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Es la hija de Antoni Falgueras, el bodeguero del Celler de Gelida, en el barrio de Sants.

Es sumiller y codirige con su padre y su hermano el negocio de la calle Vallespir. Acaba de protagonizar el pregón de las fiestas de la Mercè, junto a su padre. Y ha ofrecido un claro mensaje de optimismo, pero también ha querido advertir del peligro que corre la ciudad: que todos los negocios, que todos los comercios de las grandes ciudades se acaben pareciendo demasiado.

Falgueras, siempre con una sonrisa, con el convencimiento de que uno está alegre si el interlocutor también lo está, señaló la importancia de los comercios singulares en Barcelona. Reivindica la “empatía” del comercio de barrio con los vecinos. No se trata sólo de un negocio, sino que forma parte de un entramado social y cultural, que es la esencia de una ciudad con identidad.

Esa es la posición de Falgueras, que incide en que las ciudades deben saber proteger esos comercios propios, como el Celler de Gelida. Pero Meritxell tiene claro una cuestión previa: no sirve de nada el lamento de los barceloneses cuando comprueban que se ha cerrado tal o cual comercio. La pregunta es si iban o no a comprar a esos establecimientos, si se sentían o no vinculados con ellos.

Para que una ciudad mantenga la identidad, los primeros que deben estar interesados en ello son los ciudadanos, los vecinos de Barcelona.

Meritxell Falgueras lo constató al final de su discurso: “Y quizás esta es una de las cosas más bonitas que tiene Barcelona. Que aquello que para nosotros es cotidiano, un día descubrimos que para otros es patrimonio".