En una ciudad como Barcelona, donde la oferta gastronómica a menudo oscila entre la sofisticación inalcanzable y la estandarización turística, encontrar un rincón que invite a la pausa y a la reflexión es un pequeño milagro. Más aún si ese rincón se encuentra en el bullicioso barrio del Born.
El último secreto a voces entre los amantes del buen comer se llama Taula Puntal, un espacio que no busca ser solo un restaurante, sino una vuelta a los orígenes del acto de comer: compartir tiempo, espacio y producto.
La premisa rompe con el individualismo imperante: aquí no hay mesas para dos arrinconadas bajo una luz tenue. El protagonista del local es una imponente mesa corrida con capacidad para 22 comensales.
Inspirada en las sociedades gastronómicas vascas —un guiño a las raíces de Markel Cormenzana, cofundador del proyecto junto a Víctor Regás—, esta mesa se convierte en un ágora moderna. Es un lugar diseñado para la "convivialidad", donde la comida actúa como hilo conductor entre personas que, quizás, entraron como extraños y saldrán compartiendo recomendaciones.
El interior del restaurante Taula Puntal en una imagen de archivo
Un mapa comestible de Catalunya
La propuesta culinaria, ejecutada con maestría por la chef Georgina Inglavaga, se aleja de la carta tradicional para ofrecer un menú degustación cerrado por 48 euros. Un precio más que competitivo si se tiene en cuenta la trazabilidad y la calidad de la materia prima.
El menú no se estructura por caprichos estéticos, sino siguiendo lo que sus creadores denominan "paisajes alimentarios". Cada uno de los seis pases y dos postres es una coordenada geográfica en el mapa de Catalunya. En este inicio de 2026, con el invierno asentándose, los platos son un reflejo fiel del clima y la tierra.
El comensal viaja al Montseny a través de un pil-pil de boletus que concentra la humedad y los aromas del bosque caducifolio. Acto seguido, desciende a la costa barcelonesa con un salmonete servido con su jugo y patata, un homenaje a la pesca de proximidad que llega directamente del Moll del Rellotge, en la Barceloneta.
La ruta continúa hacia el sur y el norte simultáneamente, fusionando el Delta y el Empordà en un arroz de calamares de potera, para culminar en las alturas del Prepirineo, concretamente en la reserva de Boumort, con un plato de caza mayor: ciervo acompañado de remolacha y pera envinagrada.
Un plato que se sirve en el restaurante Taula Puntal de Barcelona
Es una cocina de mercado radical. Si el proveedor no tiene el producto porque ha llovido demasiado o porque el mar estaba picado, el plato cambia. Aquí no manda el chef, manda la naturaleza.
Pensadores antes que hosteleros
Lo que diferencia a Taula Puntal de otros neobistrós es el poso intelectual de sus dueños. Cormenzana y Regás provienen del mundo de la consultoría y el diseño de futuros alimentarios. Para ellos, el restaurante es una herramienta pedagógica. Su objetivo es visibilizar su apuesta por la sostenibilidad: artesanos, proximidad y temporada.
Esta filosofía se materializa en un ecosistema de aprovechamiento circular que conecta el restaurante con sus otros dos negocios hermanos: el ya consolidado Bar Puntal y el recién nacido Colmado Puntal.
Uno de los platos que se sirven en Taula Puntal
Del plato a la despensa
La obsesión por el desperdicio cero aquí es real. ¿Qué ocurre con los recortes del ciervo o las verduras que no encajan en el corte perfecto del menú degustación? No acaban en la basura. Cruzan la puerta hacia el Colmado, donde se transforman a través de técnicas de conservación ancestrales.
En el Colmado Puntal, esos excedentes cobran una segunda vida como encurtidos, ahumados caseros o rellenos para bocadillos de autor que los vecinos del barrio ya compran para llevar. Es la demostración práctica de que el 80% de la sostenibilidad se decide en el momento de la compra, y el 20% restante depende del ingenio en la cocina.
Taula Puntal es, en definitiva, un ejercicio de honestidad. Es un lugar para curiosos, para quienes disfrutan sabiendo que el pan que comen viene de un obrador amigo del Guinardó o que el aceite tiene nombre y apellidos. Una experiencia que demuestra que, a veces, para innovar solo hace falta volver a lo básico: una buena mesa, buen producto y tiempo para disfrutarlo.
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