Daniel Sirera, presidente del grupo municipal del PP en Barcelona, ha denunciado una “cruzada” del Ayuntamiento para cambiar los nombres de las calles dedicadas a santas y santos.
Según sus estadísticas, en los últimos diez años el Consistorio ha borrado del nomenclátor a tres santas y cuatro santos, en un disparatado ejemplo de no paridad y de laicismo mal practicado.
Eran Santa Àgata, Santa Rosa y Santa Magdalena. Junto a Sant Rafael, Sant Martí, Sant Junípero Serra y Sant Josep de Calassanç. Además de quitar el título de Mossèn al poeta Jacint Verdaguer.
Según Sirera, eran nombres tradicionales de las calles que “forman parte de la memoria colectiva, la cultura y la historia de Barcelona, con independencia de las creencias personales de cada ciudadano”.
No es que el Ayuntamiento con la Iglesia haya dado. (No topado, como dicen quienes tergiversan y manipulan interesadamente hasta El Quijote, que nunca dijo topado). Es que clérigos, monjas y autoridades eclesiales callan.
Tal vez porque la clerecía ya no es como fueron aquellos 130 capellanes que en 1966 se manifestaron ante la comisaría de Via Laietana contra la detención y torturas del estudiante Quim Boix.
Les corrieron a porrazos y un diario les llamó “bonzos incordiantes”. Se han cumplido 60 años de aquel 11 de mayo y prácticamente nadie lo ha recordado.
Recuperando la metáfora, Sirera parece ahora un concejal incordiante que clama en el desierto y se opone al anticlericalismo rampante de la mayoría municipal.
Defiende que “se suspenda cualquier nueva retirada de nombres tradicionales vinculados al patrimonio religioso de Barcelona y que los futuros cambios del nomenclátor se sometan a criterios objetivos de relevancia histórica, arraigo ciudadano y consenso vecinal”.
Es decir, un acto de democracia real con acuerdos que no hieran sensibilidades y respeten el santoral, como se respeta a otras creencias. Y que no se remate en el olvido a santos y santas mártires, que ya malas muertes sufrieron.
De momento, en la Vila de Gràcia Santa Ágata, Santa Magdalena y Santa Rosa se han cambiado por Ágata Badia y Puig-rodon, Magdalena E. Blanca y Rosa Puig-rodon Pla.
Una victoria de “reivindicación feminista” de las regidoras Laia Bonet y Raquel Gil. Argumentaron que “Las mujeres tenemos nombres y apellidos”. Así que prefirieron a tres terratenientes que a tres santas.
Como la arrogancia es madre de la ignorancia y de los fracasos de Pisa, han cambiado plaza de Sant Josep de Calassanç, fundador de las Escuelas Pías, por la plaza de las Tortugues. No se sabe si para ofender o para favorecer a sus escuelas municipales.
En la misma línea de actuación contra el saber, el Ayuntamiento ha eliminado a Sant Juníper Serra, el mallorquín fundador de misiones en América, donde creó escuelas de oficios. Santo de gran devoción en Estados Unidos y Sudamérica.
Quizá para desacreditar y desamparar aún más a los médicos que protestan, han sepultado al arcángel San Rafael, que en hebreo significa “Medicina de Dios”, “Dios Sana” y “Dios ha curado”.
El resultado es que la decadencia intelectual y cultural de Barcelona continúa. Pero santos y santas son inocentes y no tienen culpa alguna de las estupideces cometidas con sus nombres.
