Barcelona celebra este año las Bodas de Plata del gran evento que transformó la ciudad. En 1992, la capital catalana superó con nota el reto de organizar los XXV Juegos Olímpicos de la era moderna. Hace 25 años, Barcelona perdió su inocencia y se puso en el mapa. Hoy, es uno de los principales reclamos turísticos, aunque el actual modelo está bajo sospecha. Es una urbe con un enorme poder de atracción, pero también es menos auténtica. Es un símbolo más de la globalización.
Juan Antonio Samaranch, presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), calificó los Juegos de Barcelona como los mejores de la historia. Durante dos semanas, la ciudad vistió mejores galas y la organización fue modélica. Barcelona fue la capital del mundo y los resultados deportivos superaron las expectativas. El deporte español entraba en una nueva era. La ciudad, también.
Barcelona se abrió al mar y la construcción de las rondas solucionó sus endémicos problemas con el tráfico. Sus habitantes enterraron muchos complejos y comenzaron a presumir de ciudad y de sus nuevos espacios.
Barcelona, capital del diseño, se puso guapa y, dos décadas y media después, sigue gustándose, pero las desigualdades se han multiplicado con la actual recesión económica
La ciudad provinciana de antaño se transformó en una urbe cosmopolita. Barcelona, capital del diseño, se puso guapa y, dos décadas y media después, sigue gustándose, pero las desigualdades se han multiplicado con la actual recesión económica. El glamour del Paseo de Gràcia y sus viviendas majestuosas contrastan con la pobreza y las convulsiones de Ciutat Meridiana y otros barrios limítrofes.
Hace dos décadas y media, Barcelona sufrió el mayor cambio de su historia, pero no resolvió todos sus problemas estructurales. Más bien, los camufló. El metro todavía no está al alcance de muchos ciudadanos. Es la eterna asignatura pendiente del poder político, que sigue sin conectar la Zona Franca y Montjuïc con el resto de la ciudad.
Montjuïc, bautizada en 1992 como la montaña mágica, ha perdido encanto. El Estadio Olímpico Lluís Companys y el Palau Sant Jordi, las dos joyas arquitectónicas de los Juegos, sobreviven en la infrautilización. Hace ya siete años que el RCD Espanyol abandonó el estadio y el pabellón que construyó Arata Isozaki no tiene un uso deportivo continuado. Fueron dos obras faraónicas proyectadas para impresionar al mundo durante dos semanas, pero ignoraron los posteriores necesidades de la ciudad. No resisten con el uso para el que no fueeon diseñados.Ahora se dedican a acoger espectáculos y conciertos de toda índole.
En 2017, Barcelona recordará y presumirá de su año más glorioso. Una operación de imagen que saciará el ego de algunos pero no podrá tapar muchos errores que durante 25 años ningún gobierno municipal ha sido capaz de revertir (por ahora).