En las calles de una gran ciudad, uno puede hacer lo que quiera. Dentro de un orden. Y para salvaguardar ese orden, los ayuntamientos suelen establecer unas normas de civismo y multar convenientemente a quienes se las salten. Por ejemplo, a nadie debería ocurrírsele ir en pelotas por Barcelona en verano y con la chorra colgando, por mucho que el calor apriete.
Pero, hace unos años, aprovechando que nadie había incluido el nudismo en la normativa (por considerarlo algo de sentido común), a algunos seres libres se les ocurrió que se estaba muy bien en bolas, paseando por el centro de la ciudad. Entre todos ellos, brilló con luz propia un señor ya mayor llamado Esteban (que en paz descanse, él y nosotros), quien descubrió que se estaba muy bien deambulando como Dios lo trajo al mundo y luciendo, de paso, su enorme badajo, embellecido por un grueso anillo que le atravesaba el prepucio.
Algunos ilusos pensamos que el sentido común que le faltaba a Esteban le sobraría al consistorio y que nos librarían de él y de su miembro espectacular con piercing en la punta, pero como la medida anti nudismo no figuraba por escrito en la normativa, la acción municipal se redujo a avisos y recomendaciones para que depusiera su actitud, admoniciones que el bueno de Esteban se pasaba por el arco de triunfo (parte de la izquierda se pronunciaba a su favor).
Pasado un tiempo prudencial, a Esteban empezaron a caerle las multas, algo que resultó fundamental en su reconversión textil. Pero para entonces, Esteban ya se había convertido en un símbolo de la Rambla (como la Moños o el Sheriff, pero sin ropa) y los turistas se mataban por hacerse fotos con él para luego volver a Birmingham y contarles a los amigos que, efectivamente, Barcelona era Can Pixa.
El actual ayuntamiento acaba de aprobar sus nuevas normas de civismo, encaminadas a disuadir a nudistas, meones urbanos, borrachuzos, gentuza acostumbrada a zurrar a la parienta, dueños de perros que no recogen las deposiciones de sus bichos y demás ralea de dar rienda suelta a su insania social en nuestra querida ciudad.
Habrá multas, superiores a las que hasta ahora se imponían. Y espero que lo hayan apuntado todo en su lista de actividades incívicas y hayan incluido opciones rupturistas como la ingesta de excrementos en la vía pública, el paseo de perros humanos a cargo de estrictas dominantes embutidas en ropa interior de látex y demás desahogos contra cuya práctica no tengo nada, mientras se realice en privado. Hay que apuntarlo todo porque nunca sabes por donde te va a salir la ciudadanía en estos tiempos tan legalistas.
Dejando aparte el tema de los espontáneos urbanos, me complace especialmente de la nueva legislación lo de ampliar el horario de las terrazas de los bares, tema que traía de cabeza a mi amigo Roger Pallarols, jefe del gremio de restauración de Barcelona.
Las terrazas de Enric Granados (equivalente etílico de la Casa Orsola) habían concitado el odio de unos cuantos vecinos que se habían salido con la suya a la hora de recortarles el horario, que consistía en cerrar a las once entre semana y a las doce el weekend. Con las nuevas medidas, la cosa se alargará hasta las doce y la una respectivamente. No es gran cosa, pero algo es algo.
Y es que en una ciudad donde la gente acaba de cenar a las diez o a las once, ¿qué sentido tienen esos horarios? Si estuviésemos en Helsinki o Reikiavik lo entendería, pero en Barcelona, donde hace buen tiempo casi todo el año, ¿a quién se le ocurre enviar a la parroquia a casa a las once de la noche?
No es fácil regular el ocio en una ciudad como la nuestra. Hay que pedir comprensión a vecinos y juerguistas. Pero por una hora (o dos) más de alegría en las terrazas, no creo que los inquilinos de Enric Granados tengan la sensación de vivir en Benidorm.
