El horizonte cobra forma. Tras la nebulosa, se define el futuro de Barcelona con un cierto detalle. La operación de Esquerra Republicana (ERC), con la candidatura de Gabriel Rufián como cabeza de lista por Barcelona en las elecciones generales, que incluye a varios miembros de Podemos, tras el acuerdo alcanzado con los morados, tiene un claro objetivo: lograr un grupo parlamentario potente. Pero también significa la voluntad de los republicanos de luchar por la alcaldía de Barcelona en las elecciones municipales de mayo de 2027.

A lo largo del mandato, que ya está en la recta final, se ha jugado con la bolsa de votos de los comunes, que, con Ada Colau, obtuvieron nueve concejales en 2023. La prudencia del alcalde socialista, Jaume Collboni, guarda relación con esa voluntad de tener puentes no con la dirección de los comunes sino con sus electores, de forma directa.

El PSC en Barcelona se marcó ese objetivo: crecer por la izquierda, y no por la derecha, al entender que no corren los mejores tiempos para esa tentativa.

Y eso es también lo que persigue Esquerra, con la idea de hacerse con esa frontera de votos, la que mantiene simpatías con el soberanismo de izquierdas. Queda un cierto resentimiento, además, por la forma en la que Ada Colau arrebató la alcaldía a Ernest Maragall en 2019, cuando los comunes aceptaron los votos de Manuel Valls y de los socialistas.

Una misma bolsa para dos opciones políticas. Esquerra, por tanto, juega con ambición, regocijada por unas encuestas de cara a las elecciones generales que son muy positivas. También lo han sido en los últimos meses los sondeos que dejan a Elisenda Alamany, la alcaldable por Barcelona, en una sólida segunda posición, sólo por detrás de Jaume Collboni.

¿Cómo se asegurará la gobernabilidad, por tanto? Con una fragmentación del voto mayor, con la aparición de fuerzas como Aliança Catalana, cuyo alcaldable Jordi Aragonès representa una derecha barcelonesa de libro, la de los mejores tiempos de CiU, la que habla de fiscalidad y orden, de orden y de fiscalidad, la estabilidad en el ayuntamiento de Barcelona no será fácil.

Pero aquí surge la paradoja. La ambición de Esquerra es también la que le puede llevar a un acuerdo con los socialistas para gobernar en la capital catalana. Y, de la misma forma, ese pacto se podrá trasladar al Parlament de Catalunya cuando se convoquen las elecciones catalanas, en 2028.

La fuerza que pueda conseguir Esquerra en mayo de 2027 es la mejor baza para el PSC, con el objetivo de lograr un acuerdo de gobierno que dé estabilidad a la ciudad. Competir entre los dos para pactar en un consistorio en el que tendrá representación la derecha catalana y españolista, desde Junts, Aliança Catalana, Vox y PP. Y con el deseo de que la gran fuerza política más perjudicada sea el partido de Colau.

Ese es el terreno en el que se mueven ahora socialistas y republicanos. Acierta Rufián cuando habla del momento fundacional de Esquerra. Pese a que las generaciones más jóvenes sólo ven en ERC a un partido independentista, su pasado demuestra que hubo un marco de colaboración con la izquierda catalanista y española. El peso de la ‘izquierda’ ha sido mayor en la balanza de ERC a lo largo de la historia.

Pero, al margen de las lecciones de la historia, lo importante es el sentido de la realidad. Y en estos años de enorme polarización y fragmentación la estabilidad sólo parece que pueda llegar de manos del PSC y de ERC, en Barcelona y en el Parlament. Todo puede cambiar de la noche a la mañana, pero las expectativas van en esa dirección.