Lo más parecido a un villano de las películas de James Bond que tenemos en España es Jaume Roures (Barcelona, 1950), nuestro particular genio del mal, siempre trazando planes funestos desde su mansión, como lo hacía el ladino doctor Fumanchú desde su escondrijo londinense del Limehouse Dock.

Gracias a mi amigo Antonio Fernández y su artículo en El Confidencial, me entero de que el cerebro en la sombra del Frente Amplio, ese sindiós a la izquierda de la izquierda de la izquierda, no es sino el príncipe de las tinieblas progresistas en persona, el magnate trotskista Jaume Roures. Parece que el hombre ha superado lo de que unos malditos chinos lo echaran de su propia empresa, Mediapro, y se ha puesto a lo que realmente importa, que es mandar en España.

Todos recordamos cuando, hace ya unos años, convocó en su casa del Ampurdán a Pablo Iglesias y al beato Junqueras para que se hicieran amigos y colaboraran en un hipotético triunfo de la izquierda catalano-española.

La cosa salió mal, pero nuestro hombre no se dio por vencido, como demuestra su actual condición de padrino de todas las izquierdas que es fan i es desfan. Como Bela Lugosi en las películas de Ed Wood, ahí está él, pulling the strings de los políticos radicales de este país, a los que debe considerar los muñecos a los que él da cuerda o las marionetas de cuyos hilos tira también él.

Su trabajo no es envidiable, pues consiste en intentar poner de acuerdo a un montón de seres del inframundo que se detestan mutuamente porque todos son como el Gran Visir Iznogud de los tebeos de Goscinny y Tabary y anhelan ser el califa en el lugar del califa (olvidando que aquí el único califa posible es el señor Roures, que para eso afloja la mosca). Ese trabajo, además, está a medio hacer, pues aún hay que ver si Podemos se apunta al frente popular, perdón, amplio y a quién habrá que cortarle la cabeza para que Irene Montero ejerza de jefa, que es lo que le gusta a la muchacha. Hasta a la CUP ha intentado enredar Roures en su nueva aventura política, pero sin éxito.

Se trata, si no me equivoco, de que Montero, Rufián y Colau pillen todo el cacho posible, aunque sea a costa de ir haciendo bajar en la lista a Mónica García, que empezó encabezando la propuesta en Madrid desde el número uno, cayó al dos y puede acabar en el tres si Montero se sale con la suya. Luego están las alianzas, diseñadas por la mente prodigiosa de nuestro doctor Fumanchú: pacto entre ERC y Podemos para optimizar el resultado de las urnas, posible acercamiento de Podemos a los Comunes para no dejar a la intemperie a Ada Colau… El calendario aprieta, hay que ir acabando de elaborar las listas electorales y hay que evitar que las urnas pillen a nuestra extrema izquierda como la suelen pillar: desunida, a la greña y sumida en el caos (y, recordando el chiste de Chumy Chúmez, el caos también es Jaume Roures).

Con la pasta que ha ganado y la que les ha sacado a los chinos para deshacerse de él, cualquier otro, a su edad, se dedicaría a gastar sin tasa, comprarse una trophy wife y una isla en el Caribe y olvidarse de la política catalana y española, que no tienen arreglo. Pero él sigue a lo suyo, con sus manías de influir en la sociedad. Es el activista eterno.

Ya hace años tuvo el cuajo de decirle a un periodista que él no trabajaba, sino que militaba. Igual ahora que cuando ejercía de trotsko y se le conocía como Melan (¿diminutivo de melancólico?). Me cuentan que fue un revolucionario ejemplar que jamás dio nombres a la policía, aunque lo estuvieran hostiando en serio. Como empresario ya no fue tan digno, y en Mediapro hubo algo más que sospechas de corrupción. Como ideólogo de una nueva España ya me parece francamente peligroso, pues es como si el tío Gilito se metiera en política.

En cualquier caso, ¡qué gran liante alumbró Barcelona a mediados del siglo XX!