El PSUC practicó el entrismo. Una política que consistía en infiltrarse en todas partes con el objetivo de influir en las entidades, de forma que pareciera que toda la sociedad se movía en la misma dirección: contra la dictadura. En realidad la mayor parte de la sociedad no se movía en ninguna dirección, por eso a Franco lo jubiló la biología. Las familias dirigentes se sentían cómodas con él. Por ejemplo, la de Artur Mas o la de Jordi Pujol (él fue a la cárcel, pero su padre se forró) o la de Pere Aragonès (también forrada al calor de la dictadura). Entre los que se conformaban con ir tirando estaba la mayor parte de la población. Unos tenían un miedo comprensible y otros preferían no meterse en líos, pensando que los cambios que se pudieran producir no tenían porque suponerles necesariamente una mejora.

Pero las entidades influían. Influyen. De ahí que el franquismo las vigilara con ahínco y que el pujolismo intentara, muchas veces con éxito, hacerse con ellas. Lo que el PSUC logró a base de un trabajo tenaz y peligroso, el carlismo pujolista lo consiguió con una política adecuada de subvenciones. Se vió con el procés: no sólo los locales de los partidos independentistas izaron la bandera estelada de la división, también ondeó en asociaciones de vecinos, escuelas, centros culturales y hasta sindicatos. Sus dirigentes se manifestaban en nombre de todos sus integrantes obviando que muchos no eran partidarios del secesionismo.

Estos días la dirección del RACC ha retomado la práctica de hablar como si lo hiciera en nombre de todos sus socios y ha insertado en algunas publicaciones una publicidad en la que critica la forma de actuar de las administraciones en materia de obras públicas. Su tesis es que se hacen demasiadas y que provocarán graves perjuicios a la mayoría. El RACC es una entidad plural y no consta que sus directivos hayan preguntado a los socios si están de acuerdo con una majadería semejante. Lo de majadería es una valoración que bien puede suscribir, por ejemplo, la Cámara de Contratistas que, con toda seguridad, está encantada con las obras. Durante los años de vacas flacas los contratistas se han pronunciado repetidamente en sentido contrario al del RACC, argumentando que las obras generan negocio y puestos de trabajo. Dos aspectos que el anuncio de la entidad automovilística ignora.

El RACC mantiene muy buenas relaciones con el gobierno de la Generalitat. Relaciones que se traducen en aportaciones a uno de sus negocios: el circuito de Montmeló. No es de extrañar que en el anuncio no se haga referencia alguna a que la multitud de obras que denuncian que pondrán Barcelona y su área metropolitana patas arriba pertenecen a diferentes administraciones y llegan después de un tiempo de restricciones presupuestarias.

Se puede discutir si el resultado mejorará o no a la ciudadanía, preguntándose qué ocurriría si se optara por no hacer nada, pero decir, como ha hecho el presidente del RACC, Josep Mateu, que las obras se hacen sin consenso, poniendo el foco principal en el Ayuntamiento de Barcelona, es puro despropósito. Nadie gobierna por consenso cuando puede imponer su voluntad. No lo hicieron, desde luego, los gobiernos pujolistas. El tranvía de Nou Barris, manipuladamente llamado “metro ligero”, se impuso contra la opinión de los vecinos. Esplugues quería el metro y tuvo que conformarse con un tranvía que, además, garantiza beneficios a empresas privadas. El propio plan del transporte fue modificado una y otra vez, casi siempre en detrimento de la ciudad de Barcelona. El resultado es que la Zona Franca (la residencial y la industrial) ha tenido el metro y de momento incompleto con 30 años de retraso sobre lo previsto y deseado en los ochenta.

El RACC, con sus anuncios, actúa como mensajero de parte, poniendo el foco de las críticas en el Ayuntamiento de Barcelona e ignorando la responsabilidad de otras administraciones con las que siente más afinidad subvencionada. Y, sobre todo, falsea la realidad. El verdadero debate es si esas obras son oportunas y necesarias. Si configuran el área metropolitana como una unidad real o si mantienen la fragmentación actual, como gusta a los carlistas que han visto siempre en Barcelona y su entorno un contrapoder. De ahí que se cargaran la Corporación Metropolitana y que hayan boicoteado cualquier intento de gobierno metropolitano que hubiera escapado a su control. Ahora critican hasta las obras. Y para que quede clara su intención, el texto figuraba sobre un fondo amarillo; el color del RACC pero también de la mala prensa y de los lazos del procés.