La política se ha convertido en un espectáculo. En un show. Después de la telebasura, de confundir el ocio con un espectáculo bochornoso en programas como Gran Hermano o Supervivientes, llega la político-basura. El debate constructivo ha sido sustituido por los insultos y las provocaciones, por campañas mediáticas descalificantes que agitan a las masas populares y desacreditan a la clase política.
Los casos de corrupción se multiplican en España. Altos cargos del PP están imputados por prácticas deshonestas, el PSOE también tiene algunos muertos en el armario y Cataluña todavía vive convulsionada por la trama de corrupción de Jordi Pujol y su familia. Mientras la Justicia depura responsabilidades, Podemos y sus organizaciones satélites han cambiado el fair-play por el desafío y el hostigamiento a las fuerzas rivales.
La formación de Pablo Iglesias ha cruzado algunas líneas rojas muy peligrosas. La discusión en los foros pertinentes ha dejado paso a campañas muy agresivas que sólo persiguen el enfrentamiento como sucedió con el Tramabús de Podemos en el que se ridiculizaba a Rodrigo Rato, José María Aznar, Luis Bárcenas y otros políticos del PP.
Las tensiones nacionales también se han instalado en el Ayuntamiento de Barcelona. Xavier Trias, exalcalde de la capital catalana y líder del Grupo Demòcrata, habló de una “nueva casta” y aseguró que le daba “asco” la manera de hacer política del actual gobierno de la ciudad. Trias midió mal sus palabras, como el día que dijo que era una desgracia tener un familiar del RCDEspanyol, pero muchos son los representantes políticos y ciudadanos que están muy preocupados por las formas de Podemos y Barcelona en Comú.
Muchos agentes económicos de Barcelona claman contra el talante altivo de Eloi Badia, regidor de Presidencia, y algunas asociaciones alucinan con la proyección de Gerardo Pisarello, hombre de confianza de Ada Colau y alcalde accidental de la ciudad. El desprecio de Pisarello a Sònia Recasens en una comisión municipal es otro ejemplo de las malas praxis del equipo de gobierno de BCN. Mientras Colau ha moderado su discurso en los últimos meses, sus hombres de confianza ejercen de pirómanos. Y, lo peor, con el dinero de los contribuyentes.
La política es, o debería ser, otra cosa. Un servicio a los ciudadanos.