llevamos décadas intentando desprendernos.

Las lluvias aún no han terminado, así que vamos a ver qué nuevos desastres nos caen. Personalmente, me sigo sintiendo como aquel niño de los 60 que arrojaba a la corriente de la riera principal de Canet de Mar los juguetes de los que ya se había cansado. Y, de hecho, me habría venido muy bien una riera para tirar un montón de cosas cuya compañía no deseaba en una reciente mudanza.

¿Más vale prevenir que curar? Aquí, muchas veces, ni una cosa ni otra.