El consejero de Territorio de la Generalitat, Julià Fernández i Olivares, en parte Juli Fernández, es un apparatchik de ERC que lleva toda la vida en el partido, donde empezó militando en sus juventudes para luego pasar a ser alcalde de su Sabadell natal y, desde el mes de octubre del 2022, ocupa el cargo referido. Fernández es un esteta al que se conoce por su costumbre de pintarse las uñas y, según propia confesión, también las de su mujer. Sostiene el caballero que los hombres vestimos de una manera muy aburrida y que él hace lo que puede para que las cosas cambien, como demostró hace unos días en un programa de televisión presentándose con unas botas Dr. Martens de color verde. Hasta ahí, nada especial que objetar, aunque, personalmente, creo que las extravagancias son más adecuadas para artistas y rockeros que para políticos. En cualquier caso, lo más grave del señor Fernández no es que se pinte las uñas (ya puestos, podría pintarse una estelada en las de las manos y en las de los pies, para no ser menos que su colega González Cambray, que va siempre con el lazo amarillo más grande que encuentra: esos gestos se valoran mucho en el inframundo lazi).

Para mí, lo más grave del señor Fernández es esa idea que ha tenido de echar del aeropuerto de Barcelona a las compañías de bajo costo, que constituyen, no sé si alguien se lo ha dicho, cosa del 70% del tráfico de dicho aeropuerto. No negaré que abunda el cutrerío entre las líneas aéreas low cost, y puede que eso represente una ofensa para alguien tan preocupado por la estética como nuestro hombre, pero, ¿acaso no suena lo suyo a una genuina idea de bombero? ¿Podemos prescindir alegremente del 70% del tráfico aéreo barcelonés?

SALVAR A LOS PATITOS

Llueve sobre mojado, pues lo del aeropuerto de Barcelona ya hace tiempo que clama al cielo. Cuando se tenía que ampliar, no hace tanto de ello, las protestas de los ecologistas y la actitud pusilánime del gobiernillo lo pararon todo porque había que salvar a los patitos de la Ricarda, un lugar que, de repente, parecía tener un interés ecológico descomunal, aunque muchos defendían que no pasaba nada por mover de sitio a los patitos y llevar adelante el plan de ampliación de nuestro achuchado aeropuerto. Se supone que aspiramos a tener un aeropuerto de primera, pero cada vez que se da la oportunidad de avanzar en esa dirección, siempre nos las apañamos para enviarlo todo al carajo. Si hace un tiempo fueron los inamovibles patitos de la Ricarda los que impidieron la ampliación, ahora sale el consejero de las uñas pintadas y las botas Doc Martens a quitarse de encima a esas líneas aéreas baratas y cutres que se le antojan, intuyo, carentes de glamour. Y los unos por los otros, el aeropuerto sin hacer.

Vista general del espacio protegido de la Ricarda, en El Prat de Llobregat / EUROPA PRESS

El lazismo es rico en contradicciones –como demuestra la cumbre hispano-francesa de hoy, a la que acude Aragonès mientras Junqueras la lía en la calle con las masas procesistas-, pero la del aeropuerto es una de las más evidentes. Nuestros políticos se pasan la vida diciendo que Barcelona merece un aeropuerto de primera, pero luego hacen todo lo posible por evitarlo, ya sea salvando a unos patitos o expulsando a los cutres de Ryanair. Y si hay un plan magistral detrás de todas estas salidas de pata de banco, yo no lo intuyo por ningún lado. Igual es que se explican mal. O que no se aclaran. Pero entre la salvación de la Ricarda y la expulsión de las compañías cutrelux, no me parece que se estén dando los pasos adecuados para disponer de ese súper aeropuerto que, según nuestros mandamases, tanto nos merecemos los barceloneses.