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Arranca la temporada 2026/27 del Liceu con una producción que se basa en Aida, pero que no le es fiel en absoluto. Lo que escuchamos entra en flagrante contradicción con lo que vemos. Resulta curioso que en la ópera se tolera lo que en pintura sería impensable: garabatear sobre el lienzo de una obra maestra. ¿Qué diríamos si Barceló tomara un Tintoretto o un Velázquez como base para una obra propia? En lugar de egipcios vemos monjes coptos y mujeres que parecen llevar vestidos árabes. Los esclavos etíopes acaban fusilados y la marcha triunfal se convierte en algo lúgubre. No, y mil veces no: profanar una obra no es actualizarla, es echarla a perder.

Para rematar la pésima experiencia escénica, la iraní Shirin Neshat se empeña en hacer desfilar delante del telón a personajes varios en los cambios de escena, rompiendo totalmente el ritmo. La producción se estrenó en el Festival de Salzburgo en 2017, con Muti, Netrebko y Semenchuk, y ya entonces no convenció.

Se rehizo a fondo para París, y tampoco gustó. Llega a Barcelona remendada y sin gracia, mientras los telones de Mestres Cabanes se pudren en algún almacén. Ya se sabe: lo de fuera siempre es mejor que lo nuestro, y si trae un puntito reivindicativo, mejor que mejor. La puesta en escena recibió algún abucheo en el estreno, bastantes el segundo día y parece que poco a poco el respetable se anima a decir que eso no es Aida, es otra cosa que nos priva de la grandiosidad de la obra original, además de robarnos la oportunidad de ver tres números de baile que se han esfumado por la gracia de Ahura Mazda, el dios persa que, se supone, debe gustar más a Neshat que Ra, Osiris o Anubis.

Una imagen audiovisual en la ópera 'Aida', en el Liceu @Bernd Uhlig

Aida es una ópera historicista, con egipcios y etíopes, por cierto de color negro. O hay actores negros en escena, o se les maquilla (otro tabú woke, el blackface. Otello o Aida tienen que ser negros, por exigencia del guion). Y si no… por qué Michael Fabiano, excelente tenor alopécico, se pone peluca en varios de sus papeles o en esta representación a los miembros del coro les ponen largas barbas para parecer monjes coptos. El teatro, y la ópera, es ficción, es disfraz, es engaño.

Un apunte técnico sobre la producción: la caja escénica del Großes Festspielhaus de Salzburgo responde a una concepción que nada tiene que ver con la de un teatro de ópera a la italiana como el Liceu. Supera los 30 metros de ancho, frente a los menos de 15 del Liceu, y alcanza 25 de fondo, frente a nuestros 15. Trasladar aquí una escenografía concebida para aquel espacio casi cinematográfico carece de sentido. Es verdad que la Ópera de París ya hizo el primer esfuerzo de adaptación, pero sencillamente no funciona, ni en la forma ni mucho menos en el fondo.

Pero olvidemos lo accesorio, lo que nos distrae y centrémonos en la fortuna de disfrutar de Anna Netrebko, la diva entre las divas, presentándose por primera vez en una ópera escenificada en el teatro de la Rambla. Lo demás importa poco.

Netrebko llena el escenario con su voz y su presencia. Domina la técnica y la escena, y es probablemente lo más parecido a lo que fue la Callas en su tiempo: un torbellino dentro y fuera del escenario. Canta como nadie, acumula tres divorcios —los tres de otros cantantes— y sus declaraciones nunca dejan indiferente. Antes de la invasión rusa de Ucrania se proclamaba ferviente admiradora de Vladimir Putin, hasta el punto de confesar en 2011 que le encantaría ser su amante porque veía en él el símbolo de la energía masculina. Condecorada y aclamada por el Estado ruso por lo que es, una cantante excepcional, desde 2022 ha vivido su particular calvario, víctima de una de las cancelaciones a un artista más crueles que se recuerdan en los últimos tiempos.

Una imagen de la obra 'Aida', en el Liceu @Bernd Uhlig

De icono y reclamo del Metropolitan de Nueva York pasó a repudiada, con sus contratos rescindidos, no por su voz, sino por negarse a renegar de sus raíces. Aún hoy sigue pleiteando para obtener algún resarcimiento económico en los tribunales neoyorquinos. Poco a poco se ha ido desmarcando de la línea oficial del Kremlin —sin llegar, ni mucho menos, a la disidencia— y los grandes teatros vuelven a reclamarla, de la Royal Opera House a la Scala pasando por la Arena de Verona, aunque todavía no con la intensidad de antaño. Y ahora, quien sabe si porque su agenda aún no está abarrotada, tenemos el lujo de escucharla en cuatro funciones en el Liceu. Ojalá podamos tenerla de nuevo en una ópera, además del recital que dará el próximo marzo.

Dejando a un lado la manía de cancelar a unos artistas por sus ideas y a otros no, de no saber separar al artista de la persona, tenemos el privilegio de escuchar a una de las grandes sopranos de la historia en un papel que borda, Aida, y que además frecuenta con asiduidad, garantía de éxito rotundo. Cualquier elogio se queda corto ante una voz de enorme calidad, rica en matices. A ese material, que le viene casi de serie, se suman una técnica impecable y una capacidad de proyección fuera de lo común que hacen sus agudos casi infinitos. Su interpretación de “O Patria Mía” solo puede calificarse de sublime.

Gran director de orquesta

El cuerpo, y en especial la caja torácica, es el instrumento del cantante. La transformación de su anatomía tras el nacimiento de su hijo Thiago, en 2008, nos alumbró una nueva Netrebko, que abandonó los papeles líricos y de coloratura para adentrarse en un repertorio más dramático. Probablemente nunca volvamos a disfrutar de la Violetta de aquella Traviata de Salzburgo de 2005, pero a cambio tenemos una Aida inmensa, una Turandot genial y una Tosca inigualable. Y el parón forzoso que le impuso la cancelación casi global nos devuelve ahora a una Netrebko en plenitud y más cercana. ¡Brava!

A su lado brilla la mezzosoprano Ekaterina Semenchuk, una Amneris a la altura musical y dramática de la diva. El resto del elenco queda un paso —o dos— por detrás.

Muy bien también Antonello Manacorda en el foso, que ya dirigió esta misma producción con Netrebko en París hace un año. Su lectura es pausada, a veces en exceso, pero sobresale su habilidad para ensamblar orquesta y coro y, sobre todo, la intensidad que imprime al dramático final. Impresionan los pianísimos del coro y el enorme respeto de la orquesta a los cantantes. Es una maravilla escuchar a un director de orquesta para ópera, no un director de orquesta sin más. Gran parte del éxito musical se lo debemos a él.

El Radamés de Arsen Soghomonyan es más que correcto, aunque no puede estar a la altura ni de Netrebko ni de Semenchuk. Es una pena que la amistad entre Piotr Beczala y la soprano se rompiera en 2023 a cuenta de la guerra de Ucrania. Beczala, vecino y hasta entonces amigo de la diva, arremetió contra ella por no distanciarse lo suficiente de Putin. Él siguió cantando en el Met; ella fue cancelada. A veces las opiniones tienen su peso en dólares. Una lástima que coincidan en el Liceu, pero no canten juntos.

Para escuchar, más que para ver

También es de aplaudir la cantidad de alternativas que tiene esta Aída. Netrebko, Pirozzi, Beczala, Tezier, … hasta 22 cantantes para tres repartos que en realidad son más pues algún protagonista cambia de reparto. Todo un esfuerzo de producción en, seguro, la obra más costosa de este año.

Estamos ante una Aida para escuchar más que para ver; algo triste, pero cada vez más frecuente: la calidad musical supera con creces a la escénica.

Así arranca una temporada que estrena presidente, aunque su predecesor ya se encargó de elegir un nuevo —y mediocre— director musical y de renovar por cinco años al director artístico. Si la impronta de cualquier presidencia tarda en notarse por los largos plazos de contratación de las producciones, en este caso la nueva presidente hereda además un equipo "blindado" por su antecesor, gesto poco elegante. Salvo que la dirección cambie antes de que acabe la temporada —algo difícil de imaginar en una sociedad a la que le encanta hacer tortillas sin romper huevos—, nada hace pensar que vayamos a salir de la decadencia en la que llevamos años instalados.

Sirva de ejemplo esta temporada: varias de las grandes voces vienen solo a recitales dominicales, no a óperas. Y en esta Aida la lista de cambios respecto al reparto anunciado asciende ya a seis, uno de ellos justificado por una «incompatibilidad de agenda». Los representantes nos respetan cada vez menos, y parece que solo veremos a los grandes en sus huecos libres. ¿Despertaremos con la nueva presidente? ¡Ojalá!