Hace un par de años tuve una crisis de fe. Después de 20 años dedicado a hacer periodismo sobre libros e incluso escribir alguno, me dio por pensar si en todos esos años tenía algún sentido semejante tarea inútil, e incluso plantearme si los libros servían realmente para algo. Una de esas mañanas mustias en que iba en el metro hacia mi Redacción y todo el vagón tenía metidas sus cabezas en los móviles jugando al Candy Crash o viendo las fotos de las rosquillas del desayuno de una prima de Montornés. Pero vi a dos niños con la mochila del cole a los pies con las cabezas muy juntas muy concentrados. Estaban mirando atentamente un libro de gran formato. Estaban leyendo un álbum de Mortadelo y Filemón. A las ocho de la mañana de un lunes, con la gente idiotizada por el whatsapp, cabeceando o mostrando cara de pepinillos en vinagre, ellos dos estaban absortos. El que probablemente fuera el hermano mayor sostenía el ejemplar y el pequeño pegaba mucho la cabeza para mirar con los ojos muy abiertos. Tenían una sonrisa de oreja a oreja y les brillaban intensamente los ojos. Parece que los libros sí podían servir para algo. Y me devolvió a los tiempos en que yo también llenaba mi infancia de colores y trastadas con Mortadelo y Filemón o 13 Rúe del Percebe.
Mortadelo y Filemón cumplen ahora 60 años al pie del cañón de la risa. Y lo celebra el autor –que a sus más de 80 años sigue dale que te pego al lápiz- con un álbum conmemorativo. Por cierto, se estrena en el grupo editorial Penguin Random House, después de que el gigante multinacional absorbiera a la agonizante Ediciones B. En este álbum del 60 aniversario se cachondea de Donald Trump, retratado como un arrogante mentecato, y del presidente norcoreano Kim Jong-Un, que colecciona misiles hasta en la taza del váter.
Pocas personas han hecho tanto por la difusión de la lectura –y el buen humor- en este país (o lo que sea) como Francisco Ibáñez. Es el creador de algunos de los personajes más famosos de la segunda mitad del siglo XX en estos pagos: Rompetechos, Pepe Gotera y Otilio, El Botones Sacarino, 13 Rúe del Percebe... la serie de Mortadelo y Filemón llega a la fecha récord de cualquier serie en cualquier formato de 60 años. En cualquier país del mundo, un creador de esta magnitud tendría avenidas a su nombre, reconocimientos institucionales a porrillo y viviría en una gran mansión con piscina, tres agentes y un publicista a sus órdenes. Pero en su ciudad a Ibáñez se le hace poco caso y menos, a él, aunque a él, que es una persona humilde y extremadamente sencilla, ya le va bien así. ¿Saben dónde vive? ¿En Tegucigalpa, en Ulán Bator? Pues no, es de Barcelona y vive en Barcelona. Con toda la tarea que ha hecho y lo que significan sus personajes, sólo le han concedido el Premio del Salón del Cómic en 1994 y el del Mérito a las Bellas Artes en 2002. Al menos lo hicieron Ramblista de Honor en 2016. Algo es algo. Cuando cumplió los 75 años, quise conocerlo y expresarle mi gratitud. Como uno tiene veneno en la piel, le comenté que me parecía sorprendente que “con la de instituciones que hay: Ministerio, Diputación, Ayuntamiento, Generalitat... y con la cantidad de cantamañanas a los que hinchan a subvenciones y premios, ¿y a usted le conceden sólo dos en 55 años?” Y me respondió con una sonrisa pícara: “Precisamente por eso, como sé que dan los premios a cualquier cantamañanas, pues la cosa no va conmigo. Yo no quiero el premio de la Generalitat, yo quiero el premio del público, esa gente amabilísima que me trae los álbumes para que se los firme. Los otros premios me tienen sin cuidado”.
Al menos, le ha rendido un homenaje nuestra policía. Al servicio de inteligencia de los Mossos d’Esquadra se los conoce extraoficialmente como “los mortadelos”. Ibañez, for president.