El 6 de enero de 1926, el Diario de Barcelona daba cuenta de la llegada de los Reyes Magos. Se cumplen ahora cien años de ilusiones. Algunas reconocibles, otras olvidadas. El rotativo ofrecía la “Crónica General de Madrid, provincias y Marruecos”

En la sección de espectáculos, los redactores añadían una nota que advertía: “no nos hacemos responsables de la moralidad de algunos”. Se curaban en salud. Eran tiempos de Dictadura y censura. Militares, por supuesto.

En el teatro Romea, Els Pastorets.  En el Goya, Rivera de rosas. En el Tívoli, La verbena de la Paloma y en el Barcelona, Manía persecutoria. Y Catalunya rendía homenaje a Santiago Rusiñol (1861-1931), escritor, artista, dramaturgo y pionero del Modernismo.

En el campo de Les Corts el Barça se enfrentó al Sparta de Praga. En el de la calle Galileo, el Sants contra el Badalona. El Europa, amistoso con el Canet de Mar. Su infantil contra el Zaragoza. El Español, castigado con entreno por falta de rendimiento, según la directiva.

Aquel día se podía comer como reyes en el Gran Té Infantil del Hotel Ritz, donde los Magos entraron a caballo por la puerta principal. Té completo, 5 pesetas. El restaurante Metropol ofrecía un menú especial de tres platos, postre, pan, vino y concierto por 4 pesetas.

Los niños pobres se conformaban con el reparto de juguetes que tenía lugar en el Asilo del Parque. Para los niños pudientes, el Meccano. Para las nenas de casa bien, muñecas que “andan solas, saludan, echan besos y dicen mamá”.

Los Reyes Magos de Oriente “obsequiarán con un juguete a todos los poseedores de automóviles Citroën”. Pirelli anunciaba sus “neumáticos de cuerda fabricados en Manresa”. Y Carburos Fresser prometían mayor rendimiento.

La temperatura en Barcelona fue de 16 grados. Los teléfonos tenían tres números. El aguinaldo de un soldado era de 100 pesetas. Casa unifamiliar de dos pisos en La Floresta costaba 11.900 pesetas. Y Muebles Homs amueblaba pisos completos a partir de 6.000 pesetas.

El Ayuntamiento de Barcelona rindió pleitesía al dictador Primo de Ribera y le nombró hijo adoptivo de la ciudad. Los arzobispos de Sevilla y Granada hicieron una “visita de cumplido” al general Milans del Bosch, gobernador civil de Barcelona.

También anunció un concurso para hacerse con “leña de sarmiento para chamusco de cerdos procedente del arbolado urbano”. Mientras, el Ayuntamiento de Sabadell adquirió la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana, de la editorial Espasa.

Era tiempo de resfriados. Pastillas Valda eran “las más indicadas para toda suerte de enfermedades de pecho”.  Cera era el tónico nervioso. El auténtico y certificado se vendía en la farmacia del mismo nombre, Plaça del Pi de Barcelona. Con el jarabe Orive, era “imposible toser.”

Para endulzar aquellos días, Turrón de crema de La Colmena, que sobrevive en Plaza del Ángel, 12 de Barcelona. Sus caramelos competían con los “renombrados” caramelos Sol, proveedores de la Casa Real.

Como casi todo tiene su fin, el anuncio: “Defunción. Esquelas en los periódicos. Avise al Centro de Esquelas. Economía y rápido servicio”.