Era una tarde fría y triste de post-carnaval en los aledaños del Parc de la Ciutadella. El cielo estaba blanco de tan gris y en mis auriculares sonaba la canción 'Agost', de Els Pets, que pide con melancolía la llegada del verano. En mi Instagram me bombardeaban fotos luminosas y coloridas de gente guapa, sonriente y ligera de ropa disfrutando en sus disfraces mínimos del carnaval de Brasil, donde viví durante cinco años.
Cuando fui a sacar el tabaco y el encendedor del bolsillo de la chaqueta, el tema llegaba a su estribillo y la mano salió llena de purpurina plateada. Cuando enciendo el mechero, más purpurina sale disparada y una parte se inflama. La había comprado el viernes anterior por si alguien se apuntaba a salir a alguna fiesta de carnaval. Nadie se animó y acabé untándome de purpurina tranquilamente a la tercera cerveza en el Manchester, un bar del Raval, para incomprensión general del resto. El bote se rompió en mi bolsillo.
La purpurina para mí era una forma de 'matar la saudade', como dicen en Brasil, y acabó persiguiéndome durante una semana por todas partes, en la cara, el pelo, la barba, los pantalones, el abrigo, a reuniones de trabajo y cursillos varios, contextos nada carnavalescos donde mis compañeros me miraban extrañados.
Se convirtió la purpurina en un símbolo triste y bello que me recordaba todo el tiempo ese sentimiento profundo que a menudo me hace transportarme mentalmente de nuevo a las playas, montañas y cascadas de Río o a las dunas de Maranhão, aunque también me conecta con la actualidad mexicana o me atrapa imaginando entrevistas con exguerrilleros de las FARC en la selva colombiana.
Un virus muy fuerte de Latinoamérica, territorio donde se ama, se sonríe y se mata tanto, me ha contagiado de manera irreversible. Desde que llegué a Barcelona, las sonrisas de camareras bolivianas, las cervezas tirado en la calle con un amor escurridizo peruano o escapadas mágicas a Sitges con una carioca, me reconcilian con la ciudad.
Las noches al tiempo decadentes y modernas del Santísimo Ágave, con sus saltos de la electrónica tropical a los clásicos del folclore latino, cumbia y electrocumbia, con su público mezclado de hippies viajeros e inmigrantes trabajadores.
El Forró del Diobar, cada domingo, que en carnaval concluyó con espectacular batucada.
Un ecuatoriano dedicándome una rima de rap improvisado cinco minutos después de conocerme en la calle con un altavoz que escupía bases a cuestas.
Un encuentro inesperado con cinco jóvenes de Bahía superando también la nostalgia carnavalesca al son del funk carioca en el bar Mr. Robinson.
Las 'rodas de samba' en Panela de Barro, donde decenas de brasileños consiguen muchos domingos con media sonrisa conciliar el sueño europeo y su pasión por la música. La 'jam session' brasileña de los domingos en el Soda Bar al son de Chico o Caetano Veloso.
Las noches de salsa en directo con profesora colombiana improvisada en el Diobar o las fiestas locas de Gracia Latina donde el sabor de Cuba y el de Barcelona se mezclan entre rumbas, reggaeton y homenajes a Buena Vista Social Club en directo.
La lista de conexiones con el ritmo del territorio que saquearon nuestros antepasados es más larga. No podía imaginarme, cuando volví de cinco años viviendo en Brasil, que uno de los motivos que me harían sentir de nuevo mía la ciudad sería la facilidad para encontrar energía y flow latinos en cada esquina.