Tristán e Isolda es una ópera que marca un antes y un después en la música, no solo en la ópera. En esta ópera Wagner continúa desarrollando las tonalidades menores sin resolver al igual que el cromatismo, pero introduce un acorde disonante, el acorde de Tristán, que rompe con la tradición y abre nuevos mundos en la composición, no solo en la música clásica.
Sin él no sería posible entender a Mahler o a Bruckner, por ejemplo. Sin duda es una de las obras más estudiadas por los musicólogos. Wagner, fiel a su estilo, construye una catedral musical con 46 elementos, los leitmotivs, compases que acompañan a los protagonistas o a escenas fundamentales de la ópera y que son el hilo conductor de la misma.
Pero dentro de una obra tan especial y monumental destaca con luz propia el debut de Lise Davidsen en el papel de Isolda, creando una referencia no solo para la actualidad, sino para la historia wagneriana. Lise Davidsen no representa el papel de Isolda, es Isolda, lo mismo que lo fue la también noruega Kirsten Flagstad en la primera mitad del siglo XX.
Evento mundial
El destino, y también la habilidad del teatro, ha querido que la Davidsen escogiese el Liceu para debutar en el papel y prepararse para la producción en el Met a mediados de marzo.
Enhorabuena. Ojalá hubiese más de estas ocasiones en las que el Liceu es protagonista de un evento mundial. La propia soprano hace referencia en su página web a las excelentes críticas que ha tenido porque sabe que es un paso muy importante en su carrera. Liceu y Davidsen han escrito un excelente capítulo en la historia wagneriana.
Escena de Tristán e Isolda, en el Liceu
Dicen que como buena diva ha tenido algunos caprichos, bienvenidos sean. Uno el rodearse de mujeres: la directora de orquesta, la directora de la producción escénica y hasta la apuntadora, que viene desde Viena. Bienvenidos caprichos si el resultado es el que es, sublime.
La temporada pasada tuvimos el show de la bisnieta de Wagner reinventando partes esenciales de Lohengrin, lo que llevó al público a proferir sonoras protestas. Este año otra nietísima, la de Nuria Espert, se ha puesto al frente de una nueva producción, con un resultado más bien pobre. Si en lo musical todo es excelente, en lo teatral es muy, muy justito. Es una pena que las imágenes del debut de la Davidsen, que seguro pasarán a la historia de la ópera, tengan un fondo tan pobre.
Pero como el resto supera la matrícula de honor, qué más da que haya este error. Ver el Liceu a reventar, lleno de extranjeros y hasta con reventa en la puerta de entrada es algo que aplaudir.
Que el público se quede a aplaudir durante mucho rato, reclamando al cierre del telón un nuevo saludo de la soprano en una ópera que sobrepasa las 4 horas y media (tres partidos de fútbol seguidos) indica la felicidad de quienes tuvimos la fortuna de escuchar a Isolda, ahora reencarnada en una soprano noruega.
Fusión con el personaje
Lise Davidsen no solo canta bien, canta muy bien, pero por encima de todo demuestra un dominio total del personaje. La soprano noruega no pelea contra la partitura ni sobrevive a ella, se fusiona con el personaje. Tras cuatro horas y media de función acaba fresca como una rosa, porque Isolda fluye por ella. La musicalidad y frescura con la que termina la soprano la obra donde su voz es un instrumento más de la orquesta en el famosísimo Liebestod lo dice todo de sus cualidades.
Como el año pasado, se ha caído del cartel Irene Theorin. Entonces su animadversión a Katherina Wagner era pública y notoria. Su ausencia de este año se supone que se debe a razones médicas, o tal vez porque sabía que iba a ser segunda de una nueva diosa del olimpo wagneriano.
Nunca lo sabremos porque en esto de la ópera los plantones se producen por razones variopintas. Pero en el cambio no hemos salido perdiendo pues Ekaterina Gubanova también aprovecha la ocasión para prepararse para las funciones del Met.
Escena de 'Tristán e Isolda'
Al frente de la orquesta no está, incomprensiblemente, el maestro Pons. Parece que este su último año al frente de la orquesta de Liceu no se va a prodigar mucho.
En el podio una mujer, Susanna Mälkki, que cumple con nota la exigente misión de estar al frente de la orquesta durante más de cuatro horas y media y dirige una orquesta que, gracias a Pons, brilla como nunca. Combina con maestría la delicadeza de algunos pasajes, excelente el solo de corno inglés del tercer acto o ciertos momentos casi íntimos de la sección de cuerda, con la sonoridad que requiere la centralidad de toda obra wagneriana.
Por lo que cuentan quienes vieron el segundo reparto, parece que el volumen de la orquesta lo mantiene fijo, asumiendo que todas las sopranos son como la Davidsen, lo cual es mucho suponer. Pero bien hubiese podido ser ella la titular de la orquesta en lugar de Jonathan Nott, un británico que ha hecho carrera en un país tan alejado de los circuitos de ópera como Japón.
Isolda sublime
La producción es floja en su escenografía, vestuario y dirección escénica. No aporta nada y el minimalismo es algo que no encaja con Wagner. El trabajo escénico es paupérrimo, tanto que en el estreno el respetable abucheó la salida al escenario de la nietísima de la Espert.
Tanto a Katherina Wagner como a Bárbara Lluch sus apellidos les han ayudado, pero una vez que han tenido la oportunidad no la han sabido aprovechar. En un Liceu tan provinciano como el actual probablemente volvamos a sufrir a la señora Lluch, obsesionada con la identidad de género, pero desde luego no creo que esta producción vuele alto, más allá de recordarse como el debut de Davidsen.
Pero si el trabajo escénico es pobre y carente de ideas, el musical roza la perfección. Orquesta y coros muy bien y Lise Davidsen borda una Isolda sublime, expresiva, técnica y musicalmente perfecta y con una gran y bella voz.
El retorno a los escenarios de la noruega tras su maternidad lo ha hecho con un poderío total, y eso que esta producción no deja de ser una especie de entrenamiento para su participación en marzo en una nueva producción en el Metropolitan, dirigida por su titular, Yannick Nézet-Séguin, quien tanto revuelo causó en el último concierto de Año Nuevo de Viena, y donde le acompañarán Konieczny y Gubanova.
Historia wagneriana
Solo por escuchar a la orquesta y a Davidsen merece la pena acudir al Liceu. Pero el resto del elenco lo hace también muy bien. Tristán, Clay Hille, es de manual, si no fuera por el pésimo vestuario del tercer acto, y aunque comienza dosificando la voz, algo natural para una ópera tan maratoniana donde, además, tiene que darlo todo en el tercer acto, acaba perfecto. La mezzo Ekaterina Gubanova, reemplazo afortunado de Theorin, firma una Brangäne de máximos.
Y algo parecido sucede con el barítono Tomasz Konieczny, expresivo y con un gran volumen. El bajo británico Brindley Sherratt cumple con el papel de rey Marke, aunque juega en otra división que los tres que participarán en marzo en el Met , lo mismo que el resto del elenco que no desmereció, lo cual es mucho con papeles protagonistas que brillan tanto.
En resumen, excelente gala musical con pobre puesta en escena, lo cual es un sacrilegio tratándose de una ópera de Wagner, el inventor del arte total en la ópera. Por segundo año consecutivo se demuestra que los apellidos no son garantía de nada. Pero la escenografía, el vestuario y la iluminación, a veces cegadora, se olvidará y siempre nos quedará para el recuerdo el debut de la Davidsen en el papel de Isolda.
El Liceu vuelve a apuntarse un tanto en la historia wagneriana.
