Una ciudad es una composición. De gentes diversas, de construcciones, de calles y de espacios. Y, sobre todo, es una construcción de la memoria, la propia y la compartida.

Manuel Vázquez Montalbán tituló uno de sus libros Barcelonas buscando, precisamente, mostrar la rica diversidad de su lugar de nacimiento y vida. Y decía que sus novelas no eran negras sino sepia: como aquellas viejas fotografías que hablan de un pasado que ya sólo es mirada y recuerdo.

Carvalho tenía el despacho en el Raval, antes Barrio Chino. Un barrio durante años estigmatizado. A Joan Ferran, que nació y creció en él, su abuela le aconsejaba ocultar dónde vivía. Lo cuenta en un libro luminoso, pese a su brevedad: Un átomo del Barrio Chino. Años de plomo y Cola Cao.

La memoria de Ferran se une a otros textos que han ido describiendo la historia de este enclave barcelonés, desde que Francisco Madrid lo bautizara en un artículo, El famoso Barrio Chino de Barcelona, publicado el 2 de julio de 1929 en el semanario Estampa.

Sergi Doria lo ha reeditado (Un país en crisis, crónicas españolas de los años 30), junto al reportaje La vida pintoresca y no siempre alegre de los chinos del Barrio Chino barcelonés, de Gabriel Trillas (Crónica, 21 de enero de 1931).

Pero Joan Ferran no ha escrito un reportaje. Lo suyo es la recreación de un mundo entero situado dentro del Bar Bodega Berenguer y en su inmediato entorno. En los pisos abigarrados que lo rodeaban, en el personal que lo frecuentaba y que él mismo define como una “fauna humana rica y variada, dura y sentimental”.

Sus abuelos, sus padres, los parroquianos del bar, cuando los bares no eran lugar de paso fugaz sino de encuentro y estancia. Coincidían allí la compañía y la soledad, las miserias del momento, las esperanzas dormidas, los desconsuelos, acompañados de un chato de vino o apostados a una partida de dominó o de cartas.

Joan era un niño con la mirada dispuesta para ver y la voluntad lista para comprender lo que hoy cuenta sin melancolía. La ciudad cambia, como todo, sostiene el autor de la mano de Heráclito. Él deja constancia de lo que fue en páginas sentimentalmente escritas. Muchos capítulos se abren, y alguno se cierra, con un fragmento de una canción cuya letra moldeó la forma de percibir el mundo. A modo del Cancionero Sentimental que compilara su convecino Manuel Vázquez Montalbán.

Cita Ferran ésta y otras aportaciones descriptivas: desde las memorias (Terenci Moix), o desde la ficción: Jean Genet, Pieyre de Mandiargues. Hoy todos ellos tienen plaza en el Barrio Chino o, si se prefiere su denominación actual, el Raval. Su inclusión en el nomenclátor resulta muy ilustrativa de la historia de Barcelona.

Pero el texto de Ferran es diferente. Reconstruye un pasado que sigue proyectándose sobre el presente pese a que “de lo que narraron aquellos viejos literatos y pintaron los artistas no perdura en la actualidad prácticamente nada: apenas unas pocas casas de citas y algunas profesionales del sexo deambulando por las esquinas”.

Sombras nada más. Ecos de emisoras (Radio Barcelona, Radio Miramar, Radio España de Barcelona y, silenciadamente, Radio España Independiente, la Pirenaica).

Tampoco están los cines (Hora, Arnau, Padró, Edén) ni el canódromo Avenida, uno de los pocos espacios para apuestas legales junto a la lotería y las quinielas.

¡Las ausencias! ¡Tantas y tan diversas! “Raro era el día en que no se escuchaba la nostalgia de Golondrina mensajera, de Lolita Sevilla, cuya letra hablaba de una golondrina que abandona su lugar, dejando un vacío en quien la extraña. En la España de los años cincuenta y sesenta, la guerra y la emigración dejaron infinidad de vacíos físicos y sentimentales”.

Nota final relevante: el libro recoge la diversidad idiomática de aquel tiempo y lugar. Por qué alguien hablaba en castellano o catalán, lengua familiar del autor, que lo ha escrito en castellano, de ahí que las calles de Barcelona se llamen Berenguer Viejo, y no vell; Paralelo y no Paral.lel; Olegario, y no Oleguer; Atarazanas, y no Drassanes.

Todas ellas situadas en Barcelona y Cataluña y no en “Catalunya”, grafía adecuada si hubiera usado el catalán. No es desconsideración: es respeto, reconocimiento de la importancia del lugar. Por eso se traduce. Por eso se escribe Londres y no London. Pero nadie escribe Castillo Nuevo ni Castellnou para referirse a Newcastle. Las relaciones con Barcelona no son las mismas.

Por eso también, Ferran describe su infancia en el Barrio Chino. Asume que ha tenido y tiene otros nombres, pero esas denominaciones no evocarían la misma sentimentalidad. La misma realidad.