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La persiana de la librería Sant Jordi vuelve a levantarse cada mañana en la calle de Ferran como un gesto casi contracultural. Afuera, el ruido constante del Gòtic: turistas que avanzan en fila, bolsas de souvenirs, locales que se suceden sin memoria. Dentro, el tiempo se desacelera.

La luz es cálida, las estanterías conservan un tono beige que no busca modernizarse y el olor a papel convive, ahora, con el de la cocina catalana que se esconde en la trastienda.

Librería Sant Jordi GALA ESPÍN Barcelona

Entre esos pasillos estrechos trabaja Mireia, 25 años, barcelonesa de toda la vida, filóloga inglesa, recién salida de un máster en estudios culturales. Librera. Una palabra que no aparece en los rankings de empleabilidad, pero que define con precisión el lugar en el que ha decidido estar.

Un sueño que no encajaba en el plan previsto

“Suena un poco cursi, pero siempre ha sido mi sueño”, dice sin ironía. No lo expresa como una fantasía adolescente, sino como una certeza construida con el tiempo. Ser librera no formaba parte del itinerario recomendado, pero sí del personal.

Librería Sant Jordi GALA ESPÍN Barcelona

Antes de llegar a la Sant Jordi, su recorrido fue el de muchos jóvenes que intentan encajar en un sistema que promete seguridad.

Empezó Derecho. Duró poco. “No funcionó”. Después tomó la decisión que suele generar más vértigo: estudiar lo que realmente le gustaba. Filología inglesa, “un poco más romántico”, aunque hoy reconoce que habría optado por estudios literarios. El nombre del título importaba menos que asumir que la literatura no era un plan B.

La pasión heredada

La relación con los libros venía de casa. Una madre que leía hasta altas horas de la madrugada. Un padre historiador. La lectura como hábito cotidiano, no como excepción.

Quizá por eso, cuando habla de su trabajo, no lo hace desde la épica ni desde el sacrificio. “Es lo que siempre he querido”, repite con naturalidad. No hay grandilocuencia, solo una sensación de coherencia entre lo que le gusta y lo que hace.

Elegir libros, elegir identidad

En la librería Sant Jordi no trabaja sola. Junto a Carlota, estudiante de Historia y Arqueología, comparte una responsabilidad poco habitual a su edad: decidir el repertorio. Escoger qué libros ocupan las estanterías, qué autores entran y cuáles no.

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“No es poca cosa”, reconoce. Es trabajo, es criterio y es compromiso. La Sant Jordi no es una librería neutra: su selección define un carácter, una manera de entender la cultura y el barrio. Cada estantería es, también, una toma de posición.

La lectura como vínculo

Lo que más valora no es solo estar rodeada de libros, sino el trato con la gente. “La lectura es muy solitaria, pero la librería es todo lo contrario”. Aquí, los libros funcionan como excusa para conversar.

Que alguien cruce la puerta y diga “recomiéndame un libro” activa un ritual íntimo y rápido. “Es una forma de conocer a alguien en minutos”, explica. Gustos, recuerdos, estados de ánimo. La recomendación se convierte en una manera de conectar.

Lejos de la oficina

Esa dimensión humana es la que marca la distancia con otros trabajos que nunca se imaginó haciendo. “Nunca me he visto en una oficina, delante de un ordenador. No me llena”.

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Aquí, incluso en las tardes tranquilas, puede leer unas páginas mientras escucha historias ajenas. Cada día es distinto. Cada persona, un mundo. La rutina existe, pero no es uniforme.

Salir del camino marcado

Su entorno no se sorprendió. Estudiar Filología ya implicaba aceptar un futuro incierto. “O eres profesora o eres profesora”, dice con una sonrisa resignada. La docencia nunca la convenció. Pensó en editoriales, pero tampoco era eso.

Sus padres, lejos de cuestionarla, celebran verla aquí. Vienen a menudo a la librería. La pasión por los libros, al final, no fue una rareza, sino una herencia familiar.

Construir un espacio cultural

Aunque lleva apenas un mes atendiendo al público, el proyecto empezó mucho antes. Se incorporó en julio, cuando la Sant Jordi aún era un local cerrado, lleno de cajas, libros envueltos en plástico y trámites. La burocracia fue el primer obstáculo.

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Licencias, calendarios culturales, propuestas al Ayuntamiento. Todo para que la librería no fuera solo un comercio con restaurante, sino un lugar donde pasen cosas.

Que la librería sea comunidad

Las ideas ya están en marcha: charlas con autores, clubes de lectura, encuentros de escritura, vermuts literarios, cenas con conversación. También actividades con el Casal de Gent Gran del barrio, lecturas dramatizadas, debates.

El objetivo es claro: convertir la Sant Jordi en un punto de encuentro, un espacio con alma en una calle que ha perdido buena parte de la suya.

Trabajar con sentido

Cuando se le pregunta si se imagina aquí a largo plazo, no duda. “Sí”. No solo vendiendo libros, sino programando cultura, activando el espacio, generando diálogo.

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Su historia dialoga con una reflexión más amplia sobre el mundo laboral actual: la presión por elegir lo seguro, por no desviarse, por encajar. Ella se salió pronto. Probó, rectificó y volvió a empezar.

Encontrar el lugar propio

Llegó aquí tras meses enviando currículums, procesos largos y contactos cruzados. Hasta que alguien habló de un proyecto nuevo y decidió escribir un correo casi a ciegas. “Tengo mucha suerte de haber encontrado esto”, admite.

¿Lo recomendaría a otros jóvenes que no saben qué hacer? “Totalmente”. Sin idealizar. Sabiendo que no es fácil. Pero también sabiendo que hay trabajos que, sin prometer estabilidad eterna, ofrecen algo cada vez más escaso: sentido.

Librería Sant Jordi GALA ESPÍN Barcelona

Mientras tanto, la librería Sant Jordi sigue recibiendo a personas que entran a por un café y se quedan una hora hojeando libros. Gente que no pensaba detenerse y acaba conversando.

En medio del ruido del centro de Barcelona, este espacio reabierto funciona como un refugio cultural. Y ella, detrás del mostrador, confirma que a veces no se trata de encajar en el sistema, sino de encontrar, o construir, el lugar donde una puede ser, sencillamente, quien es.